Japoneses

Hoy toca hablar sobre los japoneses. Aunque es un tema complejo, voy a intentar exponer mi punto de vista tras pasar más de veinte días entre ellos. Todo el mundo que viaja a Japón acaba prendado de sus habitantes y es por eso que quiero dedicar un post a divagar sobre de lo que ellos pienso. Siempre hemos tenido la impresión de que son gente de otro planeta y mi viaje no ha valido más que para confirmarlo. Como pasa con todo el mundo los japoneses tienen dos caras: la pública y la oculta. Y posiblemente en su caso la distancia entre ambas sea mayor que la media.

Calle Dotombori en Osaka, cuya ambientación te hace recordar la película de Blade Runner
Calle Dotombori en Osaka, cuya ambientación te hace recordar la película de Blade Runner

No fue fácil adaptarse a sus rarezas. Recuerdo que en mi primera noche, deseoso de probar la gastronomía nipona, me fui a la aventura a buscar algún local pequeño frecuentado por gente autóctona. Vayas donde vayas esa es la clave del éxito. Cuando creía haber localizado el lugar perfecto, el hombre al otro lado de la barra en la que los clientes disfrutaban de su cena me miró a los ojos, sonrió y cruzó los brazos formando una gran equis. En aquel momento no entendí lo que me quería decir. Parecía que había sitio de sobra y no era tarde para servirme la cena. Pero el hombre en vez de indicarme que me sentase se dedicaba a cruzar los brazos y a hablarme en japonés. Yo mientras tanto, al verlo allí de pie de brazos cruzados, no podía pensar en otra cosa que no fuese un Power Ranger a punto de metamorfosearse. Al final tuve que admitir que no iba a comprender nada de lo que allí pasaba, por lo que me largué a probar suerte en otro lugar. Más adelante me explicaron que cruzar los brazos formando una equis es una de las maneras que tienen de decir no. Culturalmente está muy mal visto negarse a algo y el monosílabo “no” en concreto se ha convertido en una palabra prohibida. Emplearla se considera algo grosero y brusco. Por todo esto evitan en la mayoría de lo posible negarse a algo y removerán cielo y tierra antes de decir “no”. En casos extremos se valdrán del cruce de brazos o de otra alternativa que consiste a grandes rasgos en emitir un sonido similar a “uhm!” con la boca cerrada. Lo más curioso de este caso es que lo suelen acompañar con un movimiento de cabeza de afirmación, lo cual lo convierte en todo una locura, y lo emplean para indicar que les dejes en paz, que estás invadiendo su espacio personal o que los estás violentando.

Gente creyente, fieles a la antigua tradición.
Gente creyente, fieles a la antigua tradición.

Todo esto desemboca en situaciones en las que no te queda claro si la gente te ayuda por mero placer o si en cambio lo hacen por no negarse, caso que hace probable que por dentro se estén cagando en ti. Un día cuando salía del hostel en Kyoto me crucé con una de las recepcionistas que acababa su turno justo en ese momento. Resultó que nos dirigíamos a la misma zona, por lo que comenzamos a andar juntos. Pero cuando ella giró en dirección a la estación de autobuses le comenté que yo pensaba ir andando. Había quedado con Ander y tenía el tiempo justo para llegar andando a buen ritmo. Por educación le invité a acompañarme, seguro de que se negaría. Novato de mí. Ella acabó yendo por primera vez en su vida andando a casa y yo llegué unos cuantos minutos tarde. Días más tardes entré a un seven-eleven a preguntar por un hostel que no conseguía encontrar. El dependiente, un hombre algo mayor, no tenía ni idea de donde estaba la calle que andaba buscando. En casa cualquiera me hubiera dicho “- Lo siento mucho, pero no tengo ni idea. Lo mejor será que preguntes a otro”. Pero en Japón no. Pasó unos cuantos minutos mirando en su móvil. Después entro a la trastienda y salió con un gigantesco mapa de la zona. Yo cada vez le veía más preocupado, me fijé en que comenzaba a sudar y que detrás de mí se estaba formando cola. Pero él se negaba a decir que no me podía ayudar. Le di las gracias, le repetí por decima vez que no se preocupase, que conseguiría llegar y tras casi diez minutos viéndolo sufrir me largué de allí.

