Shangri-la

Antes del anochecer llegamos a Shangri-la. Junto a otras cinco personas que han llegado en nuestro mismo autobús nos apretujamos en un taxi con dirección la ciudad vieja, en donde nuevamente una desconocida cama nos aguarda. Para entrar en la ciudad vieja atravesamos un enorme portal de oro arropado por un cálido manto de vespertina luz que ya da la bienvenida a una noche que no tardará en llegar. A través del hueco que queda entre los cuatro pilares se pueden ver dos dorados palacios encaramados a una pequeña colina, a la que se sube por una ancha escalinata que parte de la amplia plaza situada a los pies de esa pequeña montaña. Junto a estos dos refulgentes palacios, una torre que recuerda a un tiovivo no para de girar y girar, como si estuviera poseída por algún tipo de espíritu.
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Shangri-la es un lugar místico descrito por James Hilton en su novela Lost Horizon. Un paraíso terrenal que se supone está en algún lugar cercano al Tíbet. El gobierno chino decidió que ese lugar del que hablaba James no era otro que la ciudad de Zhongdian, por lo que decidieron cambiar su nombre y adaptarlo al de la novela. Allí me enteré que en 2014 un incendio prácticamente había arrasado con Dukezong, nombre que se le da a su ciudad vieja. En aquel triste día tenía más de mil años de antigüedad. Según avanzo por sus calles veo como poco a poco tratan de reconstruir lo que fue pasto de las llamas, aunque es mucho el trabajo que queda por hacer. Como antes del fuego, las casas son reconstruidas en madera. Esta madera la visten con preciosas tallas de increíbles detalles, pero nada pueden hacer para ocultar el color de la madera nueva, sin historia.

En la plaza, al pie de la escalinata por la que se asciende hasta los palacios dorados, un ingente número de gente baila en círculo. Bailan con la música que sale de unos enormes altavoces. Todos parecen encantados, felices. Alguno que otro no parece estar muy seguro de los pasos a seguir, pero ello no es impedimento para que cualquiera con ganas se sume a la fiesta. Es increíble lo que les encanta en este país salir a la calle a bailar. Me llegué a plantear imitarlos y tratar de seguir la música. No tenía dudas sobre que sería una grata experiencia, y que los chinos agradecerían mi esfuerzo por atreverme con sus bailes tradicionales. Pero una vez más por falta de atrevimiento me quedé con las ganas.

Al día siguiente nos fuimos de visita al monasterio de Songzanlin, el mayor monasterio budista del sur de china. En el centro de un enorme poblado se levantan diversos templos bañados en oro. Varios de ellos, de lo grande que son, se asemejan más a un castillo que a un templo. Sus largas fachadas permanecen ocultas bajo negras telas repletas de símbolos. Dentro, las paredes cobran vida gracias a las pinturas que las recubren. Estas pinturas representan a cientos de deidades y muestran historias que acaparan mi atención durante largos minutos. Sin duda, no me hubiera importado dedicar más tiempo a observar aquellos dibujos repletos de monstruos y diablos de vivos colores, que recorren las paredes de un lado a otro llevando a cabo sus fechorías.

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No fue poco el esfuerzo invertido en aquella visita. Todo eran escaleras y más escaleras. Sin darme cuenta, haciendo lo que tantas otras veces había repetido a lo largo de los últimos meses, me encontraba sofocado y jadeante. Sin apenas respiración. No podía dejar de sorprenderme, hasta que recordé que aquel poblado se encontraba a 3300 metros sobre el nivel del mar. A esa altura a uno la respiración enseguida se le acelera. A uno que no haya nacido por aquellos lares por lo menos.

A la tarde tocaba visitar los templos dorados que sobre la colina nos dieron la bienvenida a nuestra llegada. Subiendo la escalinata me topé con un grupo de monjes budistas con cámaras y palo-selfies que no sin dejar de parecerme una estampa curiosa, más curioso les debí resultar yo a ellos. Uno se me acercó y con gestos me pidió, lejos de tratar de comunicarse conmigo mediante el uso de lenguaje verbal, si me importaría sacarme una foto con ellos. Algo a lo que accedí gustosamente.

