El salto del tigre

Tras veinticuatro horas en Lijiang me voy un tanto decepcionado. Me he pasado un día entero de turismo junto con Pablo, a quien me lo encuentro de nuevo en el hostel. Nos vamos de paseo por su ciudad vieja, que con sus más de ochocientos años de antigüedad es patrimonio de la UNESCO. No ha sido la decisión acertada. Tiene de viejo lo mismo que de auténtico. Puede que hayan mantenido la arquitectura original, pero a día de hoy no es más que un conglomerado de restaurantes y tiendas de suvenires que recuerda más a una zona temática de Port aventura que a una ciudad de verdad. Lo peor es que en esta época sus callejuelas están repletas de turistas. Se hace difícil pasear por ellas sin perder un ojo en el intento, bien sea golpeado con un paraguas o por un palo selfie. Aun así, el turista Chino común, el de cámara y visa ligera, parece encantado con este tipo de turismo y aunque parece que en todas las tiendas se vende lo mismo, hay gente suficiente y todas parecen encontrar clientes dispuestos a dejarse los cuartos. Aún así esa ciudad en miniatura no deja de tener cierto encanto. Sobre todo con sus canales, que recorren algunas de las calles o amplias plazas en las que de vez en cuando es posible ver exhibiciones de danzas autóctonas. Se me queda en la mente la idea de dar un solitario paseo al amanecer, cuando nadie a despertado, cosa que como otras tantas se acaba quedando en el tintero no por falta de ganas sino de tiempo.

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Un día cualquiera en la ciudad vieja de Lijiang
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Arquitectura típica china

Algo que a cada día que pasa percibo de forma más notoria es la curiosidad que despierto en esta gente. Tras seis meses viajando por Asia pensaba que ya estaba acostumbrado. Pero ni de lejos lo que he vivido hasta ahora se asemeja a lo que aquí me sucede. La paranoia de creerme observado es constante y literal. Cada vez que me giro me encuentro con el dedo acusador de alguien que me señala mientras con ojos como platos pega codazos a alguno que supongo conocido. Los cuchicheos y las miradas están por todas partes. Lo más anecdótico hasta el momento transcurre mientras cenamos en la segunda planta de un restaurante de la ciudad vieja. Sentados junto a la ventana, que da a una pequeña plaza, observamos de vez en cuando el flujo incesante de gente que la atraviesa. No es una plaza muy concurrida. Todo aquel que la visita lo hace de camino a otro lugar, sin pararse ni prestar mucha atención a lo que la rodea. Pero poco a poco, mientras disfrutamos de un merecido descanso y bebemos una cerveza china, nos van llegando ecos de sorprendidas exclamaciones lanzadas por gente que de forma fortuita mira hacia arriba y da con nosotros. No son los pocos los que se atreven a sacarnos fotos, a lo que respondemos entre risas saludándoles con la mano. Pero de repente, tras mirar hacia la plaza una vez más, me encuentro con que un grupo de unos treinta chinos en completo silencio nos observa y nos convierte en el objetivo de sus cámaras. Una escena totalmente irreal. Les saludo con la mano provocando sus risas, a lo que contestan con otro saludo para inmediatamente después proseguir su camino, dejándonos a Pablo y a mí sin poder creerlo. La principal diferencia es que aquí les da igual si te das cuenta de que te están mirando. Te retratan como a un mono enjaulado al que no se le pregunta. Te lanzan miradas que no se molestan en desviar. Lo mejor es tomárselo con filosofía. Ya que si te levantas con el pie izquierdo es tu problema.

A la mañana siguiente toca madrugar. Vamos a hacer un recorrido de tres días a lo largo del Salto del Tigre, una garganta escavada en la tierra por el río Yangtsé, el más largo de Asia. Supuestamente es uno de los cañones más profundos y espectaculares del mundo, con sus casi cuatro kilómetros de profundidad. La tribu Naxi habita en sus laderas, gente que vive de la agricultura y del dinero que dejan los turistas que pasan por allí. Esto queda claro al poco de comenzar el recorrido. Comenzamos junto a dos chicas surcoreanas, seguidos muy de cerca por un hombre que tirando de la correa de un burro trata de convencernos de la necesidad que tenemos de hacer uso de sus servicios. Se ofrece a llevarnos en burro o de transportar nuestras mochilas y cuanto más nos acercamos a la parte alta del camino, más insistente se muestra sabedor de que una vez de comienzo la cuesta abajo sus posibilidades descenderán al mínimo. Podemos tener la impresión de encontrarnos en la parte más remota de la China profunda, pero el inglés del hombre es superior a la media.

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Al poco rato me parece escuchar mi nombre reverberando entre las faldas de la garganta. Me detengo con el ceño fruncido dudando de mi salud mental, pero al rato sucede de nuevo. Nos damos cuenta de que por debajo de nuestra posición pero siguiendo el mismo camino, el inglés que conocimos en Dali viene corriendo tratando de alcanzarnos. Nos acompaña durante el resto de la jornada, y no desaprovechamos la oportunidad de darle unas cuantas clases de su lengua materna, idioma que al parecer no domina muy bien por lo mucho que nos cuesta entenderlo. Según caminamos por la parte alta del desfiladero veo muy por debajo de nosotros el imparable avance del Yangtsé. Su enormidad hace todavía más impresionante la fuerza con la que baja. Aunque el tiempo está nublado y no tiene pinta de ir a mejorar en los próximos días, las vistas son increíbles. Las montañas al otro lado del río quedan parcialmente ocultas entre las nubes. Sus laderas bajan en un corte perfecto hasta bañarse en el rio. Observando su pronunciada pendiente es posible ver lo que queda de un viejo camino casi completamente oculto por la maleza. Es difícil imaginar el tiempo que llevaría hacer algo así. Al otro lado de este masivo muro se encuentra la montaña nevada del dragón de jade, cordillera cuyo pico más alto, el Shanzidou, alcanza los 5596 metros.

