Huayhuash

Pocas veces he sufrido tanto como en estos últimos días. Es de vuelta en Huaraz, con una cerveza fría en la mano, cuando comienzo a disfrutar del dulce sabor del cansancio que todavía se aferra a mi cuerpo, anclándome a una silla que difícilmente me plantearía abandonar. Este cansancio, amigo inseparable a lo largo de mi última travesía, parece decidido a no dejarme. Como si de hacerlo, yo pudiera llegar a olvidar todo lo acontecido; lo vivido en la cordillera Huayhuash; recorriendo la que, hasta la fecha, se ha convertido en la mejor ruta de senderismo que he realizado en mi vida. En silencio agradezco su tenacidad. Su presencia me es recordatorio de como casi nunca el final nos es revelado desde el principio. Por lo que no nos queda otra que perseverar paso tras paso, hasta que la conclusión se desenlaza sobre nuestras manos, derramándose en el tiempo como arena de playa entre nuestros dedos.

Para continuar retrocedo siete días.

Ultimando detalles antes de nuestra partida, no paro de pensar en que esta aventura reúne los requisitos necesarios para convertirse en una gran experiencia: un hermoso entorno, único y vibrante; una ruta exigente, la más complicada que me haya propuesto nunca, lo cual la convierte en todo un desafío; y acompañado de gente ya conocida, en la que uno puede depender para cualquier cosa. Pero como siempre que me interno en lo desconocido, la incertidumbre me acosa más a menudo de lo que deseo. Dudo poder afrontar este reto con éxito asegurado. Más de ciento diez kilómetros superando siete pasos por encima de los cuatro mil setecientos metros. Parándonos a dormir siempre por encima de los cuatro mil. Todo ello, cargando con lo necesario para ocho días de travesía autónoma.

Por la limitación que supone el acceso a agua potable, nunca antes me había internado durante tanto tiempo en territorio inhóspito. Esta vez, gracias a un artilugio mágico portado por uno de mis compañeros, vamos a poder purificar el agua de ríos y lagos, haciéndola apta para nuestro consumo. Lejos quedan ya los días en los que, en mitad de la Patagonia, podía beber el agua de cualquier riachuelo que se me cruzara por el camino.

Sin embargo, el peso de mi mochila se va a convertir en un factor interesante. En la Patagonia me había llegado a lanzar a lo desconocido con unos cuantos kilos más, cerca de los veinticinco, al verme obligado a transportar todas mis pertenencias por no tener intención de dar media vuelta para recuperarlas. Pero no es lo mismo caminar por debajo de los dos mil metros sobre el nivel del mar, que hacerlo al doble de altura. En esta ocasión cada metro va a contar. Cada kilo se va a notar. A sentir. A sufrir. Además, debo mencionar mi nueva determinación por no volver a pasar hambre. Con lo que, con veintidós kilos a mis espaldas, el primer paso a cuatro mil setecientos metros se convertirá en una dura prueba que me mostrará hasta qué punto me adentro en arenas movedizas. Me hará sentir la carga de haber cometido un grave error, o la liberación de estar preparado para afrontar cualquier reto.

Como muchas veces sucede, a mayores las expectativas, peores las sensaciones. Todo comienza mal. Se tuerce desde el primer momento, cuando ponemos el primer pie en tierra. Nada más bajar de la furgoneta en el punto que hemos seleccionado como lugar de inicio, nos tenemos que enfundar en el impermeable para protegernos de una lluvia no muy intensa, aunque persistente. A nuestro alrededor todo es verde apagado y pesadas nubes. Estamos en el centro de un valle que, como seguramente solo sucede en contadas ocasiones, poco tiene que contar. El afilado frío me hace temblar una vez alejado de la protección de nuestro transporte. No me he abrigado sabiendo que nada más ponernos en marcha, mi cuerpo se proveerá el calor necesario para continuar. Y de todas formas, la verdadera batalla se encuentra en el interior de mi cabeza. Con mi mirada en lo alto del paso, a seiscientos metros por encima de mi cabeza y del que me separa una escarpada pendiente, mi mente lucha para que dé media vuelta y regrese a la furgoneta antes de que sea demasiado tarde; instigada por la sensación de incomodidad provocada por la lluvia, el frío y la falta de luz; perezosa ante los ocho días de esfuerzo continuo y fatiga constante que nos aguardan al otro lado de la montaña, una vez atravesada nuestra primera meta.

