La Carretera Austral

La Carretera Austral como tal, es decir, como carretera, deja mucho que desear. Podríamos incluso discutir sobre el acierto de usar tal término. Esta carretera se interrumpe en varias ocasiones al cruzarse en su camino con lagos imposibles de rodear. Y en gran parte, sobre todo en su zona más meridional, no pasa de ser una pista de ripio que tras horas de incesante traqueteo no paras de maldecir. Pero aun así se ha convertido en una de las carreteras más conocidas del mundo.

No quiero quitar importancia a la utilidad práctica de esta carretera, que por primera vez consigue comunicar zonas anteriormente solo accesibles en avión o por vía terrestre desde Argentina. Y además, a través de territorios de complicadas características geográficas. Todo esto gracias al dictador Augusto José Ramón Pinochet Ugarte, dictador de Chile durante diecisiete años. Es curioso encontrarte hoy en día con monumentos levantados en su honor, dirigidos al valiente y visionario militar. Aunque en realidad, me temo que de curioso no tiene nada. Lo cierto es que mucha gente del sur lo tiene todavía en gran estima. Consideran que les dio una identidad.

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Monumento a Augusto Pinochet, en el pueblo de La Junta

Volviendo a lo que iba, dudo que la fama le venga por su utilidad práctica. Esta carretera atraviesa parajes desproporcionados. Sin medida. Lugares de una belleza exuberante que parecen no conocer límite. Como si el origen de la tierra estuviera en algún rincón de las tierras que recorre. La zona cero de nuestra existencia. Y el resto del mundo se hubiera creado con el eco de ese primer instante. Eco que con la distancia fue bajando en intensidad. Eso es la Patagonia chilena. Hermosa hasta el punto de perder la capacidad de sorprenderte. Bendito hastío contemplar hasta la saciedad y el hartazgo maravillas como los glaciares. Caminar ante su mirada. Dormir en sus dominios. Buscarlos después de haber cerrado los ojos y sentir su frío abrazo en cada uno de los huesos de tu cuerpo hasta la llegada del amanecer.

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Dentro del parque Jeinimeni
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Parque Jeinimeni
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Uno de los lagos del parque Jeinimeni

Yo en realidad di con la Carretera Austral por casualidad. Por causalidad más bien. Claro que conocía de su existencia. Pero para mí, cuando pensaba en visitar el sur de Chile, en mi mente solo había cabida para las Torres del Paine. La Carretera Austral no aparecía ni en segundo plano. Por necesidad, y por suerte, no tuve más remedio que recorrerla.

Como comentaba antes, muchos de sus tramos son de ripio. Lo que te obliga a conducir con precaución. Despacio. Esto muchas veces parece una desventaja, pero ¿acaso gracias a eso no tenemos más tiempo para disfrutar? Muchas veces he sentido envidia, y sigo sintiéndola, de quienes la recorren en bicicleta. Quienes entre pedalada y pedalada disponen de todo el tiempo del mundo para deleitarse. No deberían de existir las prisas al recorrer la Carretera Austral. Solo deseo de disfrutar de cada momento.

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Ventisquero Colgante, en el parque Queulat

Atravesando la Carretera Austral conocí pintorescos poblados escondidos como Caleta Tortel. Un pueblo que alguien decidió levantar en uno de los peores lugares que se me ocurren. Un cenagal. En este lugar las casas trepan por pantanosas colinas revestidas con lienzo de mil riachuelos, y la gente pasea por pasarelas de madera sin fin. Como una Venecia invertida. Acabas rezando a las nubes para que te den un respiro y así poder retratar este poblado de ensueño levitando sobre cascadas centelleantes bajo el sol. No fue esa mi suerte.

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Caleta Tortel desde el mirador
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Pasarela que va desde Caleta Tortel hasta el aserradero

Continuando por la carretera, poco más tarde te encuentras en Cochrane. Y entonces te preguntas por qué el resto del mundo no planta también árboles frutales en las calles. Mientras haces los preparativos para la siguiente expedición paseas tranquilamente por sus calles, degustando ciruelas, peras, manzanas o incluso membrillos. Sin duda, es una ciudad en la que vale la pena hacer un alto para descansar de la inercia del viaje.

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Jornada de camino
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Nuestra llegada al parque Jeinimeni fue recibida con un buen diluvio. Montamos este campamento improvisado con la esperanza de que al día siguiente el tiempo nos fuese más favorable

Y lo mejor de todo es que a lo largo de la Carretera Austral te encuentras con más parques naturales de los que te puedes imaginar. Como la Reserva Natural de Tamango, cuyas pronunciadas cuestas me hicieron sudar por encima de mis posibilidades. O la Reserva Nacional Lago Jeinimeni. La belleza de sus valles nos hizo olvidar el frío que pasábamos cuando el sol nos abandonaba. Todas las noches nos íbamos a dormir hacia las nueve y media, momento en el que un telón de hielo entraba en escena, descendiendo poco a poco y cubriéndolo todo. Era como ver nevar en cámara lenta. De repente nos salía hielo hasta de los pulmones. Y al día siguiente amanecíamos por debajo de los cero grados, con las carpas pintadas de escarcha y los calcetines que alguien puso a secar duros como piedras. No teníamos más remedio que esperar a la llegada del sol sin poder estar quietos, tratando de que los pies nos entrasen en calor. Viendo como centímetro a centímetro la línea del sol se acercaba. Bajando por la ladera. Cruzando el bosque. Derritiendo el hielo a su paso hasta finalmente llegar a nuestras carpas. Y sentirlo al final calentar nuestra torturada piel.

