La India

No tengo claro ni por dónde empezar. La India es… complicada. Quizá por eso muchos nos sentimos tentados a visitarla, al menos una vez en la vida. La gente siempre la describe como un lugar de contraste y colorido. Y yo me pegunto a mí mismo: ¿acaso no es eso buscarse complicaciones? Todo parece ser más sencillo cuando te rodeas de ese color gris que tan familiar nos resulta. Y la India no es así. La India es todo lo contrario.

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Templo dorado de Amritsar

También se dice de la India que, o bien la amas, o la odias. Y aun sin estar al cien por cien en acuerdo con esa frase, entiendo a lo que se refiere. Este país, sin lugar para la duda, es un país exigente. Exigente en el sentido de que tienes que llegar preparado y sabiendo a lo que te puedes enfrentar. No lo elegiría, por ejemplo, como lugar de inicio para un primer viaje en solitario. Sería como internarse en el mundo del senderismo ascendiendo un ocho mil. Y he comprobado que pasa. No lo de subir un ochomil, sino lo de aterrizar en Nueva Delhi como quien se va un domingo a la playa. Aunque ya sabéis que tiendo a exagerar.

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De camino hacia Old Delhi

Me he encontrado con parejas desquiciadas, deseosas de que la luna de miel llegue a su fin. Con intención de volverse a Nueva Delhi a esconderse en un hotel, para ver si empujando las manecillas del reloj la hora de su vuelo de regreso llega antes. Y puedo imaginar que les ha podido llevar a esa situación: masificación; decenas de personas mirándote a cada momento; gente rodeándote mientras esperas en la estación de tren, estación por otro lado en la que no hay un solo metro cuadrado sin alguien tumbado en el suelo, durmiendo a pierna suelta; gente mirando por encima de tu hombro cada vez que consultas el móvil; vendedores persiguiéndote cada vez que sales a la calle; regateo constante a nivel “a ver si bato récord contigo”; bocinazos continuos; tráfico intenso; polución; olores demasiado fuertes; todo tipo de basura amontonada por doquier; más mierda de vaca que asfalto; y un largo etcétera que te exprime al máximo cada vez que te expones a la luz del sol.

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Fiesta de bienvenida a mi llegada a Udaipur, en el segundo día de viaje.
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Típica estación de tren en la India

Por otro lado, existe el caso opuesto. Como pocas veces disponemos del tiempo que nos gustaría para viajar, algunos optan por contratar el viaje desde casa, incluyendo transporte privado durante toda la estancia. El conductor se encarga de recogerte del hotel y llevarte a visitar algún templo, del templo a comer, de comer al hotel, del hotel a algún antiguo fuerte de la época de los majaras (marajás en realidad, pero se les iba la pinza bastante), del fuerte a comer otra vez… Como digo, seguro que hay gente que no tiene alternativa. Pero mucho me temo que lo que se van a encontrar será un bosquejo de la India real. Viajar de esta manera puede evitarte detalles que no son del gusto de todos, pero muchas veces son esos detalles los que quedan grabados en la memoria.

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Fuerte de Jodhpur, uno de los que más disfruté
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La hermosa torre-reloj en el mercado de Jodhpur
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Antigua casa en la ciudad vieja de Jodhpur. Una de las razones por las que la llamaban la ciudad azul. Antiguamente, si no me equivoco, los sacerdotes pintaban sus casas con este color

Por suerte, yo contaba con amigos que me hicieron llegar acojonado. Todos decían que me anduviera con mucho cuidado. Con la comida, con el agua, con la gente, con las vacas, con los perros, etc. Que vigilase a donde iba, cuando iba y, sobre todo, donde comía. Todo el mundo que había viajado a la India en algún momento del viaje parecía haber contraído una de esas diarreas de las que te toman cariño. De las que te tienen todo el día sacando la leña al patio, para que me entendáis. Por lo que eso hice. Vigilaba todo como si su función fuese terminar con mi mísera existencia. O por lo menos, lo intenté durante las primeras horas tras el aterrizaje. Porque, todo tenía tan buena pinta, que no tardé en sucumbir a la tentación. A regodearme en el pecado. Como ya sabréis, la Patagonia ha conseguido que me resulte difícil controlarme a la hora de saciar mi, como nunca antes, voraz apetito. Empecé a hincarle el diente a todo lo que se cruzaba en mi camino, hasta que quedé prendado de la gastronomía hindú.

