China

Llego a China tras una corta escala en Hong Kong. Aunque llevo seis meses viajando tengo la sensación de estar comenzando un viaje totalmente diferente. A lo largo del último medio año apenas me he separado por más de unas horas de Ander. Hemos convivido durante dos meses en la misma furgoneta; hemos planificado juntos las diferentes etapas del viaje; ambos hemos atravesado experiencias similares. Viajar acompañado conlleva ventajas como compartir las responsabilidades o saber que por muy lejos te vayas nunca estás solo. Pero también tiene sus desventajas. Acomodarse a este tipo de viaje es demasiado fácil. China se presenta como todo un reto. La oportunidad de saber que se siente al viajar en solitario.

Es duro aterrizar en china tras tres semanas en Japón. Miro a la gente que me rodea buscando alguna similitud hacia sus vecinos pero solo veo caras adustas. El silencio se ha transformado en ruido provocado por disputas elevadas de tono. Cuesta encontrar las sonrisas o vislumbrar la paz de la que vengo. Más me vale hacerme a la idea cuanto antes. Al contrario de cómo sucede a mi llegada a Japón, en la que para entonces ya poseo ciertas nociones básicas de japonés que me permiten comunicarme aunque sea a un nivel bastante primitivo, al pisar china solo se decir ‘hola’ y ‘gracias’. Tras el esfuerzo que me supuso aprender algo de japonés no me quedan energías para comenzar de cero con un idioma como el chino, cuya pronunciación parece fuera de mis posibilidades. Además, tal y como dicen parece que va a ser difícil encontrarme con gente que hable inglés. Me subo a un taxi, le enseño la hoja de la reserva del hostel al que me dirijo en la que aparece la dirección en chino y sin haber intercambiado una sola palabra salvo las dos que ya conozco llego a mi destino. Ha sido fácil, pero se me hace extraño no poder hablar con el taxista. Es parecido a comprar un libro pero no poder abrirlo.

Durante dos días apenas salgo de la sala común del hostel salvo para alimentarme. Necesito descansar tras la intensa visita a Tokio. Además, todavía no tengo ni idea de que voy a hacer, por lo que me dedico a planificar un itinerario para los siguientes diez días. De vez en cuando se agradecen estos momentos de tranquilidad que dedicas a pensar y descansar, pero lo cierto es que son muy cortos. Siempre hay alguno viajando solo como tú que no tarda en acercarse con ganas de hablar y compartir experiencias. Pero entre interrupción e interrupción decido viajar hacia la frontera con el Tíbet con la esperanza de que cuanto más me interne en el área montañosa del sur de China, más me alejaré de las zonas turísticas. Prefiero perderme en la montaña que visitar masificadas ciudades de cemento. Esa es la razón por la que tan poco me cuesta no salir del hostel. No tengo ganas de internarme en las calles de Kunming, provincia de Yunnan y ciudad de unos cuatro millones de habitantes. Me encuentro excesivamente perezoso, pero espero que eso cambie al ponerme de nuevo en marcha.

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Llega el día de ponerse manos a la obra. Cojo un autobús que me lleva hacia el oeste, hasta la ciudad de Dali. Allí me encuentro una ciudad mucho más grande de lo que me esperaba, a rebosar de turistas chinos. Doy una vuelta por su antigua ciudad amurallada que por suerte consigue mantener cierto grado de autenticidad. Degusto en un puesto callejero un plato de tofu picante que me hace sudar. Me acerco hacia las tres pagodas del templo de Chong Sheng, pero me quedo con las ganas de entrar por no pagar los treinta euros de entrada que piden. Veo como a los chinos que no ponen pegas al precio los pasean en grandes carros de golf de un lado a otro del enorme complejo, a modo de parque de atracciones. Ya había oído hablar de cómo año tras año van doblando el precio de entrada a las zonas turísticas debido a que el flujo de visitantes no para de aumentar. En el hostel en el que paso la noche conozco a Mark, un inglés que viaja a la vez que se prepara para unos exámenes y Pablo, un zarautztarra que tras una semana de trabajo en china se ha cogido unas semanas para conocer el país. Todos nos dirigimos hacia el Tiger Leaping George, un cañón situado en la parte inicial del río Yangtze, el río más largo de Asia. Con sus 3790 metros de profundidad máxima se le considera de entre todos los cañones situados en un cauce fluvial el más profundo y espectacular del mundo. Aunque cada uno tenía previsto ir en un día diferente, es probable que me junte con alguno de ellos de camino a la garganta.

