Breve análisis de la economía chilena

Este post de análisis económico va a tener poco. Y de breve quizá menos. Ya me perdonaréis empiece tan catastrofista. Pero si con este título consigo atraer a mi tela de araña a alguna persona, como si fuera miel para el oso o un sobre para el político, bienvenido sea a mis estadísticas. De antemano pido perdón a aquella persona que cometa el error de considerar este blog capaz de aportar cualquier tipo de información de utilidad. A mí eso me suena utópico. Lo que es, sucediendo de manera premeditada.

Hoy me dispongo a contar nada en absoluto. Hoy traigo simple desvarío. Hasta el momento he tratado de haceros partícipes de mis vivencias, de mis sensaciones a lo largo de este viaje que por suerte está lejos de llegar a su fin. Pero hoy me tomo un breve interludio literario para mostraros mi lado más incoherente. Que igual o mejor que el resto, define parte de lo que soy.

Hasta el momento, hay dos cosas que me han sorprendido sobremanera en Sudamérica. Una es que tanto Uruguay como Argentina y Chile son bastante más caros, en general, de lo que me esperaba. Y la segunda cosa es el dulce de leche.

Yo nunca he sido persona de tentaciones. A riesgo equivocarme, considero que siempre he podido mantener mis impulsos bajo cierto control. Por lo menos en lo que a antojos se refiere. Testigo de ello puede ser mi hermana, quien tantas veces me ha increpado por mi autocontrol mientras ella se mostraba incapaz de resistirse a comer algo de chocolate, aun tras haber saciado de largo su hambre.

Pero entonces llegué a Argentina y esta me mostró mi verdadera debilidad. Mi Talón de Aquiles. Me hizo caer en la tentación y yo me revolqué en ella como un gato en la ropa recién planchada. Con ansioso regocijo. Al ceder fue como verme reflejado en un espejo que no muestra mi realidad. Por lo menos no la que hasta entonces daba por sentada. Y de repente la tentación se encontraba en todas partes. Al principio el dulce de leche lo tomaba solo para saciar mi hambre. Pura necesidad fisiológica. Pero al poco tiempo mi relación con esta delicia del color del oro mutó en algo mucho más complejo, más irracional.

Al dulce de leche en Chile se le conoce como manjar. Un nombre bastante apropiado. Para los argentinos no es lo mismo que el dulce de leche, ni tampoco es tan delicioso. Pero al menos para mi organismo las diferencias eran irrelevantes. Una vez en sus redes cualquier placebo era bien recibido.

Cuando por fin conseguí atravesar la frontera y llegar a Villa O’Higgins, ya llevaba casi una semana sin probar algo dulce. Candelario Mancilla había relegado mi tentación más reciente a un estado latente, apartándola de mi memoria. Cuatro días de papas al parecer habían obrado milagros, purificándome tanto cuerpo como mente. Pero al entrar de nuevo en un supermercado para abastecerme, ante mí surgieron infinidad de posibilidades. Fue como abrir la compuerta exterior de un submarino sumergido. O como correr de golpe y en plena tarde las cortinas de una oscura habitación. Y en medio de todo ese despliegue de imágenes y colores que se me antojaban más atractivos que nunca, rodeado de olores que reactivaban mis papilas gustativas, todo se detuvo por unos instantes al posarse mi mirada sobre un bote de manjar de cuatrocientos gramos.

Estaba caro de cojones, eso sí. Tres mil pesos chilenos, unos cuatro euros. Pero cuando la tentación que ya tenía olvidada afloró de lo más profundo de mi ser, como el chorro a presión de una ballena, mi economía tuvo que hacer un esfuerzo. Aunque esto no es lo más relevante en esta historia. Lo verdaderamente importante es que ese acto en apariencia inocente sentó un precedente. Originó una serie de ecos en el futuro. En adelante, cada vez que llegara a una nueva ciudad y me internara en un supermercado a hacerme con provisiones, comprobar el precio del bote de manjar de cuatrocientos gramos se convertiría en un acto reflejo. Era lo primero que haría. Y esta estupidez me servía para hacerme una idea del coste general que me supondría abastecerme en ese lugar.