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Grabados en una mesa
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Dibujo en una de las paredes del palacio de Udaipur

Al principio, el menú de un restaurante local para mí era como la piedra de Rosetta. Pero no tardé en descifrarlo, al aprender las palabras clave que necesitaba para sobrevivir: paneer, masala, chana, palak, alu, dal, chai, paratha, dosa y un largo etcétera. Me sentía como Neo en la película Matrix tras aprender Kung Fu. Se había abierto ante mí un mundo que parecía no conocer límites. Y mi cuerpo no sufría consecuencias. Quizá tantos meses de viaje por lugares tan dispares me habían otorgado un estómago de acero. Me lo habían alicatado contra todo mal. Comía con la gente local, en puestos callejeros, en antros donde raro era el día que no veías una rata, etc. Comprobé de primera mano que efectivamente, el estándar de higiene hindú se aleja bastante del nuestro. No solo dejan la comida en la calle para atraer a la clientela, sin importarles todo el polvo que levantan o la polución que causan las miles de motos que pasan por delante todos los días. Sino que además, la gente se acerca a manosear la comida para comprobar si está recién cocinada. Y prepárate para recibir un puñado literal de arroz en el plato como le digas a la cocinera que quieres más. Todo esto es el pan de cada día. Te aseguro que nadie salvo tú se va a quedar con la boca abierta y dos ojos como platos. He llegado a ver a un heladero meter el dedo en uno de los recipientes para chupárselo y poder responderle al cliente de qué sabor era.

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Típico local de comida. De este concretamente no me fiaría. Demasiadas existencias acumuladas. El local se encontraba en una calle con mucha competencia
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No se si será casualidad, pero siempre que compraba algo en un puesto callejero, me lo servían sobre unos apuntos de matemáticas. Lo cual no se si será bueno o malo

Pero retomando la historia donde la había dejado, continúo. Los días pasaban y yo me sentía como un chaval. Cada día descubría algún nuevo y delicioso manjar. Y la comida no me resultaba tan picante como me había imaginado que sería. Recuerdo que en Udaipur dos lugareños me llevaron a probar el mejor pollo con curry de la ciudad. Y no se si sería el mejor, pero estaba rico. Tenía buen sabor, al menos durante los veinte primeros segundos, cuando todavía era capaz de saborear. Porque así es el picante de la India, actúa con retraso. Te da veinte segundos de tregua durante los que te haces ilusiones, y después no vuelves a sentir la boca hasta un buen rato después de haber acabado de comer. Pero a lo que iba. Al poco de empezar a comer, empecé a sudar y a moquear como pocas veces en mi vida. No dejaba de pensar en lo duro que iba a ser acabar con todo. Pero entonces me fijé en mis dos compañeros, hindúes de pies a cabeza, sudando y moqueando al igual que yo. Y eso me llenó de orgullo y me dio las fuerzas que necesitaba para dejar el plato bien lustroso. Poco a poco me convertía en uno de ellos.

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Udaipur, la hermosa ciudad de los siete lagos. No se cuantos días pasé sin ver un cielo despejado

Pero por supuesto, estaba viviendo por encima de mis posibilidades. Como Sodoma y Gomorra, tenía los días contados. El divino castigo se aproximaba lenta pero inexorablemente. Me encontraba en Bundhi comiendo con unos amigos, cuando bajé la guardia y bebí algo que no tendría que haber ingerido. Los tres siguientes días fueron para olvidar. La diarrea más larga y potente que recuerdo haber tenido jamás. Espero que disculpéis tema tan escatológico, pero me tuvo tres días con sus veinticuatro horas postrado en la cama, a base de agua con sales minerales. Aun así, sigo creyendo que se puede sobrevivir a la India con el estómago intacto. Por supuesto que hay que andarse con ojo, pero sin dejar de disfrutar de su gastronomía. El ojo-advisor funciona. Con comer en los lugares más frecuentados, que son los que con mayor probabilidad tendrán los ingredientes más frescos, suele ser suficiente.

