Candelario Mancilla

Una singularidad en el espacio tiempo. Una isla perdida en medio del océano. Un silencio en el apogeo de una sinfonía. Un lugar cercano a nada y alejado de todo. Eso es Candelario Mancilla. Y esta es la historia de como una simple travesía acaba degenerando hasta dejarme atrapado, sin opciones y con apenas algo de comida.

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De camino a Villa O’Higgins paso a despedirme del Fitz Roy. Estando tan cerca, no puedo evitar subir al mirador. Una intensa nevada me hace bajar en cuanto llego a lo alto.

Todo comienza cuando decido recorrer la Carretera Austral de sur a norte. Comenzar en Villa O’Higgins y terminar en Puerto Montt, 1240 kilómetros más al norte. Para llegar al punto de partida desde hace algunos años la gente opta por recorrer a pie los 71 kilómetros que separan El Chaltén, en Argentina, de Candelario Mancilla, paso fronterizo de entrada a Chile. Y una vez allí, subir a un barco hasta llegar a Villa O’Higgins.

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Bordeando el Lago del Desierto

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Sencillo. El tramo que hago caminando en algunos puntos se complica, bien al subir por empinadas laderas o por tener que saltar enormes árboles derribados sobre el camino. Por lo descuidado del sendero en algunos tramos queda claro que no es mucha la gente que lo recorre. Y al contrario que en las Torres del Paine, esta vez llevo conmigo todo el equipaje, lo que hace todo más difícil. Aun así, sin prisas, con paciencia, y sobre todo con el beneplácito del clima que no cumple su amenaza de lluvia, consigo llegar a Candelario Mancilla. Tras algo de sufrimiento, aunque sin contratiempos reseñables. Pero una vez en Candelario Mancilla, se desata la locura.

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Lago del Desierto
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Tras llegar a la orilla contraria del Lago del Desierto, echo la mirada atrás una vez más. Al fondo, medio oculto por las nubes, el Fitz Roy. Un último saludo antes de proseguir.

Como si yo fuera un colono que se adentra en tierra hostil, que llega a un lugar anteriormente hostigado, se me acercan dos personas a modo de comitiva que pretende decidir si vengo con buenas intenciones o para agredir. En apariencia viajeros como yo. Uno de ellos, hacha en mano, me lanza una pregunta. ¿Tienes billete?

Les basta con mi cara de sorpresa para comprobar que no sé de que me hablan. Más relajados ya, me aclaran el motivo de tan calurosa bienvenida. La gente se encuentra allí encerrada desde hace cinco días, sin poder partir de Candelario Mancilla. Con sus emociones a flor de piel, inmersas en una montaña rusa que los lleva una y otra vez de la depresión a la esperanza. Esperando un barco amarrado en puerto lejano que no llega. Alimentándose de la desinformación que allí reina e impera. Escuchando noticias acerca de ventanas de buen tiempo que no se hacen realidad.

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Lago O’Higgins

El barco que esperan, por ser de poco calado y por tener que realizar una larga travesía a través de un lago complicado, solo sale de puerto cuando el tiempo le es propicio. Si el viento no sopla. Lo cual en verano no es habitual. Llego a Candelario Mancilla un martes y hasta el jueves no se espera una buena ventana de tiempo. Y a ese contratiempo debemos añadir el asunto de los billetes que mis nuevos amigos me tratan de explicar. De haberme informado antes de mi partida, cosa que ni pretendí, me habría enterado de que estos se vendían en El Chaltén, aunque al doble del precio que pagas si lo compras en el barco. Por ello mucha gente prefiere no hacerse con uno, aun sabiendo que de esa manera pierdes la prioridad adquirida según el orden de llegada a Candelario Mancilla. Cualquiera con billete que llegue tras de ti tendrá preferencia. Cuando el barco depende de tan escasas y cortas ventanas de tiempo, eso adquiere suma importancia. Todo esto nos lleva de vuelta a la pregunta inicial. ¿Tienes billete?

Los que no lo tienen viven constantemente haciendo cálculos mentales. Tratando de anticipar su posición en la lista de pasajeros del próximo viaje. En el barco solo hay espacio para dieciséis pasajeros, y a mi llegada ya hay veinte esperando. Yo no saldría hasta un segundo viaje. Desde ese mismo momento, como le pasa al resto de los allí encerrados sin billete, mis ojos se desvían de forma inconsciente hacia el sendero que llega de Argentina. Rezando para no ver a nadie. Saliendo a investigar cada vez que escucho algún sonido extraño. Tres largos días por delante.