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Un frío amanecer

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Calcetines de piedra que alguno se dejó a la intemperie

Tuve ocasión de revivir en un lugar increíble como es la Reserva Nacional de Cerro Castillo una experiencia parecida a la del Monte Owen. En aquel entonces, hace ya muchos años, me dije a mí mismo que nunca volvería a realizar una estupidez semejante. Pero se ve que, en mi caso, el adverbio “nunca” junto con la palabra “estupidez” tiene solo una validez de cuatro años. Gustosamente la relataría, pero no quiero que penséis que me hago viejo para esto del senderismo. Además, luego os quejáis de que se me alargan los capítulos. Y este sin duda daría para unos cuantos tomos. Quedémonos con lo importante. Sigo respirando y en plenas facultades.

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Panorámica desde el mirador de la Laguna Duff, en el parque Cerro Castillo

Pero toda esta belleza de la que hablo tiene su lado salvaje. Su cara oculta y malvada. Haciendo dedo camino a Chaitén atravesamos por el medio del pueblo de Santa Lucia. O de lo que quedaba de él. Más de la mitad del pueblo estaba sepultado bajo toneladas de lodo, piedras y troncos. Una sobrecogedora imagen que no deja indiferente a nadie. No hace mucho, una enorme porción de un glaciar se precipitó al vacío, cayendo sobre el lago situado a sus pies. Provocando un enorme flujo de agua de tal potencia que arrasó con todo a su paso. Con bosques y con el pueblo de Santa Lucia, situado a unos cuantos kilómetros del glaciar. El río, que conecta el lago con el pueblo, desciende hoy por el medio de una anchísima explanada de barro que no hace mucho estaba cubierta de árboles.

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“Diez veces venceremos!”, grito mapuche en un camping de Cochrane

Esa noche y la siguiente la pasamos acampados en el jardín de quien nos llevaba. El padre de una familia que solía vivir en Santa Lucia, pero que tras el desastre recibieron una casa en Chaitén. Pueblo que también tiene su historia con las desgracias. En el 2008 fue sepultado bajo dos metros y medio de ceniza. Ceniza escupida por un volcán con el mismo nombre. En lo alto del mirador de ese volcán pasamos nosotros una noche, admirando su belleza, viendo como sus chimeneas no paraban de humear. A modo de advertencia de un peligro latente. En la Patagonia chilena la naturaleza esta viva. Y quien le pierde el respeto se arriesga a perderlo todo.

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Panorámica al amanecer desde el mirador del volcán Chaitén

Recorrí la Carretera Austral con una compañía inmejorable. Siempre que podíamos nos embarcábamos en caminatas de varios días, acarreando todo lo que nuestras espaldas podían llevar. Y fue en esos días en los que comencé a apreciar la importancia de dedicar tiempo a la cocina. Viajar con un gran cocinero como es Albert fue todo un privilegio. Y que decir de Alex, otro gran entendido no solo de cocina, sino que es el mayor conocedor de flora chilena que jamás he conocido. Gracias a él pudimos añadir setas a nuestra dieta; cocinábamos con perejil silvestre; recolectábamos zarzaparrilla para curar nuestras heridas y adormilar nuestra hambre. Nunca olvidaré aquella tarde en la que los tres, a orillas de un lago en el parque Tamango, degustamos un delicioso arroz con cordero patagónico. Un manjar como pocos se han podido permitir. Se me hace la boca agua al recordarlo.

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A orillas de este lago degustamos el cordero patagónico

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Con el tiempo estoy seguro de que echaré de menos ese traqueteo de las ruedas sobre la Carretera Austral. Pero quien sabe, puede que en un futuro regrese para recorrerla de nuevo. Eso sí, la próxima vez en bicicleta. O a pie.

Antes de terminar me gustaría hacer una mención especial para otra cocinera excepcional. La abuela de Alex. No recuerdo en que parque me encontraba, ni tampoco el día de caminata exacto, cuando me prometí para mis adentros que jamás volvería a dejar una sola miga sobre la mesa. Sin duda empujado por el sufrimiento y el hambre. Pero esa mujer, el mismo día en que la conocí, me hizo romper mi promesa. Haciendo honor a su título de abuela nos puso más comida de la que podíamos manejar, y por muy deliciosa que estuviera nos fue imposible dar cuenta de ella.

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Castro, Chiloé

Es curioso que, con todas las cosas que tiene por ofrecer Chiloé, no exagero si digo que durante la semana que pase allí con Albert, no hicimos otra cosa que comer. Eso sí, comida deliciosa. Me temo que aparte de muchos recuerdos, la Patagonia chilena me deja un problema de gula crónico.

5 comentarios en “La Carretera Austral

  1. Fue un gran placer compartir esta etapa, con unas personas tan verdaderas, aunque, particulares, incluyéndome.
    Un abrazo para todos los chiloetarras perdidos por el mundo

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  2. Que abundancia de risas hambre peos y cansancio compartimos compañeros jajajaja

    Les envio un abrazo fraternal desde mi casa en chiloe y mi abuela Florinda les envia saludos (muerta de risa que no pudieron comer toda esa cantidad de comida jajajaj)

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  3. Q pres Julen Fog y q bien foto con tu persona para comprobar q estás entero y verdadero (sube más a menudo chico) 🙂 Te mandamos un beso grande uno Little y otro yo misma, disfrutatu eta zaindu

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