Cerro Tronador

Sin salir todavía del parque nacional Napuel Huapi, hemos decidido pasar un par de noches entre los refugios cercanos a cerro Tronador. Por fin una oportunidad perfecta para estrenar mi nueva tienda de campaña. Con ese fin nos subimos a un autobús que nos lleva desde San Carlos de Bariloche hasta Pampa Linda, lugar de inicio de todos los recorridos en esta zona. Una vez allí, solo unos cuantos kilómetros de caminata nos separan de nuestra primera meta volante: el refugio Otto Meiling.

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Vista de cerro Tronador desde Pampa Linda

La senda que recorremos no es especialmente interesante. Comienzas caminando por una pista que zigzaguea a través de un bosque, mientras se te muestran imágenes de pájaros que te puedes encontrar en la zona. Esta pista da paso luego a un estrecho y polvoriento camino con cada vez menos vegetación protegiéndote del sol. Y hacia el final, cuando toda vegetación ya ha desaparecido, solo queda una hora de aproximación entre rocas y nieve. Pero las vistas son otro cantar. Paseas en todo momento bajo la atenta mirada del glaciar Castaño Overo, percibiendo poco a poco como sus largas cascadas y su enorme muro de hielo van aumentando en tamaño. Las ocasiones para detenerte a echar un trago de agua mientras disfrutas del paisaje son numerosas. Aún así, me avergüenza decir que aquel día para nosotros el glaciar pasó desapercibido. Con sus cascadas convertidas en el llanto de un niño que llora para llamar la atención. Y el responsable de ello no fue tanto el esfuerzo de caminar con todo lo necesario para tres días sobre los hombros, esfuerzo que de vez en cuando anclaba nuestra mirada al suelo, sino la odiosa nube de tábanos que nos acompañó durante toda la ascensión.

Estas hormonadas moscas hacen gala de la mayor perseverancia de la que he sido testigo en el mundo de los insectos. Incesantes como las olas contra un acantilado. O como la escoba de la vecina de arriba a la hora de la siesta. No parecen aburrirse de revolotear en derredor ni amedrentarse por más que lanzas manotazos al aire. Mientras tu sufres bajo los rigores de la travesía hacen gala en tus narices de una capacidad de movimiento enervante, emitiendo un profundo zumbido que se adhiere a tu subsconciente como resina de pino a la ropa. Y lo peor de todo es que no puedes hacer oídos sordos. No puedes pasar de ellas porque pronto dejan claro que su propósito no es joder sino morder. Porque muerden. No pican. Y duele. Sobre todo en el orgullo.

Por lo tanto, nos pasamos la mayor parte del recorrido con la mirada clavada en el suelo, con los bastones en una mano ascendiendo lentamente con cuidado de no resbalar y una rama de arbusto en la otra haciendo las veces de cola de caballo. Mientras el viento se lleva consigo una retahíla de improperios de inusitada imaginativa. Estoy seguro que aquel día Goenka miraba para otro lado.

Estas moscas son enormes y no temen a la muerte. Ya puedes lanzarlas de un manotazo al suelo que, como tardes mucho en rematarlas, en cuestión de segundos las tendrás de nuevo tras tu estela. Revolotean a tu alrededor metiéndose en orejas y fosas nasales. Cuando te das cuenta de que te están ganando la batalla psicológica tratas de pasar de ellas, hasta que un nuevo mordisco te insta a no bajar de nuevo la guardia. Si no son muchas puedes caminar, atento de que no se posen en las partes del cuerpo que lleves al descubierto. Tarea difícil y no carente de sorpresas. Pero cuando tu cabeza parece la M-30 en hora punta es imposible mirar hacia otro lado. Y así es como me doy cuenta de que llevo casi medio post hablando sobre jodidas moscas.

No se nos hizo corto aquel día. Pero como una ducha fresca tras un día de tórrido sol, las vistas desde el refugio fueron un bálsamo para nuestras mentes. Enclavado entre los glaciares Castaño Overo y Alerce, con el enorme macizo de cerro Tronador en medio mirando desde tierras chilenas. Tras asentar la tienda de campaña pudimos disfrutar de un espectacular atardecer.

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Atardece sobre el campamento

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Vista del glaciar alerce con el refugio Otto Meiling a la derecha de la imagen
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Cerro Tronador
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Mi nueva casa

Al día siguiente nos espera una grata sorpresa. No hay mejor manera de despertar que bajo el vuelo de un cóndor. Al salir de la tienda descubro como, según comentan un cóndor hembra, planea sobre el campamento desplazándose una y otra vez entre dos corrientes de aire.

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¿Será un condor?

Yendo y viniendo, sin parar, sin esfuerzo, sin necesidad de mover sus alas. Solo con un ligero movimiento de sus plumas laterales. Enseguida nos reunimos un pequeño grupo, cámara en mano, sobre un saliente de piedra que queda bajo su trayectoria. A veces nos pasa a menos de tres metros de distancia, girando la cabeza para mirarnos, pero sin darnos mayor importancia. Como si mirase a través de nosotros. O como no queriendo que se le note que la fama es su perdición, que tanta cámara apuntándole se le ha subido a la cabeza.

