Cabo Polonio

Subimos a un autobús dirección Cabo Polonio pensando que nos dejará en un pequeño pueblo costero, pero al bajar nos encontramos ante la entrada a un parque natural. Es cierto que hoy no me traigo preparado el temario. Mendigando consejo en el punto de información nos dan dos opciones para acercarnos hasta el poblado: en camión previo pago del correspondiente boleto o a pata. Le pregunto cuanto se tardaría en llegar andando y me responde que media hora, por lo que la elección es clara: sin colas, a coste cero y además es saludable. Sopesándolo en frio, no tenía mucho sentido todo aquel tinglado para media hora a pie, a no ser que de China estuviéramos tratando.

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Hacemos noche en La Pedrera, a una hora de Cabo Polonio. Esta es su calle principal, en hora de descanso. Chiringuitos esperando a que la fiesta comience de nuevo!

Rebasamos la larga cola de espera y nos adentramos en el parking en el que un camión de grandes ruedas aguarda a ser cargado de pasajeros. Enseguida percibimos que algo no cuadra cuando vemos que somos los únicos que se han planteado no subir al camión. Avanzamos por la pista de tierra en la que circulan los camiones con cuidado de situarnos en el lateral a favor del viento para no tragarnos todo el polvo que levantan al pasar. Tras la media hora que nos había comentado la recepcionista llegamos al final de la pista para encontrarnos con un letrero: seis kilómetros a Barra de Valizas, siete kilómetros a Cabo Polonio. En ese punto exacto la pista se convierte en un par de estrechas sendas de arena de playa. Siete kilómetros de arena de playa. Vaya.

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Comienzo de las sendas de arena. Esta parte es la sencilla.

Mezclando diferentes proporciones de cabezonería e ignorancia decidimos continuar. Tres sendas siguen en la misma dirección bifurcándose cada cierto tiempo. Con toda esta arena las grandes ruedas de los camiones cobran sentido. De vez en cuando pasan a nuestro lado dejándonos solos en nuestro caminar, acompañados únicamente por el eco de sus risas y chillidos, más propios de una atracción de feria que de un vehículo de transporte un tanto rudimentario. Se nos hace difícil andar por las sendas de arena por lo que siempre que es posible avanzamos por las orillas, en donde un poco de vegetación hace más fácil que las suelas se agarren. El paisaje tampoco acompaña mucho. Pinos, arbustos, maleza, arena y más arena. Todo muy seco. No comenzamos a disfrutarlo hasta casi llegar a la costa. La vegetación desaparece en su totalidad salvo por un manto de hierbas secas que a modo de corsé trata de sostener a unas cuantas adormiladas dunas. Las vistas han cambiado radicalmente. Tras las dunas nos encontramos con una larga playa que se extiende hasta lo que parece ser Cabo Polonio, lugar en el que los camiones se detienen.

 

Uno tras otro no paran de salir de la arboleda, algo más adelante del lugar del que nosotros hemos salido, para recorrer la playa hasta llegar a su destino. Y uno tras otro emprenden el camino de regreso, medio vacíos o con unos pocos pasajeros. Como supondréis no son eléctricos. La humareda que dejan en cada trayecto es considerable. Trump estaría feliz.

Cierto es que no podemos decir que hayamos disfrutado mucho del paseo inicial. Poco vistoso e incomodo para andar. Pero una vez en la costa la cosa es totalmente diferente. Y además, cuando la incertidumbre de no saber en dónde te metes da lugar a la constatación de haber llegado a tu destino, la satisfacción que se siente en cierta medida es mayor.

Cabo Polonio es un promontorio costero, una colina que se adentra en el océano rodeada de grandes piedras arreboladas y redondeadas por el aire y la mar. Dos larguísimas playas la flanquean y un faro del siglo XIX visible desde la lejanía se yergue en su punto más alto. De lejos compone una hermosa estampa. Una pequeña colina con casas de piedra esparcidas por todos los lados, sin orden suficiente como para que existan calles a las que dar nombre.

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Conjunto de casas blancas con el faro de fondo

Aunque se encuentra en el centro de un parque natural con su mismo nombre existe la posibilidad de pernoctar en alguno de sus numerosos alojamientos, o de comer algo en sus bares y restaurantes. Aun así, es un lugar que se diría tranquilo, sobre todo en comparación con La Pedrera o Punta del diablo. Un enclave precioso que hace que el trayecto merezca la pena.

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Entre las piedras que rodean este cabo y sumergiéndose en sus aguas inmediatas nos encontramos con una inmensa colonia de lobos de mar. Cientos de ellos. Tomando el sol. Refrescándose con esporádicos chapuzones. Gritándose de todo a la cara. Una placa indica que durante ciertos meses pueden avistarse ballenas francas australes e incluso orcas. No es el caso.

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Montones de Lobos marinos

Tras comer algo y descansar un rato bajo la sombra proyectada por una de las casas proseguimos nuestro camino hacia Barra de Valizas, nuestro destino final. Una playa tres o cuatro veces más larga que la primera nos separa del punto de costa más cercano a Isla seca, un islote de piedras situado a medio camino. Y en mitad de dicha playa se encuentran las dunas móviles. Un grupo de dunas gigantescas en el que nos internamos hasta tener la sensación de que, miremos en la dirección que miremos, todo a nuestro alrededor es arena. Como estar en el medio de un desierto.

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Ascendiendo por una inmensa duna
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Fondo de Windows

Un fuerte viento nos ha acompañado a lo largo de todo el día, así como durante todos los días desde nuestra llegada a la costa Uruguaya. No se si es la tónica general aquí. Nosotros lo agradecemos ya que ayuda a mitigar la sensación de calor en las largas horas de paseo bajo el sol. Pero si tu propósito es disfrutar de un baño en el mar estoy seguro de que no siempre será bienvenido. Hacia el final de nuestro periplo nosotros también comenzamos a aborrecer esa brisa, convertida en un viento que nos lanza la arena cubriéndonos de pies a cabeza y haciendo imposible hablar sin que se te llene la boca de la misma. Por lo que, nada más llegar a la playa de Barra de Valizas lo primero que hacemos es darnos el primer chapuzón del día. Y como nuevos!

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La barca sobre la que hicimos el último tramo

Solo permanecemos en Barra de Valizas durante la hora que nos separa de nuestro próximo autobús. Parece un lugar con tan poca sombra que hasta los albergues lo publicitan como reclamo para sus clientes. Compramos un par de latas de cerveza para quitarnos el reseco de todo el día y las disfrutamos a la sombra de la única casa que parece tenerla y cederla de forma desinteresada. El broche perfecto para dar por concluida la jornada de hoy.

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Barra de Valizas

 

6 comentarios en “Cabo Polonio

  1. Mencionando a Trump para atraer visitas?? Kontuz ta krema eman ze hainbeste orduz eguzkitan ez da oso ona izango.. batez ere hemen neguan gaudenontzat.
    Leku polita, jarraitu hola ta enbidia ematen!!

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  2. Andando 7km por arena de playa! Más te vale haber ido con la ama… Llegas a ir conmigo y los últimos kilómetros me llevas a “burriquito”!

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  3. Determinación y curiosidad me parece que eran los ingredientes sin connotación negativa. La senda del ciego, no hay camino, se hace camino al palpar

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  4. Con el fondo de pantalla de windows te ha salido la vena informático que no puedes dejar atrás por mucho que viajes. Te preguntarás por que contesto ahora, pero me estoy poniendo al día 😉

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