Si Argentina y Chile son caras, la Patagonia lo es en particular. Debido a lo inhóspito de su situación y a lo difícil de su aprovisionamiento, el coste de los alimentos y elementos de primera necesidad se disparan al alza. Y yo eso lo veía reflejado en el valor del pequeño bote de cuatrocientos. En Cochrane, por ejemplo, se encontraba a 2450 pesos. Como había supuesto, al moverme en dirección norte la dificultad de toda la logística necesaria para enviar provisiones disminuía, por lo que el precio decrecía en proporción.

Pero en Coyhaique, solo 300 kilómetros al norte de Cochrane, la arisca dependienta de un pequeño quiosco de barrio tiró por tierra todos mis esquemas. Esta anciana mujer al parecer no recibía muchas visitas. Efecto colateral de su agrio carácter. Al entrar en su establecimiento se tomó su tiempo para interesarse por el motivo de mi visita. Lanzándome un certero y afilado monosílabo a la cara me preguntó que quería. Pero yo no me amedrenté. Tenía claro mi objetivo. Paseando la mirada por las estanterías situadas a sus espaldas no me costó encontrarlo oculto entre botes de miel y latas de atún en conserva. Le pregunté a cuanto estaba el bote de manjar de cuatrocientos y la señora, pillándome totalmente desprevenido, me contestó que a setecientos pesos.

En ese instante, que se alargó más de lo que me hubiera gustado, supe por qué soy tan malo jugando al póker. Siempre lo he sabido, pero nunca había visto la respuesta con tanta nitidez. Y de repente allí la tenía, tan clara como las aguas de una calma mar turquesa. La sentencia definitiva para cualquier duda que mi yo interior hubiera tratado de mantener con vida. La señora, bastante más rápida que yo, supo reconocer en mis cejas levantadas, frente arrugada y ojos como platos que algo no cuadraba. Y sin perder el tiempo dobló su apuesta.

Yo me maldije por mi falta de tablas como negociador. Vino a mi mente aquel día en Siquijor, pequeña isla de Filipinas, en la que tratando de bajar el precio del alquiler de una moto que me ofrecían a doscientos pesos filipinos oferté doscientos cincuenta. Aun así, mil cuatrocientos pesos me parecían estar por debajo de lo que en realidad debería encontrarse. No pude evitar hacerme con uno, sin importar que en la mochila ya tenía otro, todavía por empezar. Estas gangas no se pueden dejar escapar. La señora me habría ganado la batalla, pero mía fue la guerra.

Cerca de Santiago, en Isla de Maipo, me lo encontré en oferta a 970 pesos. Al día siguiente subía hasta los 1140 pesos. Se notaba que ya no estaba en la Patagonia. Pero tras pasar Santiago de Chile y seguir avanzando en dirección norte, los precios volvían a subir a subir de nuevo poco a poco. Hasta que, en San Pedro de Atacama, el último pueblo que visité en Chile, me lo encontré al mismo precio que en Villa O’Higgins.

Es curioso, por ejemplo, conocer que el precio de los vegetales o de la fruta es más caro en el Valle de Elqui que en Santiago de Chile. El Valle de Elqui es conocido por su inmensa producción de frutas y verduras. Pero como la logística se centraliza en Santiago, todos los productos se envían a Santiago primero para ser repartidos luego por todo el país, regresando parte de dicha producción al Valle para su venta. A no ser que tengas la suerte de poder comprarle directamente al agricultor, te encontrarás con que la palta cultivada en el Valle es más cara allí que en la capital.

Resumiendo, la Patagonia es tan espectacular como cara. Si viajas hacia el norte, espera a alimentarte una vez te hayas acercado a Santiago. Si viajas hacia el sur, aprovecha para aprovisionarte en Santiago de Chile. Creo que con un par de litros de manjar tendrás para un buen tiempo. Y cuidado con la señora de Coyhaique. Es rápida de cojones.

 

8 comentarios en “Breve análisis de la economía chilena

  1. Yo en Chile tambien me volvi loca por el manjar. Paso algo curioso, y es que los pesos que me gaste en los botes me fueron reembolsados en forma de kilogramos de peso. No se quedaron para siempre, asi que manjar por vena mientras puedas!!!

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  2. Mucho más interesante un post sobre el dulce de leche que sobre la economía sí señor!!

    PD: Espero que nos traigas un bote de esos para cuando vuelvas
    PD2: Me has alegrado un lunes de sprint plan y borraja
    PD3: Te estoy imaginando con 15kg más xDD

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