La cosa no acaba aquí. Por si todo lo anterior no fuera suficiente, hay un tercer y mayor problema. La comida. Salí de El Chaltén con alimento para cinco días. Optimista de mí, esperaba llegar a Villa O’Higgins el cuarto día de travesía. Es decir, el martes, día de mi llegada a Candelario Mancilla. Con lo que, gracias a la bondad del carabinero que en la aduana me permite conservar toda la comida que llevo conmigo, me quedan para los cuatro siguientes días media cebolla y una ración de cuscús.

Nadie preveía esta situación a su salida de El Chaltén. Conseguimos sobrevivir gracias al alimento que compramos a la única familia allí presente. La familia Candelario Mancilla. Quien sabe que les impulsó a colonizar tan escarpada tierra, congelada en invierno y arrasada por el viento en un verano solo de nombre. Pero el tiempo parece haberles sonreído y ahora son la única alternativa de subsistencia de muchos viajeros. Una oportunidad de negocio única. Como la mayoría viajamos con bajo presupuesto, no nos podemos permitir pagar cenas de a siete mil pesos. Sobre todo sin saber cuántos días vamos a pasar allí. Acabamos subsistiendo a base de panecillos y patatas. Patatas asadas, patatas hervidas, patatas salpimentadas. Patatas para desayunar, para comer, para cenar. Llegamos al punto en el que, al ver como alguien saca unos calcetines de una olla hirviendo, supongo que para limpiarlos, alguno se plantea seriamente si aburrido de tanta patata se le habrá ido definitivamente la cabeza y trata de dar un nuevo sabor a su comida.

Un día alguien encuentra un sobre de azúcar de los de cafetería. Entre cuatro personas e inmersos en un silencio que otorga al momento un aire de solemnidad, agarramos a cada puñado de avena y derramamos por encima una pequeña pizca de azúcar, antes de metérnoslo en la boca de golpe. El sabor resulta delicioso y la sensación al mismo tiempo es la de estar degustando una delicia. Hace tiempo que habíamos olvidado el sabor de algo tan dulce.

La alimentación no es el único nicho de negocio del que la familia Candelario Mancilla posee el monopolio. Tienen montada una improvisada zona de acampada junto a su casa, con un destartalado cobertizo que hace las veces de comedor y una ducha que funciona con leña. Cualquiera pensaría al ver todo aquello que bien podrían invertir algo de las ganancias que obtienen en adecentar un poco el lugar. Acabar con esa apariencia de cobertizo fantasmagórico al que le quedan dos temporales y limpiar las telarañas que encuentras mires a donde mires. Cobran cinco mil pesos por día, algo menos de siete euros. Si fuera para uno o dos días la mayoría no tendría problemas en pagar. Pero con el paso de los días, cuando ya llevas cuatro, cuando todo apunta a que serán mínimo ocho y ni siquiera puedes estar seguro de ello, la sensación de que se están riendo a tus espaldas va creciendo. Y es en ese preciso momento cuando nace la resistencia.

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Vistas desde el campamento de la familia Candelario Mancilla

Con la permisividad de los carabineros, que miran hacia otro lado mientras no acampes en la puerta de su cuartel, más de uno se interna en los bosques circundantes en busca de alternativas. Pero todo apunta a que la casa de la familia y el cuartel fueron construidos en los únicos espacios llanos del lugar. De repente das con una pequeña explanada escondida en la arboleda. Sonríes y levantas tu carpa sin parar de sonreír. Suerte la tuya. Hasta que tras horas de lluvia una extraña humedad te despierta en mitad de la noche y te das cuenta de que has acampado en medio de lo que alguna vez fue una laguna. No hay resistencia sin batalla. Una pequeña explanada en cuesta, unas pocas raíces o una superficie que podría contener más rocas es un pequeño precio que pagar en la lucha contra los monopolios. ¡Abajo el capitalismo!