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Bundi, con su lago y el fuerte al fondo, sobre la colina
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Uno de los increíbles y antiguos pozos de agua que te puedes encontrar en la ciudad de Bundi

Lo cierto es que no todo fue felicidad. Al principio al menos. Durante los primeros días pase por momentos un tanto complicados. Culpa mía, por supuesto, ya que ahora veo que no estaba del todo preparado. Llegué a la India nada más abandonar mi tienda de campaña, en la que había pasado meses, internándome por bosques, glaciares y espectaculares montañas. Con la total libertad de movimiento que ello supone y disfrutando de la soledad que te acompaña cuando te adentras en la naturaleza. Y de repente, de un día para otro, me encontraba en mitad de la ciudad de Mumbai, rodeado de miles de personas y un ruido ensordecedor. Y comencé a visitar antiguos templos y fortalezas, quedando la naturaleza relegada al olvido. Por lo que, efectivamente, el proceso de adaptación no fue fácil. Y aunque me subí en cuanto pude a un avión de Mumbai a la ciudad de Udaipur, hermosa ciudad llena de lagos y bastante tranquila por aquel entonces, hubo momentos en los que seriamente me pregunté si había hecho lo correcto al viajar a la India. Por suerte para mí, estos momentos fueron cortos y escasos. Y el tiempo me acabó dando la razón.

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Templo del loto, en Nueba Delhi
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Día de templos en Kahurajo

Cambio de tema. Si me dieran un euro por cada vez que he escuchado las siguientes frases, no sería rico, pero si al menos mileurista:

¿De dónde eres?

¡Hola Coca Cola!

¿Cuándo has llegado?

¿Qué te parece la India?

¡Y mi tienda, mírala, mira qué bonita!

¡Ven, no hace falta que compres, solo mira!

 Siempre en el mismo orden, una detrás de otra. Y sin olvidarse ninguna. Los vendedores hindúes son la gente más insistente con la que he coincidido. Galerías de arte, tiendas de ropa, peleterías, tiendas de souvenirs, tiendas de especias, joyerías, etc. Todas prometen ser las mejores de India, las únicas en toda la ciudad con productos originales y, sobre todo, las más baratas. Y soy demasiado cortés como para no responder, por lo que todos y cada uno de ellos ya saben tres cosas: de donde soy, que en la India todo es muy bonito, y por último, que su tienda no me importa tres pimientos. Pero de no haber tenido la paciencia suficiente, probablemente habría acabado agobiándome o hasta las narices de tanta pregunta. Había momentos en los que incluso me daba pereza salir a la calle. Y no solo son los vendedores los que andan al acecho, sino que en alarde de creatividad, todo tipo de gente se te acerca por la calle a sacarte dinero: músicos del sitar, madres, vendedores de flores, etc. Pero vayamos por partes, que aquí hay tema.

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Los leones del congreso

En Pushkar, hermosa ciudad del Rajastán y parada habitual de los turistas, cierto grupo de gente se dedica a vender flores a los turistas para darlas en ofrenda a los dioses. En realidad, lo raro es que no se te acerque alguno de ellos. No sé exactamente cómo funciona este timo, por lo que os cuento una idea aproximada. Al parecer, mientras paseas por la calle se te acercan ofreciéndote las flores para lanzarlas al lago. Si aceptas o dudas demasiado, para cuando te das cuenta te han arrastrado hasta la orilla, en donde un brahmán, un sacerdote perteneciente a la casta alta, se te acerca y sin darte tiempo a reaccionar comienza una larga y solemne ceremonia en la que ofrece las flores en tu nombre a los dioses. Todo termina con el brahmán pidiéndote un donativo excesivo, al que te puedes negar por supuesto, resignándote a escuchar sus gritos e improperios a lo largo de una distancia bastante larga. En hindú, eso sí, para que la experiencia sea lo más inmersiva posible.

En Varanasi, o Benarés, aunque quizá no sea exclusividad de esta ciudad, son muchas las mujeres que se te acercan con un niño en brazos y un biberón vacío. Sin decir nada te observan con ojos suplicantes, pidiéndote mediante gestos que se lo rellenes con leche. De aceptar, te llevan a alguna tienda de comestibles en la que la leche está a precio desorbitado. Sobre todo, teniendo en cuenta que en este país las vacas están en la puerta de la tienda.

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El laberinto de calles enla parte vieja de Varanassi
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Pilas de madera en Varanassi, cerca de los crematorios. Aqui trabajan las 24 horas.

Y en Pushkar de nuevo, te puedes encontrar con muchos músicos del sitar provenientes del desierto. En realidad, ellos fueron mi primer contacto con este tipo de gente que usa la creatividad para ganarse la vida. Y debo admitir que la primera vez que me pillaron sucumbí. Empezaron tirando a dar y me dieron bajo la línea de flotación: invitándome a tomar un masala chai. Así es como pasó, más o menos:

Un hombre sencillo, humilde y sonriente, se me acerca por la calle. Muestra un sutil interés por mi persona a lo largo de unos cuantos minutos de conversación, hasta que me propone tomar un té. A estas alturas, por supuesto, ya se que es lo que busca. Es mucha la gente que se me ha acercado pidiendo dinero como para no ver las señales. Y toda esta gente, de alguna manera, ha conseguido insensibilizarme. Por lo que, aunque estoy decidido a negarme a cualquier cosa que no sea invitarle al té, acepto por simple curiosidad. Además, a un masala chai no me puedo negar. Nunca. A estas alturas de mi viaje por la India, ya me tomo unos diez al día. Y es que, a diez rupias cada uno (unos doce céntimos de euro), es como para tomar uno cada hora.

