El último viaje

Antes de llegar a Shanghai, la última ciudad china que pisaré en este viaje y puede que en lo que me queda de vida, tengo una penúltima visita que hacer. Para ello me debo desplazar unos dos mil kilómetros en dirección este. Veinticuatro horas metido en un tren. Es la forma más barata y cómoda que he encontrado de llegar a mi destino. Eso sí, esta vez en lugar de ir sentado en un asiento de madera he conseguido una cama dura, que aunque son bastante menos cómodas de lo que pueda sonar, por lo menos me permite ir tumbado y echar alguna cabezadita de vez en cuando. Por supuesto, el viaje no puede transcurrir exento de incidentes. Al llegar a Changsha tengo que hacer transbordo a otro tren antes de los quinientos kilómetros que me separan de la meta. Lo peor es que este segundo tren sale de una estación diferente. Tengo menos de una hora para atravesar esta enorme mole de cemento de lado a lado.

Llego a la estación sur de Changsha a las ocho de la tarde. Me encamino a paso ligero hacia la parada de taxis. Por suerte no tardo mucho en dar con ella, aunque por desgracia al llegar me encuentro frente a una enorme cola de espera. Mínimo media hora hasta que me llegue el turno. Dudo entre largarme y probar suerte con la búsqueda de un taxi en alguna carretera adyacente, o en quedarme y esperar con los dedos cruzados. Mi experiencia previa con los taxistas no es muy halagüeña, así que decido no arriesgarme y quedarme en donde estoy.

Pasan veinticinco minutos; por fin llega mi turno. La cola ha ido bastante fluida por suerte, aunque ya doy por imposible llegar a la estación a tiempo de subirme al tren. Aun así no tengo nada mejor que hacer que intentarlo. Solo he reservado tres días para esta visita. Perder el tren significaría reducir ese tiempo a la mitad.

Veinticuatro minutos. Lanzo la mochila a la parte trasera del primer taxi libre que me encuentro y saltando sobre ella alargo un papel con el nombre de la estación al conductor. Sin necesidad de decir nada, tal vez viendo la situación reflejada en la expresión de mi rostro o percibiendo las prisas en el timbre de mi voz, pisa el acelerador y sale a la carrera, dejándome asombrado. Incluso puede que solo quiera volver cuanto antes a por el siguiente cliente, antes de que el flujo de turistas se disipe. Pero gracias a él noto como revive una pequeña llama de esperanza.

Nueve minutos. Le pago y le hago un gesto para que se quede con las vueltas, lo cual me agradece profusamente. Recojo mis mochilas y salgo corriendo todo lo rápido que me lo permite el peso y las crocs. He elegido un mal día para ponérmelas.

Siete minutos. Paso por delante de la entrada a la estación. Dos largas colas me aguardan. Pero primero tengo que ir a la taquilla a recoger mi billete. Si ya de normal la gente me observa, verme correr con dos mochilas y una bolsa de plástico repleta de comida, medio arrastrando los pies para no perder las zapatillas, no hace sino aumentar su genuina curiosidad.

Seis minutos. Llego a las taquillas y me pongo en la que parece tener menos gente a la espera. Raramente suelo elegir la más rápida.

Cuatro minutos. Llega mi turno. Tengo la tablet preparada para enseñarle el número de referencia del billete. La mujer coge la tablet pero enseguida queda patente que no tiene ni idea de lo que debe hacer. Es evidente que lleva poco tiempo trabajando ahí. Se acerca  a una compañera y le muestra la tablet. Tras intercambiar unas cuantas palabras vuelve e intenta meter el código en el ordenador. Pero parece que no funciona. Por suerte es joven y agradable. Me mira como pidiendo disculpas y yo, tratando de poner mi mejor cara, o la mejor que me puedo permitir con la incipiente barba que gasto, me doy un par de toques con el dedo índice en la muñeca.

Dos minutos. La chica mira la tablet y por cómo se le abren los ojos parece que se ha fijado en la hora de salida del tren. Se va corriendo de nuevo a por su compañera. Tras decirle algo, la compañera se acerca hasta su ordenador y le da un par de indicaciones. La chica hace tal y como le ha explicado y por fin veo como un billete sale de la impresora. Me lo da junto a la tablet. Le doy las gracias, sonrío y salgo pitando. Tanto correr para acabar perdiendo el tren. Odio las jodidas crocs.

Un minuto. No puedo pararme a hacer cola. Me voy hasta el principio y le muestro a un hombre mi billete, señalándole la hora. Este sonríe y nadie me dice nada cuando me pongo delante de ellos. Dos enormes detectores de metales aguardan. Espero impacientemente mi turno.

Cero segundos. Sabía que iba a ser correr para nada. Llega mi turno para pasar los detectores. Dejo las mochilas en la cinta y me meto en la estación. Las de seguridad no me miran con muy buena cara, pero no dicen nada. Recojo todas mis pertenencias y salgo  una vez más disparado. Voy buscando con la mirada el número del andén. Lo encuentro a algo menos de cien metros. Hay bastante gente haciendo fila. Espero que sea para el mismo tren.

Menos dos minutos. Le doy mi billete a la persona que me separa del andén. Me lo devuelve sin decir nada, así que me lo empiezo a creer. Suelto muy despacio el aire contenido. Al final va a resultar que he tenido suerte. Todos los tontos la tienen de vez en cuando. Subo al tren bañado en sudor. Tiro todas mis cosas sobre la cama y me abrazo a las escaleras del lateral de las literas. Me da igual que no sea este tren. ¡De aquí ya no me bajan!

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