Cusco

Tras más de dos semanas en Cusco, no puedo evitar seguir pensando en esta ciudad como en una gran desconocida. Se necesita más tiempo para desvelar todos los misterios que el tiempo ha ocultado entre las verdes montañas que rodean a la capital del antiguo imperio Inca. A todos nos resulta familiar el nombre Machu Picchu, su tesoro más ansiado. Muy probablemente será lo primero que nos venga a la mente al hablar de Perú. Pero este país, así como Cusco, son mucho más que Machu Picchu. Hablar de Cusco es hablar de recónditos valles repletos de años de historia apenas comprendida. De naturaleza salvaje y montañas nevadas. De mestizaje de culturas.

Y de no saber si se escribe Cusco o Cuzco.

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Esta ciudad levantada a 3400 metros sobre el nivel del mar se compone de sombras frías y calurosas calles. Debido a la altura te sumerges en un constante estado de incertidumbre en el que te debates entre ponerte el abrigo o llevarlo colgado del hombro. En los días despejados de junio, cuando realizo mi visita, al ocultarme del sol acabo sintiendo un frío abrazo que alcanza todas las partes de mi cuerpo. En extraña mezcla, algunos de los edificios coloniales de la ciudad se yerguen sobre cimientos de antiguas construcciones incas, derribadas en la época de la colonización. La enorme y espectacular plaza de armas de Cusco es una de las más bonitas de todo Perú, y durante celebraciones como el Corpus Christi o el día de Cusco, se llena de vida con grupos de danzas, bandas de música y calles a reventar.

 

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Bailes en la Plaza de armas

La región de Cusco es un lugar idóneo para agarrar la mochila y ponerse a caminar. A una de sus caminatas más populares se la conoce con el nombre de “El camino del Inca”. Este camino en realidad es una calzada de piedra que en el periodo de máximo apogeo de la civilización Inca llegó a contar con 60.000 kilómetros, uniendo lo que hoy serían Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile. Aunque actualmente solo se conservan 39.000 kilómetros. Pero como comentaba, el tramo más conocido de esta senda son los 43 kilómetros que conectan Cusco con Machu Picchu. Debido a la fama que ya acapara esta caminata, para poder recorrerla es necesario hacer una reserva previa con meses de antelación. Y tengo más que comprobado que, por suerte o por desgracia, yo no soy de ese tipo de personas.

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Hola, ¿Que ase? ¿Trabaja o que ase?

En busca de una alternativa hasta mis oídos llegó la ruta Salkantay. Caminata de cuatro días de duración que te lleva igualmente hasta Machu Picchu por una ruta alternativa, menos transitada, a través de un paso a 4600 metros. Te lleva junto a hermosos lagos y antiguas ruinas de templos incas, atravesando frondosos bosques, plantaciones de café y poblados en los que el turismo comienza a florecer.

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Un alojamiento de lujo en mitad de la ruta de Salkantay
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Photo by Luke Engelbert-Fenton
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Pueblo de Aguas Calientes, a los pies de Machu Picchu
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El paso Salkantay

Para mí, el mejor momento de esta caminata es la noche del penúltimo día. Antes de llegar al destino final, cuando te encuentras con la oportunidad de pernoctar en un lugar lleno de fantasía. Un lugar que los que no se olvida. Tras plantar la tienda de campaña en lo alto de una montaña, en el único claro del espeso bosque que la recubre, te das la vuelta y tu mirada se posa sobre esa magnífica ciudad a la que todos los caminos parecen llevar. Silenciosa, se impone a todo sonido. Lejana, se muestra al alcance de tu mano. Situada en las alturas, sobre la arista que une dos montañas. Rodeada a modo de muralla natural de picos todavía más elevados. Allí descansa la ciudad de Machu Picchu. De vez en cuando se oculta tras nubes que avanzan esquivando las grandes elevaciones de piedra, humedeciendo a su paso las hojas de los árboles para vestirlas con un verde brillante. Pero hasta cuando desaparece de tu vista, es imposible no sentir su presencia. Ese lugar emana una misteriosa fuerza que le otorga el don de la eternidad.

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Nuestro lugar de acampada, con Machu Picchu de fondo, tras las nubes. Photo by Luke Engelbert-Fenton
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Justo en medio de la foto se puede apreciar la ciudad de Machu Picchu. El pequeño pico a su izquierda es Huayna Picchu. Y el pico más elevado a la derecha, el monte Machu Picchu

La fama la tiene bien merecida. Es cierto que la masiva afluencia de turistas, algo que desde hace tiempo tratan de controlar, hace que parte de su magia se disuelva. Es prácticamente imposible sacar una foto en la que no aparezcan cientos de personas desconocidas. Por eso, a las cinco de la mañana nos pusimos a correr escaleras arriba como alma que lleva el diablo, para tratar de ser de los primeros en acceder al recinto. Y por suerte vimos nuestro esfuerzo recompensado cuando, con las primeras luces del día, pudimos disfrutar durante unos minutos de esta ciudad en todo su esplendor. Vacía. Libre de todo turista. Una ciudad fantasma en la cima del mundo. Un momento difícil de retratar.

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Lado este de la ciudad de Machu Picchu
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Lado oeste de la ciudad de Machu Picchu

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En Cusco conocí a un hombre que me relató su relación con una montaña. Una montaña que llegó a venerar a modo de diosa de la naturaleza. A ella se encomendaba cada vez que su trabajo como guía de montaña los acercaba. Durante los veintiún años en los que estuvo trabajando junto a ella, nunca dejó de respetarla como a ser omnipotente. Le hizo llorar. Le quitó tanto como le dio. Y, según decía, en más de una ocasión llegó a hablarle. Era una de las pocas montañas que no se había atrevido a ascender. Contaba que, de haber tenido su bendición para ello, habría sentido la llamada. Pero esa llamada nunca llegó. Por eso tuvo que declinar ofertas de innumerables expediciones que habían requerido de sus servicios.