El primer día se convierte en una jornada de transición. Todo queda deslucido a nuestro alrededor, descolorido al quedar desprovisto de los rayos de sol. Rayos portadores de esa luz tan necesaria para sentirnos atraídos hacia el horizonte. Pasamos de un valle al siguiente sin percibir diferencia alguna, con la sensación de caminar pero no de avanzar. Finalmente, al llegar a la zona de acampada para esta noche, lo primero que percibo es lo que no se nos muestra. Aquel lugar liberado de mantos grises y telones de agua habría sido digno de elogio. En cambio, montamos el campamento bajo la misma lluvia que nos ha recibido al inicio del día, sin poder ver nada más que las faldas oscuras de unas montañas rodeando un tenebroso lago. Levantamos las tiendas lo más rápido que podemos para sumergirnos cuanto antes en la comodidad de nuestro saco y así calentar de nuevo nuestros cuerpos, que ya en reposo comienzan a enfriarse. Dedicamos el resto de la tarde a cocinar y a tratar de dormir, aunque con la altura comienzan mis problemas para conciliar un sueño al que gustosamente me abrazaría.

No ha sido el inicio que había imaginado para esta aventura. La única satisfacción a la que me aferro es la de haber solventado el primer paso sin complicaciones, incluso sorprendido por lo poco pesado de mi mochila. Los kilómetros acumulados en mis piernas y las horas transcurridas con la mochila sobre mis hombros parecen haber convergido en ese instante. Por fin el sufrimiento acumulado muestra sus frutos. Una satisfacción que en estos momentos queda empequeñecida bajo la amenaza de nubes de tormenta.

La mañana del segundo día, al poco de levantar campamento, la lluvia remite. El color apagado persiste a nuestro alrededor y nos priva de disfrutar de la cordillera de Huayhuash. Avanzamos de un valle a otro cruzando otro paso a cuatro mil ochocientos metros con la misma sensación de ayer, sensación de avanzar en círculos. Sin alteraciones a nuestro alrededor dignas de mención. Con energías suficientes, pero con la moral en evidente deterioro. A primera hora de la tarde alcanzamos el campamento para esta segunda noche. Podríamos continuar avanzando, nos quedan horas de luz suficientes todavía, pero este lugar está considerado uno de los mejores lugares de acampada del mundo. Y aquí estoy, junto a mis cuatro compañeros de viaje, de pie a orillas de un enorme y frío lago. En la orilla contraria, una enorme muralla de piedra se eleva hasta desaparecer entre las nubes. Y entre esas nubes nuestra mirada, impotente, tratando de abarcar toda su extensión. Es como si esas nubes fueran las dueñas de un tesoro que ocultan sin deseo alguno de compartir. La maldición del Ausengate parece habernos acompañado. En aquel entonces no tuvimos más remedio que dar media vuelta y abandonar, decepcionados por la oportunidad perdida. Sin nada en nuestras manos que poder hacer. Seguramente en este momento todos compartimos un mismo pensamiento, y rezamos para no sufrir de nuevo el mismo desenlace. Llevamos ya muchos kilómetros avanzando de forma mecánica, con la esperanza de que las nubes se disipen, se queden atrás. Este sufrimiento no tiene sentido sin la gratificación de contemplar lugares tan maravillosos como los que atravesamos. Si al día siguiente levantamos de nuevo el campamento a la sombra de las nubes, sabiendo perdida nuestra oportunidad de contemplar aquel lugar, las sombras en este viaje no quedarán solo a nuestro alrededor. Además, en esta ocasión no tenemos escapatoria. No hay vuelta atrás. Da igual con que nos encontremos. Al contrario que en Ausengate esta vez no tenemos más remedio que continuar hasta la meta final, ya que nos encontramos en medio de la nada. Por mucho que la experiencia vivida se convierta en algo muy lejano a lo que nos habíamos imaginado al comienzo de este viaje.

