Mt. Fuji

Comer Sushi, ver todas las cosas frikis del país y subir el monte Fuji. Esa era la lista de cosas por hacer con la que llegué. Lo primero me lo quité enseguida. Lo segundo era irrealizable. No hay vidas suficientes en un cesto de gaticos como para ver todas las cosas extrañas que aquí se esconden. Así que solo me faltaba el tercero. Ascender el gran símbolo del país. La montaña de la cumbre nevada.

Foto de portada: Panorámica del amanecer
Foto de portada: Panorámica del amanecer

Hay un dicho japonés que dice “Un hombre sabio lo subirá una vez. Uno idiota, dos veces”. No podía irme sin intentarlo al menos. Además, el monte Fuji o Fujisan por sus siglas en japonés, se convertiría con sus 3776 metros en el punto más alto del mundo en el que jamás habría estado, si obviamos aquel día en el que me empujaron de un avión estando a cuatro kilómetros y medio de la superficie terrestre. Estamos hablando de vientos frescos y aire ligero, tan ligero como para que el mal de altura haga acto de presencia. Tenía toda la pinta de que se convertiría en otra de las grandes experiencias del viaje. Pasé varios días informándome acerca de esa mole de piedra, leyendo listados de material que podría venirme bien durante la ascensión y consejos sobre cómo afrontar un posible mal de altura. Los blogs que leía coincidían al decir que era un monte asequible para toda persona medianamente en forma, algo ante lo que me mostraba escéptico porque nunca es bueno confiarse demasiado y porque subir un volcán suele ser peliagudo. Te enfrentas a cumbres escarpadas de piedras sueltas afiladas como cuchillas. Por lo que no podía ser tan fácil.

Jardineras trabajando con el volcán de fondo
Jardineras trabajando con el volcán de fondo

Decidí subirlo por la noche, algo que suele ser común para ver el amanecer desde la cima. Y aunque mi intención era subir por la ruta sur, bastante menos transitada que la norte, como al día siguiente tenía que moverme hasta el lago Yamanakako decidí hacerlo utilizando la ruta que quedaba más próxima al mismo, la norte. El 13 de julio llegué a la estación de autobuses de Kawaguchiko, donde cogí otro autobús que me llevaría a la quinta estación de Fujisan, a 2305 metros. Las cuatro rutas de ascensión a Fujisan están divididas en diez estaciones pero la gran mayoría de la gente comienza desde alguna de las quintas estaciones con el fin de ahorrarse unas cuantas horas de aproximación. Ya era noche cerrada y apenas se veía nada al otro lado de las ventanas del autobús. Nada que no fuesen siluetas de árboles aguardando a ambos lados de la carretera. Pero mi vista estaba posada kilómetros por delante, anclada a una imagen que parecía sacada de un capítulo de Son Goku. Una imagen que mostraba un dragón dorado abandonando la tierra en dirección al cielo. El monte Fuji era prácticamente invisible al fundirse con la oscuridad circundante. Pero sí que podía verse la luz que emitían las diferentes estaciones situadas en la ladera del monte, creando una senda dorada desde la falda hasta la cumbre.

El vacío, la luna, el amanecer y la oscuridad
El vacío, la luna, el amanecer y la oscuridad

A las diez de la noche me interné en el camino que me llevaría hasta el punto más alto de Japón. A cuentagotas, pequeños grupos de gente hacían lo mismo. Lo único que mantenía a raya la oscuridad era las luces de ciudades lejanas y la de mi frontal. Llegué a la sexta estación a través de una pista forestal. Tras este punto toda vegetación desaparecía por completo y esperaba que a partir de ese punto las cosas se empezasen a complicar. Pero esa esperanza no cuajó en ningún momento. Estación tras estación pude comprobar que el camino nunca llegaba a complicarse y vislumbré la verdad tras aquellas palabras que hablaban de un monte accesible a todos los públicos. Puede que sea por lo viejo de aquellas piedras que el tiempo ha convertido en polvo, que no han presenciado una erupción desde hace más de trescientos años. O puede que las miles de personas que cada temporada ascienden por sus faldas tengan algo que ver. Pero lo cierto es que subir hasta lo alto no entraña ningún tipo de dificultad. Cualquiera con un mínimo de perseverancia, aguante y tiempo puede lograrlo.

Nubes lejanas
Nubes lejanas

Y lo peor de todo es que nunca una montaña me ha hecho sufrir tanto. Todas las dudas que me acosaron durante los días previos sobre si sentiría o no los efectos de la altitud se disiparon cerca de los 3100 metros. En ese momento comencé a sentir un ligero dolor de cabeza. El dolor aumentaba si no me paraba a descansar y dedicaba unos segundos a respirar. Cada vez notaba más la falta de aire y el dolor atacaba con más premura, por lo que a los pocos cientos de metros me vi en la obligación de parar cada seis pasos para no sentir pinchazos taladrándome la mente. Cada vez que llegaba a una estación me detenía unos minutos a descansar, sintiéndome derrotado por aquel montículo que no llegaba a los cuatro mil metros. Me encontraba físicamente bien. No estaba cansado y sentía que podría avanzar mucho más rápido. Pero sabía que si intentaba acelerar el dolor volvería de nuevo. Lo cual agravaba la sensación de impotencia. De repente el objetivo había pasado de ser subir a la cumbre a ir de estación en estación. En cada una de estas veía pequeñas botellas de oxigeno a la venta, que me miraban fijamente desde las estanterías manteniendo una hipnótica quietud. Pero eso habría sido demasiado. Bastante malo era tener que pagar por ir al baño como para pagar por el oxigeno que respirar. No hubiera podido mirarme de nuevo al espejo.

Últimos metros de ascensión
Últimos metros de ascensión

Con paciencia, la cima se fue acercando lentamente. Al fin y al cabo la altitud no era tanta. Los últimos doscientos metros de ascensión se convirtieron en una cola de gente a la espera para poder llegar y sentarse a ver el amanecer. Una cola digna de doña manolita. Llegué a lo alto cuando el sol estaba a punto de atravesar el horizonte y ya comenzaba a pintarlo todo de naranja. Disfruté de aquel espectáculo bajo un intenso frío. Las lejanas ciudades que horas antes luchaban por no ser absorbidas por la oscuridad daban la bienvenida a un nuevo amanecer, y con un mudo suspiro apagaban las luces por unas cuantas horas. Pero yo, sin poder disfrutar del todo por la presencia del fantasma que me había acompañado hasta la cumbre y demasiado preocupado sacando fotos, acabé comenzando el descenso con la sensación de no haber prestado la debida atención a aquel increíble lugar.

Contemplando el amanecer
Contemplando el amanecer
Montes lejanos
Montes lejanos

El descenso fue agotador. Con el cielo totalmente despejado de nubes me enfrentaba a unas cuantas horas de descenso sin nada de vegetación con la que protegerme del sol. A todo el cansancio acumulado durante la noche se le sumaba un sol de justicia, descendiendo por laderas de arena fina mientras tragaba nubes de polvo que mis predecesores levantaban con cada paso. Llegué a la quinta estación unas diez horas después de haberla abandonado. Solo podía pensar en la ducha y la mullida cama que me aguardaban en algún lugar a orillas de un lago. En librarme de todo el polvo que estaba tragando y en descansar. En finalizar una experiencia que estuvo bien, pero que podría haber sido mucho mejor. Aún y todo, las cosas suceden por que tienen que suceder. Volvería a repetirlo sin eliminar ninguno de los inconvenientes a los que me enfrenté. Pero con una actitud totalmente diferente.

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