Esa montaña se llamaba Ausengate. Junto con tres nuevos compañeros me propuse rodearla en una caminata de cinco días. Me temo que mi historia no es tan profunda ni mística. A mi no me habló. Las pocas veces que me detuve a escuchar, solo obtuve respuesta del viento. Quizás mis oídos no estuvieran preparados para su lenguaje. Y visto el recibimiento que nos dispensó, puede que fuera mejor así.  El primer copo de nieve descendió nada más ponernos en marcha. Y a las pocas horas, los verdes campos en los que decenas de alpacas pastaban desaparecieron bajo una gruesa y blanca capa endurecida por el viento. No paró de nevar hasta que abandonamos los límites del Ausengate. Al día siguiente nos vimos obligados a retirarnos. El primer día atravesamos un paso a 4850 metros en medio de una tormenta de nieve con la cabeza gacha y los guantes empapados. En silencio, tratando de no perder la referencia de la persona por delante. Hasta que llegamos al valle en el que pretendíamos pasar la noche.

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El primer día, al poco de dar comienzo, todo quedó vestido de blanco

Era un enorme valle sin apenas resguardo. Un par de casas de adobe y unos cuantos muros de piedra, en mitad de una enorme y yerma extensión de tierra. Tratando de cobijarnos tras una de estas casas mientras decidíamos que hacer, de la nada apareció la dueña de las tierras, con una sonrisa en la cara. Sonrisa que dispensas a un desconocido del que no sabes que esperar. En medio de la fuerte ventisca, iba ataviada con una larga falda y unas sandalias de cuero protegiendo unos encallecidos pies con aspecto de ser más duros que la piedra. Por supuesto que sin calcetines. Su ya maltrecha faz a causa del viento le sumaba a su aspecto unos cuantos años más de los que seguramente tendría. La comunicación con ella fue infructuosa. Su escaso dominio del español era muestra de lo apartada que había quedado aquella zona del resto del mundo. Tras minutos de mudo diálogo llegamos a dos conclusiones: no podíamos acampar tras el muro de piedra bajo porque ese sitio estaba destinado a las ovejas. Y si queríamos acampar en sus tierras, debíamos pagar diez soles.

Acabamos acampados tras una pequeña y vacía casa. Todo un lujo que nos permitía cenar resguardados del viento. Aunque la altura me había quitado el hambre, por lo que poco pude cenar. Era la primera vez que dormía sobre los 4500 metros. Si pasar la noche en vela puede considerarse dormir. Escuchando como el viento agitaba la tienda de campaña. Viendo como poco a poco nos cubría de nieve. Odiando en silencio a mi compañero de habitación por ser capaz de sumergirse en lo que parecía un plácido y tranquilo sueño.

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Nuestra nueva casa. Photo by Luke Engelbert-Fenton
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Levantando el campamento. Photo by Luke Engelbert-Fenton

No recuerdo experiencias tan lamentables como la que sufrí aquella noche. Tener que salir en plena noche, en medio de la tormenta, a hacer mis necesidades. Salir de la tienda medio adormilado para ser azotado por el viento helado, y tratar de ponerme las flip-flops sin quitarme los dos pares de calcetines que llevaba puestos para que mis pies entraran en calor. Andar a trompicones tratando de no resbalar en la helada pendiente de nieve, buscando con la mirada un refugio donde no lo había. Exponer mis partes nobles ante la adversidad y ser recibido con cientos de cuchillas de hielo. Y a mi alrededor, olas de nieve sobre un mar de oscuridad. Un náufrago en medio de la tempestad.

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Buscando la salida. Photo by Luke Engelbert-Fenton

Al día siguiente, tras otro paso a 4800 metros de altura y caminando sobre un metro de nieve, acabamos por desistir. Los senderos hacía tiempo que habían desaparecido. Resbalábamos por placas de hielo para aterrizar con suerte sobre colchones de nieve. Y la tormenta no parecía tener intenciones de amainar. Los dos tours guiados con los que nos topamos aquel día habían decidido igualmente poner fin a su visita antes de tiempo, rendidos a los designios de la montaña. Era inútil seguir luchando para no poder siquiera apreciar el magnífico entorno en el que nos encontrábamos. Sabíamos donde estaba la montaña gracias al mapa que nos la indicaba. Pero a nuestro rededor todo era blanco absoluto. La diosa Ausengate no estaba feliz con nuestra visita.

6 comentarios en “Cusco

  1. Mira que no escuchar a la montaña tío… tanto treking y tanto misticismo y lo único que haces es pisotear para arriba y para abajo sin comunicarte con la naturaleza inerte. No me esperaba tanta superficialidad de tu viaje. A estas alturas ya deberías hablar piédrico!

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  2. Me ha gustado mucho tu artículo, tu manera de narrarlo y como de alguna forma nos transportas a Cuzco y a la montaña. No me alcanzo a imaginar las dificultades que se presentan al viajar en época invernal en aquellas regiones, sin embargo admiro tu tenacidad y la de tu o tus acompañantes para lidiar con las circunstancias. Un abrazo desde México

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  3. Me encanta disfrutar de tus aventuras desde la distancia. Disfruta y vuelve algún día que ya se te echa de menos!

    Pd: ya llevas dos meses de retraso… A este paso te nace un hijo y ni nos enteramos…

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  4. Kaixo pariente, nos tienes de espera a la buena gente.
    Queremos más escritura de la tuya que es una hermosura.
    Salida y llegada, ninguna bobada.
    Disfruta y sigue contando, que estaremos al tanto.
    Agur

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