Campamento
Levantando el campamento

Me despierto a la mañana siguiente espoleado por una inusitada sensación de frío. Algunos parches de hielo se aferran a la cubierta de mi tienda. Sin salir del saco, descorro la cremallera de las dos portezuelas y me encuentro con que el cielo ya no tiene nubes tras las que esconderse. Al desaparecer las nubes, no hay nada que mantenga el calor del sol anclado a la tierra, lo que ha propiciado el descenso de las temperaturas a lo largo de la noche. La situación ha cambiado radicalmente. Mi mirada pasa de mis frías manos al lago, del lago a los altos picos nevados y de estos, al despejado cielo. Sin poder creer en nuestra suerte. Desayunamos rápido y sin saborear, para no perdernos el espectáculo. Cuando el sol sobrepasa los lejanos montes hacia el este, su luz comienza a bañar de naranja las blancas montañas de la cordillera de Huayhuash, montañas que se acicalan reflejándose en el espejo de agua situado a sus pies. En un tranquilo lago sin ondulación alguna que perturbe su embriagadora calma. Como si durante todo este tiempo se hubiera esperado tal amanecer. Parece mentira poder estar al mismo tiempo tan lejos y tan cerca de tanta belleza.

Amanecer en Carhuacocha
Amanecer naranja en la Laguna Carhuacocha
Carhuacocha
Laguna Carhuacocha convertida en espejo

Observando

Ninguno somos todavía conscientes de lo afortunados que estamos siendo. Esta mañana se va a convertir en el pistoletazo de salida de un espectáculo que va a durar cinco días con sus cinco noches. Tras abandonar nuestro campamento de ensueño y alcanzar el siguiente paso, nos damos media vuelta y ante nuestros ojos se desvela uno de los lugares más bonitos del recorrido. Los tres lagos junto a los que acabamos de pasar aparecen en línea recta, cada uno con una tonalidad distinta y tamaño decreciente. A la izquierda, la infranqueable cordillera de Huayhuash, derramando sobre ellos la nieve de sus cimas a través de pequeñas y silenciosas cascadas. El viento, al cruzar el paso de un valle a otro, arrastra de vez en cuando el sonido de invisibles desprendimientos de hielo.

Tres lagos
En el mirador de los tres lagos

Y el espectáculo continúa al día siguiente. Al salirnos de la ruta habitual y abandonar los valles para proseguir hacia las alturas, rodeamos un lago helado situado a los pies de los montes Trapecio y Siula Grande. Un lugar perfecto a cinco mil doscientos metros de altura para detenerse a descansar y reponer energías. El Siula Grande, con sus 6344 metros de altura, es la montaña que da lugar al libro y película con el nombre de “Tocando el vacío”, una impactante y sorprendente historia de supervivencia que bien merece la pena conocer.

