Zigong

Tras la madrugadora visita al Zoo de los pandas me desplazo hasta Baguo, ciudad situada a los pies del monte Emei, también conocido como Emeishan. Es una de las cuatro montañas budistas sagradas de china. A mi llegada no tengo muy claro lo que hacer. Se poco más aparte de que la gente hace noche en alguno de los templos situados a lo largo del recorrido para madrugar y ver al día siguiente amanecer desde la cima. Un lugar, según comentan, con unas vistas privilegiadas. Como no tengo mucho tiempo, al final decido ir con calma y dormir en Baguo. Comenzaré a subir por la mañana. Además el cielo los últimos días ha estado nublado, así que mal dormir en un templo para después pegarme el madrugón padre y encontrarme con un cielo alicatado de nubes no es una idea que me resulte demasiado tentadora.

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Me despierto a las cinco y media de la mañana. El monte está sitiado, como pasa con cualquier lugar con un mínimo de valor turístico, así que tengo que comprar entrada. Para mi sorpresa me encuentro con interminables colas. Yo pensaba que a los chinos no les gustaba mucho tener que madrugar. Me junto con una pareja de madrileños que conocí la noche anterior en el hotel. Comienzo a ascender por las empinadas laderas con ellos y por el camino se nos acaban uniendo otros dos chinos. Gracias a los buenos momentos que pasamos los cinco juntos conseguimos transformar aquel día de tediosa caminata en una curiosa y agradable excursión. No es poca cosa porque no conozco forma más aburrida de subir un monte que hacerlo por unas escaleras. En total fueron ocho interminables horas de una sucesión de peldaños demasiado pequeños para subirlos de uno en uno y muy grandes como para hacerlo de dos en dos. Un suplicio se mire por donde se mire. Aunque por supuesto que amontonar tal cantidad de escaleras tiene su mérito.

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El camino está plagado de monos que observan nuestras mochilas con miradas de deseo. Se comportan de forma atrevida y temeraria, dejando claro quienes se consideran los dueños de aquel sagrado lugar. Persiguen a todo el mundo desplazándose por las barandillas y mostrando sus grandes colmillos en malvadas sonrisas. Cuando estamos rodeados por tres de ellos, el más grande y de peor aspecto ataca a la pobre china que nos acompaña en último lugar. No consigue arrebatarle el trofeo, pero le deja con el colmillo a la chica un bonito recuerdo a modo de agujero en la falda. A partir de ese instante avanzamos con más cuidado y con los palos por delante. Seguramente no serían tan peligrosos si la gente no se dedicara a alimentarlos mientras los graban con cámaras. Alguna vez ya he visto alguna de estas cámaras entre las copas de los árboles, en las juguetonas manos de un mono. Conseguimos llegar al templo dorado que aguarda sobre la montaña. Y aunque durante todo el trayecto hemos tratado de hacernos a la idea, comprobar que nuestros temores se hacen realidad no deja de ser decepcionante. Entre las nubes apenas se abren claros por los que ver lo que más allá queda oculto.

Al día siguiente me despido de la pareja de madrileños y subo a un tren que me lleva a Leshan, la ciudad del gran buda gigante. He quedado con Manlio en que pasaremos la noche en la ciudad de Ziggong. Pero antes quiero hacerle una visita, por recomendación de Ander, al buda de piedra más grande del mundo. De primeras pensaba que sería un día de lo más rutinario, pero al final se convierte en una sucesión de despropósitos que acaban dejándome molido.

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Todo comienza con un desayuno sabor a fuego que posiblemente es lo que me provoca una alergia alimenticia que me hostigará durante los siguientes ocho días. Tras una inconclusa discusión sin mucho sentido en la que ninguno de los dos contendientes entiende nada de lo que el contrario dice, en relación con el elevado precio de lo que uno de los contendientes da por hecho es comida, me desplazo hasta el lugar en el que descansa el gran buda de piedra. Tras pagar religiosamente la costosa entrada al recinto, me acerco al buda y me encuentro con que para acceder a las escaleras que descienden junto al buda por la larga pared de piedra, hay que hacer unas tres horas de cola. Con lo que me ha costado la entrada no me planteo darme la vuelta. Así que hago de tripas corazón y trato de rellenar los huecos de tan larga espera con todos los medios a mi alcance. Saco la tablet y me pongo a escribir el siguiente post, y accedo a sacarme fotos con los que me lo piden, gustoso de poder romper la monotonía de alguna manera.

