Chengdu

Llego a Chengdu a las cuatro de la mañana, sin apenas haber dormido. Me ha resultado imposible dormir en los duros asientos del tren. Un taxi me deja en la puerta del hostel en el que voy a pasar lo que me queda de noche. Despierto al de la recepción para que me registre y sin estar seguro de ser capaz de llegar sin derrumbarme del cansancio por el camino me voy directamente a la cama. Al despertar decido tomarme el día con calma. Empiezo por todo lo alto con un desayuno occidental. Los dos últimos días me he alimentado básicamente de bollitos de chocolate y sopas de noodles. Añadiendo a mi precario historial alimenticio el aspecto que me aporta mi barba incipiente, creo que cada vez tengo más pinta de zombie. Aprovecho a descansar en la mayoría de lo posible y a planificar el itinerario para los diez siguientes días. Tras una pequeña vuelta por los alrededores del hostel regreso con la intención de actualizar mi diario, pero al poco de comenzar aparece Cheng. Se trata de un chino muy curioso, que al igual que yo se encuentra de turismo por Sichuan. Se me queja de lo poco accesibles que somos los occidentales. Me ofrece una cerveza que trato de declinar lo más educadamente posible, pero sin hacerme mucho caso al minuto aparece con dos botellas de medio litro en la mano, comentando en cambio lo mucho que a ellos les gusta hablar con nosotros. Sonriente y de trato cercano, con su escaso inglés conseguimos mantener una agradable y distendía conversación.

Entre cerveza y cerveza me narra su viaje. Me habla de un lugar mágico al noreste de Sichuan, la provincia en la que nos encontramos. Larung Gar. Poblado de chabolas en el que conviven unos 50.000 monjes dedicados enteramente al culto religioso y al aprendizaje del mismo. Me habla sobre el “entierro celestial”, practica funeraria que pudo presenciar en riguroso directo. Os la narraría, pero personalmente creo que es un tanto dura, no apta para todo tipo de estómagos (los curiosos pueden encontrar una detallada descripción aquí). Los budistas, fieles creyentes de la reencarnación humana, consideran el cuerpo un mero recipiente sin valor una vez que el alma lo abandona. Con este tipo de prácticas lo que tratan es de devolver nuestro cuerpo material a la naturaleza, dejándolo a merced de los elementos.

Cuando ya vamos por la tercera cerveza llega Manlio, un italiano con el que Cheng a coincidido en Larung Gar. Doctor italiano venido a China con la intención de estudiar la medicina tradicional china y el Chi Kung, considera que la medicina moderna ha llegado a un punto y final en lo que a dolores crónicos se refiere. Pretende investigar los ancestrales conocimientos de los chinos con la intención de agregar este conocimiento a su práctica diaria de la medicina. Puedes estar de acuerdo o no con sus ideas, pero conversar con el resulta de lo más interesante. Acabo haciendo muy buenas migas con él, e incluso nos planteamos la posibilidad de viajar juntos durante unos días. A la mañana siguiente tengo que madrugar para ir al famoso Zoo de los pandas de Chengdu, por lo que tras la sexta cerveza me despido agradecido de que Cheng esa tarde se haya decidido por acabar con mis planes de autoaislamiento y relajación.

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Entro al Zoo nada más abrir sus puertas, hacia las ocho de la mañana, gracias a lo cual dispongo de una hora completa para disfrutar de él sin molestas hordas de turistas. Al parecer, la mayoría de los visitantes no se acercan hasta las nueve. Además, justo a la hora en la que llego es cuando dan de comer a los pandas y cuando estos más activos se muestran. El resto del tiempo uno apenas puede estar seguro de si están más vivos que muertos. Se pasan el día tirados en el suelo bajo la sombra del bambú, a modo de alfombra fofa blanca y negra. Aquí me encuentro con pandas de todos los tipos: enormes como rocas, recién nacidos que parecen ratillas, de pelaje brillante, algunos pidiendo a gritos una buena ducha, vagos dormilones o ágiles escaladores subiéndose por las ramas. En donde más disfruto es en la reserva de pandas rojos. Mucho más vivos y hermosos en mi opinión. Resulta que el primer panda de la historia fue rojo, pero le robaron el nombre cuando el primer blanco hizo su aparición, y de ese momento en adelante pasaron a llamarse pandas rojos.

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A los pandas rojos los tienen metidos en un recinto similar a una gigantesca pajarera. Entras por una pequeña puerta y recorres el recinto a través de una pasarela de madera, rodeada por una valla metálica hasta media altura. Hago acto de presencia en este caso también a tiempo para verlos desayunar. Dejan en diferentes puntos montones de trozos de calabaza a los que los pandas rojos hincan el diente con hambre. Comen sentados en el suelo mostrando su oscuro vientre, gracias al que pasan desapercibidos cuando se encuentran dormidos en las alturas, entre las ramas de los árboles. De camino hacia la salida me encuentro con uno de estos pandas rojos correteando por el suelo, a pocos metros de la valla que nos separa. Me pongo a grabar con la cámara cuando el animal, ni corto ni perezoso, comienza a dirigirse hacia mi posición. Como buscando un mejor plano. De improviso, echa a correr y sin poder explicarme como, lo noto pasando entre mis piernas. Debido a sus garras no recomiendan acercarse a ellos demasiado, por lo que como comprenderéis mi primera reacción no fue abrazarlo. Pero para cuando consigo reaccionar, veo como se aleja avanzando por la pasarela. De primeras no me he fijado en que las vallas metálicas disponen de agujeros cada pocos metros para permitirles pasar de lado a lado. Gira ante un grupo de estupefactos turistas para internarse de nuevo en la espesura del bosque de bambú. Sin duda, ha sido una visita totalmente inesperada.

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