Otra de sus herencias culturales son las reverencias. Les encanta hacer reverencias. Lo hacen a todas horas y siempre por triplicado. Cuando te conocen, cuando te saludan, cuando se despiden, etc. Cuando abandonábamos el hostel de Hiroshima las dos recepcionistas salieron a la calle a despedirse de nosotros. Nos dieron las gracias y con una reverencia nos pidieron que volviésemos. No pararon de hacer reverencias hasta que doblamos la esquina de la calle y desaparecimos de su vista. Aquella calle tenía al menos cincuenta metros. Cincuenta metros dan para muchas reverencias. Esto me recuerda a algo que me pasó cuando vivía en Londres. Trabajaba para un banco japonés y un día cuando salía de la oficina con prisas ya que tenía que coger un avión me encontré con la salida bloqueada por un grupo de diez japoneses. En dos filas de a cinco enfrentados unos a otros y reverencia tras reverencia se repartían sus tarjetas de contacto sin mediar palabra. No quería ser yo quien se interpusiese en tan solemne momento ni quien interrumpiese aquel mágico silencio, por lo que me quedé observando cómo no paraban de hacer reverencias tanto al dar como al recibirlas, hasta que uno de ellos me vio y sonriendo me hizo un hueco para pasar.

Esperando el tren sin salirse de la fila
Esperando el tren sin salirse de la fila

Por lo general, son personas extremadamente amables y deseosas de ayudar. Así era el dueño de la casa en el lago Yamanaka-ko en la que pasamos una noche. Aunque creo que este hombre era demasiado atento y amable incluso para el japonés medio. Resulta que el día que nos fuimos de allí, tras dos horas bajo la lluvia esperando a un autobús que no llegaba el hombre nos vio y vino en nuestra ayuda. Llamó a la compañía de transporte y le dijeron que debido al tifón la línea de autobús había sido cancelada; nos llevó en coche a recuperar el dinero de nuestros billetes inservibles y a comprar unos de otra compañía en funcionamiento; nos trajo de regreso a la parada del autobús y se quedó con nosotros hasta que apareció; nos ayudó a meter las mochilas en el autobús y allí lo dejamos, sonriendo bajo una lluvia que no daba tregua, haciendo reverencias y agradeciéndonos nuestra visita. Solo llevaba una camisa. Ni abrigo ni chubasquero que lo protegiese de la lluvia. Y allí seguía parado, esperando a que el autobús se pusiera en marcha, sin parar de sonreír. En aquel pueblo él no era el único héroe en la sombra. Recuerdo que el día anterior cuando la lluvia paró nos fuimos a las termas del pueblo y de camino me encontré en la acera un charco cuyo contorno alguien había marcado con tiza blanca y dibujado en su interior tres grandes equis. Supongo para que todo el mundo lo viese y evitase pisarlo por despiste. Aquel día gris que amenazaba con volver a llover, un desconocido se dedicaba a marcar los charcos para que a nadie se le empaparan los pies.

Los videojuegos y las tragaperras, una de las mayores aficiones de los japoneses
Los videojuegos y las tragaperras, una de las mayores aficiones de los japoneses

En muchos aspectos estaría bien ser más como ellos, aunque por supuesto en otros están lejos de ser perfectos. Y no me refiero a algo tan banal como el ruido que hacen al comer. Que es mucho, por cierto. No he oído en la vida a alguien sorber tan fuerte sin vaciar un pantano. Me refiero a que siendo tan trabajadores y concienzudos como son para algunas cosas, muestran un alarmante grado de desinterés para otras. Al parecer, en una de las últimas elecciones que realizaron únicamente el diez por ciento de los jóvenes acudió a las urnas. Puede que tras el duro golpe que sufrieron en la segunda guerra mundial, los cambios que hicieron en la educación para impulsar el desarrollo y sacar cuanto antes a aquel país del atolladero en el que se encontraba, hayan dado lugar a una elevada indiferencia social. Tal vez pensando en educarlos para trabajar en las empresas que debían impulsar la economía convirtiesen a las nuevas generaciones en autómatas incapaces de involucrarse en proyectos de envergadura. No se puede negar que diese sus frutos ya que Japón se ha convertido en una de las grandes potencias del mundo, pero seguro que ha tenido sus consecuencias. Esta indiferencia también les está generando un importante problema demográfico. Aunque es un problema que se da en todos los países desarrollados, entre ellos Japón es el que mayor tasa de envejecimiento y menor tasa de natalidad posee. Ya por ser muy difícil compatibilizar la vida laboral con la familiar, o por la pereza que les da el trabajo que supondría buscarse una pareja, desde ya hace años son más los que se van que los que vienen.

Son muchas las cosas de las que podría hablar pero se necesitaría un análisis más profundo y concienzudo. Como se dice que la primera impresión es lo que cuenta, y con ello es con lo que me quedo: son gente increíble y muy amable, fieles a sus antiguas tradiciones y hacen muy fácil viajar en un país en el que no entiendes una gota del idioma. Y será de ellos de lo que más te acuerdes una vez hayas partido.

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