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Una vez en lo alto de la colina pasé junto a la enorme torre dorada que la noche anterior no paró de dar vueltas. De cerca vi que se trataba de una enorme rueda de plegarias. Al parecer, girar este tipo de ruedas surte el mismo efecto que tendría recitar los mantras que en ella se encuentren tallados. Un montón de gente empujando las barras de madera ancladas al soporte del descomunal cilindro eran las responsables de este incesante movimiento. Todos ellos, deseosos de ser bendecidos, aportaban cierto grado de esfuerzo a la tarea.

Al día siguiente llegó la hora de separarme de Pablo. Tras cinco días viajando juntos, él se dirigía hacia la capital para pasar los últimos días antes de la vuelta a casa. Por mi parte, mi idea inicial había sido continuar acercándome al Tíbet. Encaminarme hacia tierras más altas alejándome de las rutas turísticas más concurridas y visitar glaciares ocultos entre las montañas. Cascadas congeladas y valles en silencio. El problema era que ya había dedicado nueve días a la provincia de Yunnan. Necesitaría de dos a tres días extra para seguir internándome hacia el oeste, sin contar el tiempo que luego me llevaría regresar. Teniendo en cuenta que solo disponía de treinta días para disfrutar de china, era mucho tiempo a invertir en una sola provincia. Por ello decidí que había llegado la hora de moverme a otro lado. Aquella noche, de camino al alberge, por primera vez la gran rueda dorada de las plegarias se detuvo.

No tenía muy claro cómo llegar hasta Chengdu. Sabía que primero debía ir a la ciudad de Panzhihua para allí subirme a un tren con destino Chengdu. No fue difícil encontrar un bus que me llevase hasta esa ciudad por carreteras a más de 3500 metros de altura, bordeando precipicios de infarto. Lo hice tumbado en la parte trasera de un autobús litera, sin altura suficiente para ir sentado y compartiendo una enorme cama con otras tres personas. Me acompañaba un grupo de geólogos que viajaban por temas laborales. Mi compañero más cercano, alguien amable y con ganas de hablar, no paró de ofrecerme cosas para comer y de hacer preguntas. Su inglés era bastante escaso, aunque por supuesto no tanto como mi chino. Nos comunicamos haciendo uso del traductor de su teléfono móvil, y tengo que decir que nos sirvió de mucho. Resultó ser una persona increíble que echaba de menos a su familia, la cual aguardaba en la otra punta de china confiando en poder reunirse para navidad. Con ayuda de su mujer, a miles de kilómetros, me buscó información sobre cómo llegar hasta Chengdu. El trayecto en autobús duró más de once horas. No sin percances ya que a medio camino tuvimos que esperar a la llegada de un mecánico. Habíamos pinchado en medio de la nada y necesitábamos de alguien que pudiera cambiar aquella enorme rueda.

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Llegamos a Panzhihua a eso de la medianoche. Esto en sí presentaba un pequeño problema. El último tren hacia Chengdu salía en ese preciso instante, dejándome en tierra sin plan B. Muy felizmente por mi parte se me había pasado por la cabeza la posibilidad de hacer noche en la estación de tren. Me dirigí hacia la parada de taxis, desde donde un grupo de personas me observaban con deseo. Les mostré un papel en el que estaba escrito “estación de trenes” en chino. Frotándose las manos y con una amplia sonrisa, uno de ellos señaló hacia su coche. Pero justo antes de arrancar un chino bastante joven, de pelo largo y oscuro recogido en una coleta y con la tonalidad de piel oscura característica de los chinos del oeste, abrió la puerta y con un precario inglés me preguntó si me importaría compartir el taxi. Sin pensarlo acepté su petición, algo que no debió ser del agrado del conductor. Salió del taxi, se dirigió hacia el recién llegado y rodeándolo junto con el resto de los taxistas dieron comienzo a una discusión en la que supongo trataron de convencerlo de que se subiese en alguno de los otros. Mientras, yo aguardaba en el taxi sin nada que poder entender. Para ellos yo era carne fresca en su punto justo para ser desvalijada. Tras varios minutos de acalorada conversación, durante los cuales fui señalado en unas cuantas ocasiones, el conductor volvió a meterse al taxi poniendo de nuevo el motor en marcha. Parecía que el coletas había cedido. Le dije con cara de pocos amigos que ni se le ocurriese arrancar, por supuesto que en un idioma que no podía entender, abrí la puerta trasera y le indiqué al chaval que se subiera conmigo. Pese a los evidentes problemas de lenguaje, todo quedó finalmente claro. Uno de los otros taxistas abrió la puerta del maletero de mi taxi para que el nuevo pasajero metiese su maleta, tras lo que se metió al coche sentándose en el asiento del copiloto.

