Torres del Paine

Regreso a Puerto Natales tras una caminata de siete días por Torres del Paine, con la misma sensación de quien despierta de un sueño. De haber pasado por una experiencia en la que los recuerdos se entremezclan con ensoñaciones, dando como resultado vivencias que parecen irreales. Esos recuerdos se van difuminando con el paso del tiempo, pero permanece en alguna parte la sensación y la satisfacción de haber sido partícipe de experiencias inigualables. Unas piernas sobrecargadas, unas manos repletas de llagas y unos labios resecos que delinean una sonrisa son estigmas que atestiguan que no todo es producto de la imaginación.

De los días vividos en Torres del Paine lo que más atesoro no son los paisajes visitados, que por sí solos ya hacen de este viaje una aventura digna de ser realizada. Son las experiencias que he ido acumulando, en cambio, lo de más valor para mí. No el camino sino el caminar. No el aire sino el respirar. No los colores sino su cambiante tonalidad. Disfrutas incluso de la planificación previa al inicio, mientras confeccionas una cuidadosa lista con toda la comida que necesitarás para sobrevivir a los próximos siete días. Con cuidado de no quedarte corto ni de sobrecargar la mochila que vas a llevar sobre tus hombros en todo momento. Y aunque pueda no parecerlo, ese es otro de los placeres: afrontar las molestias que su peso te aflige con la simple constatación de que todo lo que necesitas viaja contigo. Y sin dejar tras de ti huella alguna.

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Mi comida para los siete días: avena con cacao para desayunar, pasta con tomate y arroz con salami para cenar, sopas, barras de cereales, frutos secos, chocolate, etc

El primer día fue uno de los más duros. No porque el sendero fuera de los más exigentes, sino por el doloroso recuerdo de unos sándwiches y huevos duros olvidados en el frigorífico. El exiguo plan de alimentación se veía de repente mermado por la ausencia de esos alimentos destinados a las dos primeras jornadas. Mi mente no paraba de recordarme la existencia de esos bocados tan cuidadosamente preparados, aumentando así la sensación de hambre que mi cuerpo sentía. Haciendo que con cada cuesta me odiase por mi torpeza.

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De camino al mirador Base Las Torres

Según lo previsto, este primer día ascendí al mirador principal, el de Base Las Torres. A lo largo del recorrido no pude evitar pensar que de alguna manera me sentiría defraudado. Que todo el esfuerzo en ese día no se vería recompensando. Y así sucedió. Al llegar me vi comparando aquel entorno con lo que presencié en mi visita al Fitz Roy. Y sentí físicamente algo parecido a la decepción, hasta que tras comer un par de pastillas de chocolate me di cuenta de que todo ese desánimo era causado por un bajón de azúcar. Estar ante algo en parte similar al Fitz Roy es muestra suficiente de encontrarse ante un lugar de increíble belleza.

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El segundo día tocaba internarse en el sendero circular. En las Torres del Paine hay dos opciones: La primera es el circuito en W, situado en la parte sur del parque y que serpentea entre diversos campamentos pasando por los dos miradores principales. Es el más concurrido de los dos y, por consiguiente, en el que más difícil es reservar campamentos durante la temporada alta. La segunda opción y en la que yo me adentraba es el circuito en O, también conocido como el circular. Este circuito da la vuelta completa a los cerros principales, rodeando todo el parque y realizando en sus etapas finales el circuito en W, con lo que se convierte en el sendero más completo. Desde hace tiempo se viene limitando el número de senderistas por día que pueden acceder a este recorrido, lo cual le aporta una de sus mayores virtudes: se evitan las masificaciones tan habituales en el circuito en W y es posible, de ser lo que se busca, pasear en solitario por lugares de gran hermosura.