Nos detenemos a pasar noche a mitad de camino. Nada más pisar el patio central nos convertimos en el objetivo de todas las miradas. Buscamos a la encargada para preguntar si tienen alguna habitación libre, pero antes de contestar me pregunta si puedo sacarme fotos con ellas. Tras unas cuantas fotos con todo aquel que se atreve a participar nos da las llaves de nuestra habitación y unas cuantas cervezas que nos bebemos sentados en el mirador del albergue, situado en el tejado, sin poder aburrirnos de contemplar una y otra vez las mismas vistas. El inglés tiene una reserva para el albergue situado en el siguiente poblado, por lo que cuando ya llevamos dos cervezas de medio litro y comienza a oscurecer decide que es hora de marcharse. La última vez que le veo, desaparece en lo alto del valle, tras doblar el último recodo del camino.

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Típico día que por no tener hambre te pides un sándwich. Sándwich Naxi: lechuga, tomate, huevo y plátano.

Nuestra habitación es fría. Sin calefacción. Llena de polvo y de grietas por las que el viento nos visita con un descaro al que ya estoy acostumbrado. Aunque no tardamos en conciliar el sueño. Al día siguiente tras un copioso desayuno nos ponemos en marcha. Puede que de vez en cuando me salte alguna comida, que coma mal o que lo haga a destiempo, pero raramente pierdo la ocasión de desayunar en abundancia. Nunca sabes cuantas horas va a tener el día que comienzas.

A mitad de camino, separándonos de las surcoreanas que abandonan hoy la garganta para continuar con sus vidas, Pablo y yo nos juntamos con un lugareño que nos va a hacer de guía. Nos lleva por sendas desconocidas que ascienden más aun en las montañas. Pasamos junto a cascadas de agua helada y ascendemos por serpenteantes rutas de piedra mientras las rocas resuenan decenas de metros por debajo. El va con el abrigo bajo el brazo, deteniéndose de vez en cuando para que podamos alcanzarle, lo que nos cuesta sudores. No habla ni una palabra de inglés, pero igualmente nos enseña las setas de la zona de las que podríamos alimentarnos. Llegamos al poblado en el pasaremos la noche. Los turistas apenas llegan hasta aquí. Durante la cena, el sol hace un par de horas que ha desaparecido y fuera todo está completamente oscuro. No hay ni una sola luz en todo el poblado. La que sale por nuestra ventana parece ser la única señal de vida en ese remoto lugar, por lo que pronto vemos que lo mejor es hacer lo mismo. Sería difícil acostumbrarse a vivir con tanto silencio. Apagamos la luz y bajamos persianas pensando en el último día que nos queda para recorrer la garganta del salto del tigre.

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Nos cuesta poco tiempo regresar a la civilización. Muy por debajo de donde estamos una carretera atraviesa la garganta paralela al río. Deshacer el camino por esta carretera nos impide disfrutar de las vistas, pero es mucho más directo y en un par de horas llegamos a nuestro destino. La parte más conocida de toda la garganta. Consiste en tres rutas diferentes que descienden hasta el curso del río. Cada una de ellas ha sido labrada, en ocasiones a través de la dura piedra, por una de las familias de la zona que vieron una oportunidad en el turismo. Te cobran 5 yuanes por utilizar alguna de estas rutas, lo cual no es mucho teniendo en cuenta el trabajo que llevó realizar estos caminos y mantenerlos despejados de basura. Según descendemos por una nos topamos con lugareños que ascienden portando enormes fardos de basura a la espalda. Nos cruzamos con un montón de sillas-camilla que aguardan tiradas en el suelo a que alguien requiera de sus servicios. El camino que hemos elegido para bajar cruza un largo túnel de unos veinte metros escavado en pura piedra. No tiene pared derecha, solo una caída directa al Yangtsé. Una vez abajo, algunos puentes colgantes te llevan hasta enormes piedras situadas en medio de la corriente, donde aprovechamos para sacarnos alguna foto. El agua, marrón de todo el sedimento que arrastra, baja con toda la fuerza que se percibía desde las alturas, desde el paso en lo alto de las montañas. A la vuelta decidimos ascender por una ruta distinta para poder verlo todo desde otra perspectiva. Pagar otros 5 yuanes es lo de menos. Esta segunda ruta ofrece dos opciones: subir por una escalera de piedra que serpentea para subir poco a poco o por otra mucho más directa. Esta otra escalera es de hierro y se encuentra clavada a la pared. Tiene unos quince metros de largo. Esta segunda opción parece mucho más atractiva, así que comenzamos a ascender por ella. Como es de esperar, las medidas de seguridad son nulas. Según subes por los peldaños una especie de irrisoria malla metálica te rodea, aunque más que impedir caerte parece que su cometido es evitar que lo hagas sin llevarte primero algún que otro corte. Eso sí, antes de comenzar la ascensión te ofrecen unos guantes, que supongo son de pago.

Ha llegado la hora de dejar tranquilo al tigre, bañándose en las tempestuosas aguas del Yangtsé. Nos acercarnos más hacia el Tibet. El siguiente destino es Shangri-la, o la ciudad que los chinos consideran Shangri-la. Pero eso lo dejo para otro día.

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