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El supuesto condor pasando a un par de metros sobre mi cabeza. Lo mejor que he podido conseguir con las herramientas que me ha dado china.

Para ir del refugio Otto Meiling al refugio Agustino Rocca existe la posibilidad de hacerlo cruzando el glaciar Alerce en un recorrido de unas cinco horas, en compañía de un guía experimentado. Nosotros optamos por la otra opción, más larga, más barata y menos entretenida, de desandar lo de ayer y retomar el camino en el cruce con la senda que sube hacia el refugio Agustino Rocca. Pero antes nos detenemos en el mirador del glaciar Castaño Overo a recuperar algo del tiempo que ayer perdimos.

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En lo alto del acantilado, el glaciar Castaño Overo

Además, hoy me siento más en consonancia con la naturaleza. Trato de mirar la vida desde la perspectiva de los tábanos. Comprendo por fin que lo que hacen es parte inherente de su ser. Y aunque hoy, de nuevo, mato cuatro o cinco, ya no lo hago con odio sino con indiferencia, con ecuanimidad. Ellos hacen su trabajo y yo el mío. Y todos somos más felices. Todos descansamos en paz.

El día se hace largo. Recorremos unos diecinueve kilómetros con bastante desnivel. La segunda parte del trayecto, una vez ya en la senda que va al segundo refugio, es más bonita. Transcurre en gran parte paralela a un río de aguas tan claras como frías. En un momento determinado nos paramos un segundo a descansar a la vera del arroyo. Error de novato. A los veinte segundos estamos poniéndonos de nuevo la ropa a toda prisa y empacando nuestras pertenencias para retomar la marcha bajo un ensordecedor zumbido. Menuda emboscada.

Las vistas, aunque bonitas, no lo son tanto desde este refugio. Pero el refugio es mucho más grande y está mucho mejor preparado. Y aunque la tienda queda más resguardada del viento que la noche anterior, paso un frío de cojones. Me despierto unas cuantas veces a causa del frío. Cuando por la mañana le pregunto al encargado del refugio si sabe la temperatura que pudiera haber hecho durante la noche y me contesta que unos ocho grados, espero que se equivocara por unos quince. Porque si no, en Nepal me voy a reír un rato.

Sección con dedicatoria especial

Querida Susana y querido Jose Miguel:

Aquella mañana tras el encontronazo con el cóndor, o lo que espero y deseo fuera un cóndor, tuvimos otros hermosos momentos en los que pudimos disfrutar de la fauna alada. Durante esos momentos comprendí por un instante que es lo que os atrae cuando salís de casa, cámara en mano, para tratar de plasmarlos en una foto. Como ese instante en el que apretáis el botón es un instante que solo compartís con el animal. Y como lo que tratáis de capturar es la esencia de un momento tan personal en la vida de ese ser plumífero.

Uno de esos momentos fue cuando nos encontramos con esta especie de aguilucho en medio del camino que, tras notar nuestra presencia, dió unos cuantos saltitos antes de alzar nuevamente el vuelo.

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En la rama a la derecha del camino se puede observar un pájaro (quizá sea un carancho)

Y otro sucedió tras escuchar el sonido de un rítmico y profundo golpeteo doble atravesando el bosque, repetido varias veces y separado por amplios silencios. Sin duda tenía que tratarse del carpintero gigante cuyo cartel habíamos visto anteriormente.

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Cartél ilustrativo con imagen del carpintero gigante

Nuestras sospechas se confirmaron cuando apareció por entre las copas de los árboles, con su roja cabeza y plumas blancas y negras.

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Carpintero gigante en los bosques de El Chaltén (obtenida unos cuantos días después de nuestra visita a cerro Tronador)

Me arrepentí de no tener una cámara decente con la que poder fotografiarlos. Me temo que os tendréis que contentar con la ponzoña que sale de mi humilde móvil.

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Carpintero pitío sobre un árbol caído

5 comentarios en “Cerro Tronador

  1. Gracias Julen por la sección pajaricola!!! Como sea un cóndor te odio y envidio para toda la vida!!! Me alegro que hayas sentido esa magia al observar aves.. Aunque tengo una relativa mala noticia: es adictivo.

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  2. Kaixo figura, me he reído con tu mosca manía y me ha admirado tu capacidad de matarlas tras ponerte en su perspectiva, aterrador. Me ha recordado al capítulo de breaking bad… Un abrazo muy fuerte amigo

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  3. Qué lugar mágico el Cerro Tronador. Que vistas desde el Refugio Otto Meiling. Aunque tanto tus hermosas fotos, como las que yo tomé hace años atrás, no hacen justicia a lo que pueden ver los ojos. Te felicito viejo!!!

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