Salar de Uyuni

El todoterreno avanza por el desierto, sin carreteras ni pistas que seguir. Se guía de antiguas marcas de ruedas que se entrecruzan y trenzan hasta perderse en el horizonte. Estas marcas forman una senda imaginaria que ha sido atravesada miles de veces, durante años. En el exterior el paisaje apenas cambia. Pero, aun así, en vez de dilatarse el tiempo dentro del coche tornando la experiencia en algo tedioso, aburrido, monótono, el hipnótico espacio entre el cielo y la tierra hace que nos olvidemos de todo lo demás. Los colores verde, amarillo y tierra que se ven en las escasas colinas que pasan desfilando al otro lado de la ventanilla, de vez en cuando ceden protagonismo al blanco de las llamas o el marrón de las vicuñas, las cuales pacen sin prestarnos atención. Cada cierto tiempo una laguna salada surge de la tierra para dar cobijo a un grupo de relajados flamencos. Hasta que un torbellino surge de la nada, simulando patinar sobre una enorme placa de hielo.

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Mirador a 4855m sobre el nivel del mar

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Antigua ciudad Inca, esclavizada por los españoles durante treinta años para la extracción de oro y plata. Ahora la consideran una ciudad fantasma, en la que por la noche se escuchan extraños sonidos. Al menos, ¡eso es lo que dicen a los turistas!

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En el interior de nuestro pequeño universo apenas conversamos. No por no encontrar nada interesante que decir, sino por estar atontados observando algún punto al otro lado del cristal. En lo alto, las nubes se arremolinan en una danza suave con las alas desplegadas bajo un cielo azul claro, formando hipnóticas y alargadas figuras. Ahora el horizonte lo componen colores pálidos, alternándose líneas rojas con otras blancas, producto del salitre. Bajo los rayos del sol, el suelo arde con cientos de chispas. Un mar en movimiento. Un mar con vida.

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El segundo día de viaje comienza a lo grande. Al poco de ponernos en marcha llegamos a la cordillera de los Andes. No tiene nada que ver con las altas y verdes montañas que ya dejé muy atrás. Como dragón que se sumerge en la mar y vuelve a la superficie unos cuantos metros por delante, estos montes parecen hundirse también, camuflándose con la tierra. Quizá tratando de tomar impulso para surgir con más fuerza que nunca al otro lado del desierto. Suficiente fuerza como para partir Perú por la mitad. Sin duda alguna un lugar mágico y de increíble belleza. Bajo este cielo impoluto, salpicado únicamente por una solitaria y blanca nube, es como si los cerros se evaporasen arrastrados por el viento. Un mandala tibetano que ya ha cumplido su propósito. Todo se muestra difuso. Los límites se desvanecen.

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Desierto de Dalí

Aunque parezca que los montes a nuestro alrededor no alcanzan gran altura, nos encontramos cerca de los cinco mil metros sobre el nivel del mar. Podría parecer innecesario estar aclimatado para internarse en este desierto, pero de no estarlo es probable sentir algún que otro síntoma. La gente sin aclimatación previa agradecerá la total ausencia de esfuerzo físico, ya que en todo momento nos desplazamos en todoterreno.

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Vía de tren que conecta el salar con el mar

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A 4500m es posible disfrutar de un relajante baño en unas piscinas termales. Muy recomentable, sobre todo después de la hora de la comida. A la mañana se llenan de turistas

El último día de viaje, el cuarto día en nuestro caso, llega el momento de adentrarse en el Salar de Uyuni. Se comienza antes de las primeras luces del alba para poder ver el amanecer y contemplar los rayos del sol propagándose sobre una laguna salada. Pacientemente aguardas a que suceda, a que llegue el momento. Hasta que, por fin, el sol rebasa la línea del horizonte. Y entonces presencias como se desdobla. En ese instante, el sol avanza en ambas direcciones. Hacia arriba y hacia abajo. Pierdes la noción del espacio. Todo es oscuridad, nada más que oscuridad a tu alrededor. Nada existe. Nada importa. Ni siquiera tú mismo. Lo único real es esa fulgurante bola de fuego que parece derretirse, propagándose por sus extremos a lo largo del horizonte. Ese momento de luz que va creciendo mientras absorbe la oscuridad circundante, hasta que te alcanza y te devuelve a la realidad. Posiblemente esto sea lo más cercano que se puede estar de vivir el instante cero. El nacimiento del universo. El big-bang.

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Como colofón, después toca visitar uno de los lugares más conocidos del salar. El blanco desierto de sal. Una inmensidad blanca en la que el único agua existente fluye por debajo de una capa de más de un metro de sal. Una capa de sal sin fin, sin interrupción, extendiéndose en todas direcciones. De la noche más oscura te adentras en el día más claro. En este desierto de sal la gente se rebana los sesos tratando de dar con la foto que jamás haya sido tomada. En mi caso no fue así. Debería haber llevado la tarea hecha de casa, porque en ese momento nada se me ocurría. Supongo que tendré que volver al salar para sacar la mejor foto del mundo. Pero hoy me contento con haber visitado un lugar único en el mundo. Una maravilla que se disfruta con todos los sentidos. Que te transporta por un momento fuera de la tierra, llevándote a lugares en los que te es posible olvidar el significado de la palabra tiempo.

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Lo mejor que fui capaz de crear. Controlar el enfoque con la cámara del móvil resulta al parecer bastante complicado

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A veces se hace difícil discernir el horizonte

Si eres afortunado, un lugar de este tipo te puede transportar a dónde más difícil se nos hace llegar. Y entre todos, el lugar que más desconocido nos resulta. El único lugar que puede mostrarnos la realidad de lo que somos y de lo que nos rodea. Nuestro interior. En esta vida es imposible ver la verdad de las cosas cuando nos desconocemos a nosotros mismos. Y nos desconocemos porque siempre nos hemos dado por sentado. O porque nunca nos lo hemos llegado a preguntar, tan atareados como estamos regodeándonos en nuestros problemas mientras nuestra mente los amplifica, o viviendo bajo el reinado de unos impulsos que consideramos la representación de nuestro “yo”. Nunca nos hemos detenido, pausado nuestra vida para dedicar unos pocos segundos a comprendernos. Pero si lo hacemos y comenzamos a entrever esta realidad. Si por un instante comprendemos que estos problemas no son tales, que no son nada en comparación a la inmensidad del desierto que representa nuestra vida. Que al igual que cuenta cada grano de sal en este mar, cada grano de arena en este desierto, vemos estos problemas como parte de lo que somos ahora. Y que realmente lo que somos ahora tampoco importa, porque estando como estamos en continua transformación, esta realidad pronto dejará de tener sentido. Entonces, esos pocos segundos habrán valido la pena.

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Laguna roja

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Como decía, es la tranquilidad que te encuentras en este tipo de lugares, que te insta a detenerte, a cerrar los ojos y despejar la mente, la que te puede empujar a ver por primera vez.

2 comentarios en “Salar de Uyuni

  1. Me han encantado tus reflexiones. Yo visite el desierto de Atacama y me quedé muy sorprendida por el paisaje que vi, totalmente diferente a cualquiera, mágico.
    Preciosas las fotos… Un abrazo Julen!

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  2. Muy profundo Julen, bravo. Aparte de que, en la forma, el agua es un nombre masculino y deber de obligación es sin de, en el contenido es un post fantástico. Por ser tiquismiquis.

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