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Primer día en el circuito circular. De camino al campamento Serón
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Un lago cuyo nombre no recuerdo

Desde hace tiempo ya, el sendero circular solo se puede recorrer en sentido contrario a las agujas del reloj. Esto limita bastante las opciones al definir tu itinerario, pero da como resultado una de las experiencias más gratificantes. Si eres de los madrugadores puedes comenzar el día con las primeras luces del alba, recorrer el sendero en completo silencio, mientras la vida a tu alrededor se va desperezando. Pasear ascendiendo lentamente por colinas, mientras poco a poco los colores se desparraman a lo largo del valle según el sol asoma por encima de los lejanos cerros. Con la llegada de su calor, comienzas a escuchar el lejano sonido de desprendimientos de hielo, provenientes de glaciares que todavía no puedes ver. En tu caminar surcas prados de alta hierba, en los que un sorprendido grupo de ocas alza la cabeza por encima de los matorrales mirando en tu dirección, buscando al responsable de haber interrumpido su sueño. A tu alrededor los picos nevados se tiñen de naranja justo antes de que los lagos de aguas turquesas revivan en todo su esplendor. Y tras una jornada de varias horas de andadura, llegas a un campamento a sabiendas de a quién te vas a encontrar. Levantas tu carpa junto a la de gente que poco a poco dejan de ser desconocidos. Con la que día tras día vas compartiendo experiencias de viajes pasados, presentes y futuros. Gente con la que acabas compartiendo una misma mesa a la hora de la cena. Una pequeña familia.

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Campamento Paine Grande. Mi último día de acampada

Pero nada es eterno, salvo la brevedad de nuestras vidas. Llega el día en el que abandonas el sendero circular para internarte en el circuito en W, sintiendo que algo acaba para siempre. La gente a la que tan unido te has sentido durante días se disipa entre la multitud. Una vez llegados a este punto cada uno adoptará diferentes ritmos de viaje. Diferentes caminos. Y las caras de la gente con la que te cruces volverán a pertenecer a desconocidos.

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Típico día de caminata en el circuito W. Estar solo es prácticamente imposible

La diferencia entre los que salimos del circuito circular y los que comienzan con el circuito en W es notable. Al empezar a cruzarme con ellos, poco antes de llegar al campamento Grey, no pude evitar fijarme en lo artificial de sus límpidas ropas y lo pequeño de sus mochilas. Me pareció que muchos de ellos posaban sus miradas en mí. Entonces yo me atrevía a elucubrar que es lo que estarían pensando. Quería creer que, al contemplar mi mochila o mis ropajes, ellos no podrían sino sentir envidia de las experiencias que hacían de mi mochila algo tan pesado, de mis ropas algo tan sucio. Sin duda, con el ir y venir de los días mi ego había ido en aumento según disminuía el peso de la comida en mi mochila. En adelante, cada fortuito encuentro con alguno de mis ya viejos compañeros de viaje se convertía en un momento de muda felicidad. Las sonrisas afloraban con el despertar de los recuerdos, compartiendo más con silencios que con palabras, antes de despedirnos para siempre una vez más. Esta comunión, estos lazos de unión, esta hermandad se convierte en otra de las grandes experiencias en Torres del Paine.

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Panorámica desde el mirador Británico

Pasear antes del amanecer en completa penumbra por entre los árboles de un bosque mientras tratas de dar con las señales del camino, ascender los últimos metros de una escarpada y pedregosa colina para que de repente se abra ante tus ojos un mar de hielo como es el glaciar Grey, encontrarte con un zorro buscando comida entre las carpas del campamento, otear entre las nubes en busca del sosegado vuelo de un cóndor, calmar la sed en cualquiera de los arroyos que cruzan el sendero, pasear con la esperanza de encontrar pruebas de la presencia de algún esquivo Huemul, o incluso la de un puma,… todo eso también es parte de Torres del Paine.