Intentamos pescar salmones. Tratamos de cazar conejos a pedradas. Recolectamos frutos silvestres y no tan silvestres cuando la familia no mira. Compartimos el poco alimento que nos queda. Por eso no me arrepiento de los cuatro días que allí se me van. Sufrir las mismas penurias. Atravesar por los mismos problemas. En definitiva, vivir durante días encerrados en el mismo lugar acaba forjando nuestra amistad. Algo similar a lo que sucede en el circuito de las Torres del Paine. No hay mayor enemigo que el tiempo para que nuestra cabeza se adentre en terrenos que nunca debería traspasar. Entre todos buscamos nuevas formas de entretenernos: cortar leña, hacer cucharas de madera, jugar a las cartas, tomar mate, montar un partido de futbol con los carabineros, sentarte con alguien y en silencio mirar hacia el sendero. Cualquier cosa.

Y por fin llega el jueves. Nos despertamos con buen tiempo y con la noticia de que el barco ha salido de puerto. La alegría es palpable en esas primeras horas del día. Pero poco tarda en tornarse en amargura. El capitán del barco, dueño y señor de su embarcación, es quien tiene la última palabra a la hora de confeccionar la lista de pasajeros. Se le llena la boca diciendo que las reglas son las reglas y que los poseedores de un billete tienen la prioridad. Cosa sabida y aceptada a esas alturas por todos los allí presentes. Pero curiosamente son dos personas sin billete, un par de periodistas franceses, los primeros en subir a la embarcación. Que artimañas emplearon o si sobornaron al capitán y con cuanto dinero, son conjeturas que jamás lograremos esclarecer.

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¡Y llega el minibote!

La situación se tensa cuando el capitán da preferencia a una pareja llegada en la tarde del día de ayer, miércoles, sobre quienes llevan ocho días allí esperando. Sufriendo. Esta pareja tiene billete para el sábado siguiente, es decir, dentro de dos días. La injusticia e impotencia acaba derramando más de una lágrima entre los que parten, apenados por los que quedan. Otros mientras tanto mantienen una acalorada discusión con el capitán, tratando de hacerlo entrar en razón. Toda esta situación es muestra de la unión a la que se había llegado.

El miedo de quienes permanecemos en tierra es el de ser tan pocos los que quedamos, que el capitán podría no ver lucrativo regresar en nuestra búsqueda. Pero los carabineros nos dan esperanza comentando que, en la otra orilla del lago, en Villa O’Higgins, setenta personas esperan a cruzar en sentido contrario. Al día siguiente por suerte, una ventana de tiempo suficiente amplia como para dos viajes permite poner fin a toda aquella locura. Es curioso ver, de vuelta en el embarcadero, como todo el mundo sonríe. Unos porque al fin llegan a Candelario Mancilla, otros porque por fin consiguen escapar.

Quizá pensaréis que allí encerrado, tras cuatro días, bien tuve tiempo de poner al día mi diario personal. Supongo que ni siquiera haber pensado en ello es el mejor indicativo de que, al final, disfruté de todo aquello.

Tras conseguir pasar a Villa O’Higgins comenzaré a viajar durante más de un mes con dos de las personas que conocí en Candelario Mancilla. Alex de Chiloé y Albert de Barcelona. Y a lo largo de la carretera austral, durante sus mil doscientos cuarenta kilómetros, nos iremos encontrando con el resto, en distintas ciudades. En distintos momentos. Citándonos para celebrar aniversarios. Separándonos para volver a juntarnos una vez más. En algún otro lugar.

Puede que siempre recordemos la inscripción que alguien pintó sobre la puerta del cobertizo visible al salir: Maybe tomorrow. Quizás mañana.

 

6 comentarios en “Candelario Mancilla

  1. Guau. Vaya aventuraca. Y encima sufriendo y disfrutando a la vez, la actividad que me apasiona!
    Como siempre, una delicia leer tu entrada mensual.

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  2. Jooer, épico. Vaya penurias colega. Y si hubieras cazado un conejo a pedradas ya estarías preparado para ligar en bilbao, may be tomorrow. Un abrazooo

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  3. De todas las circunstancias límite sale algo bueno! Es muy interesante leer desde una cómoda oficina, una experiencia de supervivencia mezclada con diversión que no solo dá la posibilidad de conocer gente maravillosa sino que también disfrutar de lo más sencillo. Al Leerte dan ganas de coger la mochila y coger el primer avión, who knows Maybe tommorrow!

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