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Junto a una de las barandillas que dan al gran buda sucede algo curioso. Unas cuatro personas están subidas en banquetas, quietas como estatuas, mientras que cada pocos segundos una mujer con gorro de ala ancha se acerca a colocarles los brazos y manos en posiciones estudiadas. Un fotógrafo profesional saca fotos a unos tres metros de distancia cada vez que la mujer se aleja. En estas fotos luego se verán sujetando la enorme cabeza de piedra o metiéndoles alguna falange por la nariz. Foto que a juzgar por la gente que aguarda su turno tendrán ya miles de personas. Pero es hipnótico ver los rápidos y fluidos movimientos de estas mujeres con gorro que colocan los brazos y piernas del fotografiado en el ángulo exacto. La primera vez que veo algo semejante. Marionetas de carne y hueso.

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Cuando ya ha comenzado a oscurecer llego a Zigong, tal y como había quedado con Manlio. Me conecto a la red wifi de la estación de autobuses y me llegan unos cuantos mensajes suyos. Dice que le es imposible llegar hoy. Así que me encuentro en una ciudad desconocida, en la que tengo la impresión de ser el primer occidental que la pisa en mucho tiempo, sin ninguna reserva para pasar la noche ya que según Manlio no costaría mucho encontrar algún lugar en el que dormir. Salgo a la calle en medio de una intensa lluvia sin tener ni idea de hacia dónde dirigirme. En Panzhihua pude sentir la reticencia de muchos hoteles a albergar extranjeros, pero es a mi llegada a Zigong cuando me doy cuenta de los niveles que alcanza esta negativa. Un autobús me deja en lo que supongo es el centro. Comienzo a meterme en todos los locales con pinta de hotel, no sin fallar unas cuantas ocasiones. Pero intento tras otro, me veo en la calle con una negativa por respuesta. Una recepcionista ha tenido que hacer un esfuerzo monumental para apartar la vista durante cinco segundos de la telenovela y mirarme fijamente, pero sin mostrar la más mínima intención de ir a dirigirme alguna palabra, volverse a girar y seguir a lo suyo. Como quien escucha un ruido y supone habrá sido el viento. Me miró como quien mira a un armario ropero.

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Al quinto intento, tras media hora de conversación por gestos y tras repetir mil veces las únicas dos palabras chinas que he conseguido pronunciar decentemente (“no entiendo”), provocando así las risas de los presentes, consigo una habitación por un precio más elevado de lo acostumbrado. Lo cual acepto sin poder poner mucha objeción. No sé a qué se debe esta negativa a alojar occidentales. Es probable que sea debido a carecer de permisos para hacerlo. Sin un permiso especial, solo podrían hospedar a gente con documentación china. Y visto la cantidad de turistas chinos que hay por todas partes, tienen clientes más que de sobra. El hecho de que Zigong no sea un destino turístico usual hizo particularmente difícil encontrar un lugar donde dormir aquella noche.

Aún con todas las penas y sufrimientos del día anterior, me alegro de haber topado con aquella ciudad. Una ciudad real, sin turistas de ningún tipo, salvo un servidor. A primera hora de la mañana me voy de paseo para conocer su lado más amable. Me interno en un mercadillo en el que la gente local compra hortalizas, legumbres y pescado. Veo puestos que venden pequeños árboles, hermosas vasijas, pájaros de todos los colores, antigüedades, etc. Rodeo un lago junto al que la gente se dedica a bailar en parejas o a moverse con los fluidos movimientos del taichí. Y aun así, yo soy el extraño al que todos miran al pasar. El único que no pega en aquel lugar. De repente me encuentro a la entrada de un antiquísimo parque de atracciones. Tan viejo que parece ser el lugar más viejo de aquella ciudad, el corazón alrededor del que se engendró. Un corazón que ya ha vivido sus mejores días. Apenas me encuentro con gente, exceptuando a los que esperan pacientemente la llegada de niños a que tentar. Veo a unos cuantos alimentando enormes peces con biberones. Cada vez que un niño llega con un biberón repleto de comida los peces, en su frenesí por ser los primeros, salpican de arriba abajo a todo aquel demasiado cerca. El resto de atracciones que veo no son muy diferentes a las que ya conocemos. Aunque es curioso que todas ellas, incluso los caballos del tío vivo, poseen pistolas de plástico.

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A media mañana me encuentro de nuevo en la estación. Manlio me espera en el mar de bambú. Es hora de ponerse de nuevo en marcha.

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