Kyoto

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Kyoto es una de las ciudades más hermosas de Japón. Es también cuna de geishas; Kyoto trata con todas sus fuerzas de mantener aquella ancestral tradición que sin duda hace ya tiempo vivió su época dorada, y en la actualidad es el único lugar en el que las mujeres todavía se pueden formar con este propósito. Ciudad llena de templos, pagodas y jardines, dediqué cuatro días a recorrer sus calles y acabé comprobando que no son ni mucho menos suficientes. Uno no se aburre de callejear entre casas de madera en el barrio de Gion. Allí a uno se le olvida rápido que está en una de las ciudades más grandes de Japón. Esas calles tienen la habilidad de transportarte a un tiempo en el que la gente se movía a caballo y en el que todavía no se habían inventado los palo-selfies.

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Nada más llegar nos fuimos a la caza de geishas. Ander llegó a Kyoto un día antes que yo. Al juntarnos me lo encontré ilusionado por haber encontrado una calle que resultó ser un auténtico filón. En esta calle el día anterior había podido ver no una ni dos, sino ocho geishas, algo que en principio es muy difícil de encontrarse. Llegamos a esa misma calle hacia las cinco y media de la tarde porque a las seis es cuando comienzan su jornada laboral. Era una calle tranquila, moderna pero decorada al estilo antiguo, llena de lo que parecían pequeños locales privados. En completo silencio como estaba, despejada de gente con nuestra excepción, parecía una calle fantasma, el prólogo de una película de zombis. Desde el primer momento tenías la sensación de estar en un lugar especial; un lugar misterioso; en nada parecido a lo que previamente había conocido. Estaba claro que en esa calle en la que el tiempo parecía estar detenido, estaba pasando algo. Una vibración extraña flotaba en el ambiente. Aquel silencio tenía un timbre especial.

Jon Imanol a la caza de Geishas
Jon Imanol a la caza de Geishas

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Y efectivamente, la calma que precede a la tormenta dio paso a una tempestad en forma de flujo constante de geishas. Cuando vi doblar la esquina a la primera de ellas aquella tarde, dirigiéndose hacia nosotros de camino a su lugar de trabajo, no pude dejar de observarla. Verla acercarse con pequeños pasos debido a lo estrecho de su vestimenta, la cara del todo blanca, labios apretados medio pintados de rojo y con la mirada fija en el suelo, enseguida comprendes que algo así no se puede presenciar en ningún otro lugar. La aparición de una geisha no hace sino duplicar la sensación de misterio que te embarga al pisar por primera vez esa calle. Es una experiencia única. Al final llegué a contar dieciséis de ellas, aunque más de una seguramente repetida. Yo miraba a Ander preguntándole si acaso me estaba tomando el pelo; no había parecido muy difícil encontrarlas. Pero él tampoco se había esperado algo así. Las fotos que les saqué dejan mucho que desear. Ni el móvil ni el fotógrafo hicieron el milagro posible, y lo cierto es que se me hacía difícil apuntarlas con el móvil. Como si estuviera interfiriendo en aquel mundo mágico.

Ander, aburrido de tanta geisha, ya ni saca fotos. Se dedica a mirarlas y a guiñarles un ojo, mientras chasquea los dedos y las señala.
Ander, aburrido de tanta geisha, ya ni saca fotos. Se dedica a mirarlas y a guiñarles un ojo, mientras chasquea los dedos y las señala.
Puede que esta sea la única foto decente de una geisha que conseguí sacar
Puede que esta sea la única foto decente de una geisha que conseguí sacar
Geisha en la lejanía.
Geisha en la lejanía.

Gracias a Kato, un japonés oriundo de Tokyo de vacaciones en Kyoto, asistimos a una cena espectáculo en el que actuaban unas maikos. Las maikos son aprendices de geikos, lo que nosotros conocemos por geishas. El espectáculo fue curioso, aunque la atmosfera un tanto extraña. El público estaba íntegramente compuesto por hombres de cierta edad, todos observando bailar a dos chicas bastante jóvenes. Al final abandoné Kyoto con la sensación de conocer poco acerca de este mundo. No estoy seguro de si en la actualidad se han convertido en un simple reclamo turístico, o si hay algo más detrás de todo esto. Sé que en la actualidad no tienen permitido empezar su formación como maiko antes de cumplir los quince años. Pero no tengo ni idea de qué tipo de vida les espera ni tampoco las razones que les impulsa a comenzar.

De derecha a izquierda: Ander, una aprendiz de geiko, Kato y yo.
De derecha a izquierda: Ander, una aprendiz de geiko, Kato y yo.

Por supuesto que en Kyoto hay muchas cosas que disfrutar fuera del mundo de las geiko. Conocida como “La ciudad de los diez mil lugares sagrados”, existen miles de templos e increíbles lugares que visitar. De alguno de ellos ya he hablado, como por ejemplo el templo dorado o el santuario de Fushimi Inari-Taisha. También se puede ver el bosque de bambú, aunque a nosotros nos decepcionó en cierta medida, bien por encontrarse abarrotado o por ser bastante más pequeño de lo que nos esperábamos. Pero es indiscutible que es una de las ciudades más increíbles de Japón y que bien se merece cada uno de los días que en ella invertí. No dudaría en volver a visitarla si alguna vez mis pasos me llevan de regreso a esta isla.

Setos y setas de piedra.
Setos y setas de piedra.
El bosque de bambú
El bosque de bambú
Una pagoda
Una pagoda

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