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Primer contacto con el glaciar Grey
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El glaciar Grey. Conté unos 5 o 6 glaciares entre los cerros del fondo que iban a alimentar al glaciar Grey
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Parte frontal del glaciar Grey

Gran parte de la culpa de haber disfrutado tanto de mi experiencia la tiene el clima. Difícilmente podría haber tenido mayor suerte en lo que al tiempo se refiere. La mayoría de los días fueron soleados. Los dos días en los que tenía previsto visitar los miradores principales amanecieron con nubes, para después por arte de magia, una vez llegado a mi destino, despejarse permitiéndome sacar unas cuantas fotos con un cielo azul como fondo. Y los días en los que me tocaba atravesar largos tramos sin sombras, las nubes hacían su aparición en la justa medida para hacer del calor algo más llevadero. Pude hacer sin contratiempos el tramo entre el campamento Perros y el campamento Paso, el punto más complicado del circuito, con apenas algo de viento.

Con mal tiempo las Torres del Paine pueden mostrar una cara totalmente diferente. Para nada tan amable. No hablo de la impotencia, frustración y desgaste mental que supone andar durante horas, día tras día, bajo la lluvia. Para una vez en la zona de acampada, exhausto y mojado de pies a cabeza, montar la carpa una vez más, lo más rápido posible. Todavía bajo la lluvia. Para al día siguiente ponerte una vez más esa misma ropa mojada y repetirlo todo desde el principio. Pero no hablo de esto sino del peligro que puede suponer el viento, el exceso de confianza o el desconocimiento. Los senderos en Torres del Paine no son complicados y es bastante difícil perderse, pero no hace mucho que encontraron a una persona muerta en medio del glaciar Grey. La primera hipótesis indicaba que se había perdido en la oscuridad tras internarse en el glaciar con las últimas horas de la tarde, y no fue capaz de encontrar el camino de regreso. Accidente que se podría haber evitado con facilidad. Pero las últimas noticias apuntan a que la responsable fue una racha de viento que lo lanzó sobre el glaciar desde el mirador en el que se encontraba. Y hace algo más de un mes todavía continuaba la búsqueda de una chica alemana que no se sabe cómo desapareció para todavía no haber sido encontrada.

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Foto típica en Puerto Natales

Como decía al inicio del post, a mi llegada a Puerto Natales regreso al hostal Camino de Santiago con una amplia sonrisa en la cara. Cansado pero exultante. Ahora toca descansar por unos días en el lugar que para mí se ha convertido en una segunda casa. El hostal Camino de Santiago, regentado por José Mari, Paula y el pequeño Dani, es un lugar inmejorable para reponer fuerzas. Dormir en la cama más cómoda de todas las que he probado desde el comienzo de mi viaje. Disfrutar de unos deliciosos y completos desayunos con un increíble café y unos estupendos huevos revueltos. Sin duda, la mejor manera de recuperar energías. Me temo que Torres del Paine no va a ser lo único que echaré en falta una vez abandone Puerto Natales para ponerme una vez más en camino.

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Y de vuelta a Puerto Natales, recobrando proteínas perdidas con cordero magallánico y una buena cerveza Austral

9 comentarios en “Torres del Paine

  1. Como sigas comiendo tan poco vas a ser el siguiente que se lleve el viento. Ahora que no viajas con tu madre no vayas a dejar de comer bien y ponerte el chaquetón eh? Un abrazo!

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  2. Julen! Ze oroitzapenak,jeje, ni ere handik egon nintzen baino hori bai W zirkuitoa egiten, jeje, apirila zen ya eta ez zegoen hainbeste jenderik ezta.
    Ta hau irakurtzerako Puerto Natalesen ya ez zera egongo baino oraindik oroitzen dut ze ongi jan genuen arkumea Torres del Painetik bueltatzean “La picada de Carlitos” deitzen zen leku batean,jaja.
    Cerveza austral oraindik madrilen erosten dut noizean behin.

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  3. Y finalmente me puse al día. Ha sido una jornada laboral muy productiva. A seguir contando muchas historias. Te sigo desde la ofi 🙂

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