Alturas
Ascendiendo hacia las alturas
Helado
El lago helado, junto al Trapecio y el Siula Grande
Trapecio
Monte Trapecio

Contemplación

En la cuarta noche de nuestra travesía decidimos revisar las provisiones que nos quedan. La idea inicial al comenzar la ruta había sido la de pertrecharnos con alimento para cinco días y detenernos en la noche del quinto en el poblado de Huayllapa, lugar situado en la mitad de la ruta que permite reponer existencias. Tras tantas rutas realizadas por mi cuenta y tantas horas de planificación, empezaba a considerarme alguien con cierto grado de experiencia. Pero tras revisar mi comida sobrante, me doy cuenta de que en lugar de salir de Huaraz con comida para cinco días, traje comida para doce. Se ve que ese día estaba con hambre. La parte positiva es que todos hemos sido precavidos y llevamos comida suficiente para continuar hasta el final, sin necesidad de detenernos en Huayllapa. La razón para ello es que un guía nos ha hablado acerca de un sendero en las alturas que nos ahorraría descender los 1700 metros que nos separan del poblado de Huayllapa, para tener que recuperar al día siguiente unos 1300 metros hasta alcanzar el siguiente paso.

Juraucocha
Lago Juraucocha

Pero finalmente, un local nos tira la idea por tierra al comentar que ese sendero es demasiado peligroso y poco o nada recomendable. Aparte de que desconoce de su estado actual. Pero, aunque hacer caso a este hombre significa que mañana tendremos un duro día de caminata, al anochecer todos nos alegraremos de haber descendido hasta el poblado. Al llegar a Huayllapa nos encontramos con que el pueblo entero está de fiesta, celebrando el día de San Juan. Me parece que somos los únicos turistas allí en ese momento. Al menos, no nos encontramos con ningún otro por la calle. Todos los habitantes se congregan en una enorme plaza, mientras algunos de ellos pasean una enorme caja de madera que supuestamente guarda las ropas del santo. La fiesta queda un poco deslucida: la plaza es demasiado grande para tan poca gente. Más que un día de fiesta parece una mañana de domingo cualquiera. Puede que por ello, al poco todos se trasladan al pequeño patio formado entre cuatro antiguas casas con largos balcones de oscura madera. Y cuando de una de ellas empiezan a salir enormes teteras con vino caliente, es como si se diera inicio a la verdadera fiesta. Una banda de música bastante decente ameniza la velada mientras que la gente, más caliente por dentro que por fuera, baila sin mucho tino pero sin poder mostrarse más feliz. Cuando el río de teteras se abre camino hasta nosotros, no paran de llegar una tras otra, ofreciéndonos ese brebaje caliente con el que todo el mundo se calienta cuerpo y alma. Y por supuesto, no encuentro valor para rechazar ningún ofrecimiento. Sobre todo, al comprobar que cuanto más bebo, más alegres se muestran las cuatro señoras que tengo enfrente. Como si fueran ellas las afectadas por el alcohol que ingiero. Al final acepto cada ofrecimiento con placer. No seré yo quien ponga fin a esas sonrisas.

Desde el gran vista
Panorámica desde el cerro Gran Vista
En altura
A 5200 metros

Al día siguiente, tras una larga caminata, conseguimos llegar al campamento final de nuestra ruta. Por suerte, ninguno nos hemos levantado con secuelas de la noche anterior. Fuimos conservadores y nos retiramos a dormir tras disfrutar de un auténtico lomo saltado peruano en la casa de una señora que se había ofrecido a cocinarnos. Todo un placer tras varios días sin comer otra cosa que no fuera pasta. Deliciosa pasta, eso sí, gracias a la rueda de queso de un kilo que llevo conmigo en la mochila.

Amanecer
Amanecer en el lago Jahuacocha
Jahuacocha
Lago Jahuacocha

Una pena que la aventura tenga que llegar a su fin. Sin duda, hay imágenes que se me quedarán grabadas por mucho tiempo. Pero una parte de mí tiene ganas de regresar a la ciudad de una vez. Va siendo hora de disfrutar de una buena cerveza.

2 comentarios en “Huayhuash

  1. Tienes capacidades extrasensoriales! Darte cuenta de algo que no se te muestra, tiene mérito. Saber que está ahí, intuirlo y no poder verlo, con tiempo desapacible y la mochila pesada como un niño de 9 años… Tolerar la frustración tuvo su premio!
    Un kilo de queso en la maleta, me parto.

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