Pero a lo que iba. Nos vamos juntos a tomar un té. Mientras nos lo bebemos, comienza a relatarme su trágica historia. Se dedica a tocar el sitar y a fabricarlos para la venta, lo cual no le aporta mucho dinero. Vive en las afueras, en un campamento a media hora de la ciudad. Todos los días tiene que venir andando, tratar de complacer a la gente con su música esperando ser compensado, hora tras hora, para luego regresar a una casa en la que una hambrienta familia espera ansiosa su regreso, con la esperanza de que esta vez sí, la suerte haya estado de su lado. Pero eso, por desgracia, no suele ser habitual. Muchas veces no tienen que comer.

Para cuando acabamos de beber el té, ya ha llegado al final de su historia. Me levanto a pagar, tratando de hacerle entender que no es mucho más lo que le voy a dar. Pero entonces, es cuando me pilla desprevenido. En lugar de pedirme dinero, me pide que le compre algo de comida, algo a lo que en ese momento siento que no me puedo negar. Así que acepto. Grata casualidad, estamos tomando el té justo en una tienda de comestibles. Sin pensarlo dos veces le compro el paquete de harina que me pide para su familia, sin prestar mucha atención a lo que hago ni darme cuenta de lo cara que está la harina en ese local. Otra mera casualidad, supongo.

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Unos monetes

Al día siguiente, me encuentro con otro músico del sitar diferente. Y me cuenta la misma historia. Palabra por palabra, sin olvidarse ninguna. Lo escucho atentamente con una media sonrisa en la cara. Le dejo llegar hasta el final para poder comprobar si hay alguna diferencia entre las dos versiones, y resulta que son idénticas. Cuando me ofrece tomarnos el té, por el contrario, le digo que quizá otro día.

Y no siendo suficiente con todo esto, al tercer día se me acerca un tercero. Como los dos anteriores, comienza con su relato. Pero esta vez según comienza las frases yo las voy terminando. Y para la cuarta, dándose por aludido, se da la vuelta y se marcha sin siquiera despedirse, sabiendo que no tiene nada que rascar.

Es probable que el paquete de harina que compré para el primero de ellos siga en la estantería de la tienda. Y espero no equivocarme. Tras ver el dinero que me supuso pagarlo, aun siendo para la India su valor un tanto elevado, podría haberle comprado alguno más. Pero como siempre, es no saber si te engañan lo que te detiene. Más bien, no saber si te dicen la verdad. Ya que en estos casos siempre aplicas la presunción de culpabilidad. Alguno dirá que es mejor dar dinero a nueve mentirosos con tal de ayudar a uno que realmente lo necesita. Supongo que no soy de ese tipo de gente.

Y por último tenemos a los coleccionistas. Aunque de estos no se puede decir que estén organizados. Los encuentros con esta gente no pasan de anecdóticos. Pero lo curioso de ellos es que están por todas partes. Gente que afirma coleccionar euros. Personas de todas las edades que han amado la numismática desde que tienen uso de razón, y que seguirán haciéndolo mientras el cambio de euro a rupia les siga siendo favorable. Y para comprobarlo, basta con darles una moneda de diez céntimos.

Si esta entrada finalizase en este punto, supongo que os quedaríais con la impresión de que todo el mundo en la India se dedica a perseguirte por las calles, a tratar de sacarte dinero o a vivir del timo. Y nada más lejos de la realidad. Es uno de los riesgos a los que te expones al viajar por las zonas turísticas, desde luego. Y algo que llama realmente la atención. No deja de ser una consecuencia del desarrollo turístico al que se ha llegado en esas zonas. Pero en la India decenas de personas me han regalado sonrisas sin pedir nada a cambio, con pintas de poseer ya todo lo que le piden a la vida. He estado con gente que era feliz simplemente con estar a mi lado por unos minutos. Otros se me han acercado en las estaciones al verme perdido, o en las calles para señalarme el camino. Algunos me han querido invitar a todo, sin dejarme pagar un mísero céntimo. Y más de uno me ha abierto las puertas de su casa desde el primer momento, nada más conocernos. Por lo que, al abandonar la India, me voy con muy buen recuerdo de toda esta gente.

