Bamboo sea

Ya he hablado anteriormente acerca del problema que tienen en China con el espacio personal de cada uno. Ayer para cuando conseguí meterme en la cama todas mis reservas de energía estaban agotadas tras un intenso día. Y este nuevo día se presenta igual de exigente e incierto. Me encuentro en mitad de la estación de autobuses de Yibin, sin tener ni idea de que hacer. Manlio me espera en algún lugar del mar de bambú, pero poca información tengo acerca de ese océano vegetal aparte de que se trata de eso, de un enorme bosque de bambú. Algún lugar en dirección sur desde Yibin, eso es lo único que se seguro. Analizo los diferentes documentos que tengo guardados en la tablet tratando de descifrar el enigma, pero me resulta difícil ya que me lanzan datos contradictorios. Unos documentos lo sitúan a kilómetros de donde otros lo hacen. Problemas del directo que surgen cuando no te preparas bien el itinerario.

De repente noto una presencia. Me doy cuenta de que no estoy solo. Muy al contrario, un chaval, un chino bastante joven, observa detenidamente la tablet que tengo en las manos por encima de mi hombro con cara de llevar haciéndolo durante un largo periodo de tiempo. Irascible por el cansancio acumulado y por no estar seguro del paso a tomar a continuación, me giro y le doy la espalda. Pero ahí sigue, sin inmutarse. Como sin querer darse por enterado. Me rodea y señala un punto exacto de la tablet, tratando de hacerme entender una pregunta: ¿A dónde vas? Superada mi acritud inicial le señalo en el mapa que tengo abierto una localización escrita tanto en chino como en inglés. Sin decir nada, se marcha a la carrera dejándome solo en mitad de la concurrida estación. Lo veo ir a toda leche de mostrador en mostrador y desde allí al punto de información de la estación. Lanzándome de vez en cuando miradas para comprobar que no me he marchado. Lo que no hago al permanecer incrédulo ante lo que observo. Tras cinco minutos de un lado para otro regresa de nuevo. Estoy en la estación equivocada. Tengo que irme a la estadión del norte de Yibin, para lo cual puedo coger el autobús urbano número cuatro que para cerca de la entrada a la estación y bajarme en la sexta parada. Una pena la rapidez que nos solemos dar para prejuzgar. La de cosas y gente que dejamos de conocer por ello.

No tengo problemas para llegar a la estación del norte y subirme en el autobús que me acerca a la meta. Aunque no es el último autobús que cojo sino el primero de los tres que todavía me quedan. Con ayuda de Manlio que aguarda pacientemente, y moviéndome de hotel en hotel intentando buscar una red wifi abierta a la que conectarme para hablar con él, consigo llegar bien entrada la tarde. Aunque estoy cansado de deambular sin rumbo claro, lo peor de todo ha sido que desde primera hora del día una aguda alergia se ha adueñado de mi cuerpo. Por todos lados tengo enormes manchas rojas que me hacen sentir un picor que nunca antes había padecido. Ante su disposición para ayudar le muestro uno de mis brazos a Manlio, quien trabaja como doctor en Florencia. Me dice que muy posiblemente se trate de una alergia alimenticia, aunque no se puede descartar que sean causados por un hongo. No puedo sino acordarme de la señora que me sirvió ayer por la mañana aquel infumable desayuno. Aunque en cualquier lugar he podido comer algo en mal estado. Seis meses comiendo en todo tipo de antros y tiene que sucederme algo así en china. Me río yo de las incontables veces que he comentado que el picor es algo mental.

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La zona en la que estamos resulta ser la menos turística de aquel enorme océano de bambú.  Esto se debe a que no es ni la mitad de bonita de lo que lo es la más concurrida. Pero al ser un lugar con mucha menor presencia de turistas hace que la gente que vive allí sea muchísimo más auténtica y amable. No han sido alienados por un turismo masificado de gente sin respeto alguno. Allí donde vamos con la intención de bebernos unas cervezas o de cenar la gente nos recibe con los brazos abiertos y una sonrisa en la cara. Se ríen con nosotros o de nosotros sin malicia alguna. Mientras cenamos una cuadrilla de unos seis o siete niños y niñas nos rodean, mirándonos detenidamente como quien mira en el zoo agarrado a la barandilla del recinto de un animal exótico. Se ríen casi a cada palabra nuestra y tratan de ayudarnos a traducir el menú, que solo está en chino. Traté de retratar aquel momento en una fotografía, pero me temo que el resultado no es tan bueno como el que hubiera deseado.

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A la mañana siguiente nos ponemos en marcha y con la mochila a cuestas nos perdemos entre las verdes y altas cañas. Atravesar aquel bosque de escarpadas cuestas con la mochila a la espalda se convierte enseguida en un trabajo agotador. Vemos algún lugar interesante como una larga cascada o un enorme lago en el que inexpertos remeros sobre barcas de bambú tratan de avanzar con menos resultado que estilo, que ya es decir.

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Llega la hora de partir. Cogemos un autobús hacia Chengdu. Nos lleva atravesando hectáreas y más hectáreas de aquel bosque. Pasamos por una zona mucho más hermosa de la que hemos conocido, despejada de maleza y completamente llana, en la que las cañas de bambú parecen surgir de la tierra en simetría perfecta. Pero todo está tan atestado de gente y de coches que incluso le cuesta avanzar al autobús en el que vamos. Me hubiera gustado perderme en alguna parte de aquella zona, pero no me arrepiento de haber pasado la noche en donde lo hicimos.

Llegamos a Chengdú de noche. Manlio se ha decidido finalmente a acompañarme por unos días más. Nuestro siguiente destino es Jiuzhaigou, un parque nacional del que me han hablado maravillas y que me han recomendado encarecidamente. Manlio también lo conocía, aunque no tenía intención de visitarlo ya que sin lugar a dudas estará atestado de gente. Invadido por la marabunta. Una marabunta a la que poco a poco me voy acostumbrando. Lo mejor es no darle más vueltas y seguir disfrutando.

2 comentarios en “Bamboo sea

    1. Más que merecida la tenía el txabal!
      La alergia al quinto día comenzó a remitir poco a poco. Al final fueron dos o tres días bastante malos, pero estando la fecha de regreso próxima y siendo la única alternativa ir a un doctor chino, con todo lo que ello conlleva, decidí que esperar en la medida de lo posible no era tan mala opción.

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