Hacía rato ya que el día había comenzado a parecerme demasiado largo. Me presenté a mi nuevo acompañante y comenzamos una conversación distendida, en un inglés un tanto escueto. Resultó que se trataba de un actor chino. Había participado en diversas películas y documentales y justo venía de grabar un corto. Hablaba poco inglés. El suficiente para poder entendernos. Se sorprendió cuando le dije que no tenía donde dormir y me ofreció buscar juntos algún lugar en el que pasar la noche. Cansado tras tantas horas de autobús decidí no preocuparme demasiado por el dinero, por lo que acepté su petición. El taxista nos dejó en un hotel cercano a la estación de tren, la cual ya estaba cerrada. Pasar la noche allí de repente no parecía tan buena idea. Comenzaba a sentir la presencia de una cálida y mullida cama, aunque esta no quedaba tan cerca como me parecía. La mujer de recepción sin siquiera pestañear, me miró y lanzando un gesto de negación a mi nuevo compañero. Él de vez en cuando me traducía la conversación. No aceptaban extranjeros. Yo no podía pasar la noche allí. Mi amigo sonreía, sin poder creérselo, sin querer aceptarlo. Le dije que no se preocupara, que ya me las arreglaría de alguna forma, aunque en realidad no tenía ni idea de cómo. Pero él no quiso dejarme tirado. Volvimos a la calle y juntos nos dirigimos a probar suerte en el siguiente hotel.

Es este, por fortuna, hubo más suerte. No sé qué le dijo exactamente, pero la chica de recepción a regañadientes aceptó y sin mostrar ápice de alegría alargó el brazo pidiéndome el pasaporte. Le costó media hora descifrarlo, lanzando de vez en cuando y de mala gana alguna seca pregunta, pero al final nos hicimos con nuestras llaves. Gracias a ese chaval aquella noche tendría una ducha y una cama en la que dormir. Aunque compartida con un tercer inquilino (como mínimo) con forma de cucaracha.

A la mañana siguiente tras desayunar juntos se marchó dejándome en la estación de tren, pero no sin antes ayudarme a adquirir un billete. Él ya tenía el suyo comprado, pero me hizo de traductor facilitándome mucho el proceso de compra. Aunque no lo parezca, suelo ser de esos que planifican las cosas con antelación. Esta vez en cambio me había resultado del todo imposible, por lo que no me quedaba otra que lidiar con las cosas por orden de llegada. Y un poco de aventura como comprobé no está mal si bien acaba. Me despedí de el con una grata sonrisa, dándonos un último apretón de manos antes de verlo marchar corriendo hacia su tren, el cual estaba a punto de marchar.

Durante mi espera de más de cuatro horas una agradable mujer me regaló una rama de ojos de dragón que degusté por primera vez agradecido de poder llenar de alguna manera el espacio de tiempo que me separaba del tren. Degusté cada pequeña fruta con tranquilidad, disfrutando cada uno de sus gajos más de lo que lo hubiera hecho de haberlo comprado yo mismo. A veces es necesaria gente como esta agradable mujer o el chaval de la coleta para recordarte que bajo la carcasa de mal genio y ceño fruncido, hay mucha gente que merece la pena conocer. El viaje en tren duró catorce horas. Catorce horas sentado en un banco de madera, en mitad de un abarrotado vagón. La gente no paró de mirarme durante todo ese tiempo. De vez en cuando alguien se atrevía a lanzarme una pregunta, a lo que todos se quedaban atentos aguardando mi respuesta.

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Al final había necesitado dos días enteros para moverme de Shangri-la a Chengdu, aunque había resultado ser una travesía del todo curiosa.

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