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De visita en el Taj Mahal
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El Taj Mahal, una de las visitas más caras de la India, 1100 rupias la entrada. Pero el detalle con el que está construido este monumento me dejó de piedra

Dejando a los humanos a un lado, hablemos de vacas. Todos sabemos que en la India las vacas son sagradas, y que están por todas partes. Pero una cosa es que te lo cuenten y otra muy distinta verlo en directo. Es difícil imaginar la cantidad de vacas que pululan por las calles o por las carreteras. Es como si dos universos paralelos, uno habitado por humanos y otro por vacas, convergieran en algún punto del espacio-tiempo. Y ese lugar sería la India que conocemos. A veces es difícil saber quién manda por esas tierras. Una mañana me encontraba desayunando tranquilamente en un restaurante totalmente a solas. Y de repente, veo como una vaca entra esquivando las mesas hasta pararse frente a la puerta de la cocina. Y allí, sin decir ni mu ni mover una sola pezuña, se queda aguardando hasta que el cocinero sale a darle algo de comer. Todo transcurrió como si nada estuviera fuera de lugar y en un silencio que me resultó conmovedor. Y con pinta de haberse repetido todas las mañanas durante años. La vaca entra, el cocinero sale, la vaca se va. Perfecto. Fluido. En un absoluto silencio. Me apena no haberla seguido para saber que es lo que hizo tras la visita al restaurante. Quiero imaginar que visitó todos los restaurantes de esa calle, uno por uno. Y en todos y cada uno recibió su premio. Después, saciado su apetito, se tumbaría a ver pasar el tiempo en mitad de alguna carretera. Haciendo como que no se da cuenta de los coches o las motos que circulan a su alrededor.

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“La vaca” de camino a la cocina

No he visto nunca tanta bravura en los ojos de un animal. Son capaces de pasear o de tumbarse en medio de una autovía, como si de una verdosa y floreada campiña se tratara. Y los autobuses, auténticas máquinas de aniquilar conducidas por lunáticos de la velocidad, que pisan el acelerador como huyendo de un cataclismo, pasan a centímetros de los cuadrúpedos. Centímetros, sin exagerar. Y las vacas no mueven siquiera una sola ceja. Siguen a lo suyo, masticando lo que sea que mastiquen, ya sea hierba o algún pedazo de plástico, y disfrutando de la momentánea brisa que acaban de sentir, sofocando por unos segundos el bochorno del día.

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Una cabra

Yo parecía ser el único en ver el riesgo en aquella situación. Bromeando con un amigo del sur de la India, le comenté que la primera causa de mortalidad en la India debían de ser las vacas. A lo cual me respondió con carcajadas. Indagando en internet, vimos que solo en la región de Punjab, en los últimos dos años y medio, alrededor de trescientas personas habían muerto por accidentes en la carretera causados por vacas. La región de Punjab ocupa, más o menos, un 1’5% del área total de la India. Como para tomar el asunto a broma. No se si será la primera causa, lo dudo, pero es como para analizar el asunto.

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Otra cabra

Y con estas palabras, resumo lo que han sido dos meses de viaje por la India. Me voy amando su comida y encariñado de sus gentes. Y con recuerdos que creo no desaparecerán. Nunca olvidaré aquella noche lluviosa, sentado junto al conductor, en un autobús sin luna frontal. O la noche que pasé en un hotel situado en mitad de la selva, que cuando me llevaron a mi habitación, me encontré frente a la puerta de la habitación adyacente una negra y brillante serpiente enroscada de al menos metro y medio. Nadie era capaz de acercarse a ella ni usando un palo de metro y medio, así que de las buenas no sería. Ni tampoco olvidaré los días que pase en el centro de meditación de Jaipur observando como los monos jugaban y tiraban por el suelo la ropa de los tenderetes. O sus noches, viendo contra la luz de la luna las siluetas de los pavos reales encaramados en las altas ramas de los árboles, mientras en vocear síncrono, decenas de ellos a lo largo del bosque cantaban al viento, llamándose los unos a los otros. Ni tampoco dejaré de pensar, por mucho que lo intente, en cuando dinero de más me habrán cobrado al regatear.

Estos son algunos de los pequeños detalles de la India que nunca olvidaré.

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Y por último, una muestra de las maravillas que se pueden crear gracias a la tecnología

2 comentarios en “La India

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