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Al día siguiente tras pasar toda la mañana dando una vuelta en bici salgo hacia la ciudad de Lijiang. Llegar al siguiente punto de mi itinerario se va a convertir en toda una locura. Compro directamente el billete en el hostel por no ir de nuevo hasta la estación de autobuses que se encuentra en la otra punta de la ciudad. Sale algo más caro pero es mucho más cómodo ya que una furgoneta te recoge y te lleva hasta la misma puerta del autobús. O así era en teoría, porque al final la furgoneta me deja tirado en medio de una autopista bajo un sol abrasador junto a una decena de chinos, supuestamente a la espera de que pase nuestro autobús. Ninguno de los que me acompañan habla inglés salvo una chica que con las pocas palabras que conoce hace de traductora a su novio. No me suelo encontrar con muchos con los que poder comunicarme, pero los pocos que hablan inglés se muestran muy curiosos y deseosos de hablar con extranjeros. Siempre suelen preguntarme como sin saber una sola gota de chino me atrevo a viajar solo por allí. También me preguntan acerca de los lugares en los que he estado para inmediatamente después hablarme de la tierra de la que proceden. Y con esta pareja no es diferente. Amablemente me explican lo que está pasando y me hacen compañía. Tras un largo rato de espera finalmente llega el autobús. Pero cosas de la vida, está lleno. Me pregunto qué clase de billete nos han vendido si resulta que todos los asientos están ya ocupados, pero cuando veo que el conductor y el copiloto nos indican que no sentemos en el pasillo como quien te indica por donde queda el baño queda claro que esta es la mecánica habitual. Tenemos más de tres horas de viaje por delante, por lo que pasarlas tirado en el suelo no es del agrado de ninguno. Pero tampoco tenemos alternativa. Tras unas cuantas caras largas y un par de gritos nos acabamos subiendo al autobús. A los que lo hacemos por la puerta delantera nos señalan el cubículo en donde el copiloto descansa, un espacio rectangular maloliente con unas sábanas con pinta de no haber sido cambiadas en la vida con más pintas de ataúd que de otra cosa. Nos negamos a meternos allí y al final no sé si por mi cara de mala leche, mi nueva barba de musulmán o simplemente por ser extranjero, el copiloto me cede su asiento para después desaparecer hacia el interior del autobús. Al final voy a tener suerte y todo.

Pero ahí no acaba la cosa. Llegamos a Lijiang de noche, hambriento a más no poder y bajo una intensa lluvia. Todos desaparecemos en busca de un taxi. Es demasiado tarde como para ponerme a investigar cómo llegar en autobús, por lo que decido avanzar unos cuantos metros calle arriba e intentar parar algún taxi antes de que llegue a la estación. Pero veo como un taxi tras otro pasan de largo sin prestarme un mínimo de atención. Debe de haber algo en mi aspecto que no les agrada. Tras más de media hora dando vueltas sin rumbo consigo parar uno. Lanzo la mochila al asiento trasero antes de que el taxista se lo piense dos veces. Lo peor es que no tengo la dirección exacta del hostel al que me dirijo, sino que solo tengo el teléfono de la recepción al que el taxista tiene que llamar para que le den indicaciones de cómo llegar. Ahora vete y explícaselo a un chino que te mira con cara de estar haciéndote el favor de tu vida. Consigo que le llame y cuando ya parece todo arreglado, el taxista cuelga el teléfono y me muestra un billete de cincuenta. Con solo la mirada le pregunto si acepta cheques restaurante o si me salgo a la calle y le vuelco el coche. Pero no se hace el enterado. Cincuenta yuanes son unos siete euros, lo que no es mucho, pero sé que el recorrido no debería de costarme más de quince. Cansado, hambriento y mojado como estoy debería de dar el brazo a torcer y callarme. Pero tras decirle unas cuantas palabras en castellano que se que no entiende pero espero comprenda, cojo la mochila y regreso a la lluvia. ¿Por qué no pagamos lo que nos piden sin queja alguna? Esa será la eterna pregunta. De nuevo trato de parar otro taxi. Tras unos cuantos pasando de largo consigo parar a un segundo, que directamente me pide cincuenta yuanes. Definitivamente parece que tengo pintas de guiri. Le ofrezco treinta, pero el taxista rehúsa y se larga. Tras otro largo rato viendo pasar taxis para un tercero. Este no llega vacío. Dentro van la pareja de chinos con la que había entablado conversación antes de subirnos al autobús. La chica me hace de interlocutora con el taxista, quien llama de nuevo al teléfono que le doy y se ofrece a llevarme por treinta yuanes. Esta vez acepto sin rechistar. La chica me explica cómo no soy el único que ha tenido este problema. Se ve que en esta ciudad a los taxistas no les gustan los guiris. Deben de ser los únicos taxistas ricos con los que me he cruzado, que pueden permitirse ser tan selectivos con sus clientes. Por suerte este es el taxista listo del pueblo, que por un precio algo hinchado recoge a todos los que se encuentra. Mientras fuma tranquilamente grita a todo aquel que se encuentra en la acera y les pregunta si quieren que los acerque a algún lado, mientras nosotros pacientemente esperamos que nos lleve a nuestro destino en algún momento de la noche.

Hay muchos chinos que te hacen desatar la furia que llevas dentro. Pero siempre conviene recordar que hay gente como la pareja que viaja en el asiento trasero. Gente que aun hablándote en un idioma que no dominan y les hace sentir inseguros hacen lo que pueden por ayudarte sin perder la sonrisa.

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