Sulawesi

Tras haber visto una pequeña parte de la isla de java volamos a otra: Sulawesi. Lo hacemos con un día de retraso respecto a la fecha inicialmente planificada. Tenía clara la hora del vuelo, pero al parecer no tanto la fecha de despegue. Al revisar el billete para decidir a que hora despertarnos veo que el avión hace un par de horas que ha despegado por lo que al día siguiente toca madrugar para ir pronto al aeropuerto y comprar dos asientos en el primer vuelo disponible.

Casas típicas de Toraja
Casas típicas de Toraja

Aunque comprar los billetes en el aeropuerto no es tan sencillo como pensábamos, los conseguimos con bastante rapidez. Volamos hasta Makassar y nos metemos en un autobús nocturno que nos lleva hasta Tana Toraja, región en el sur de Sulawesi. Es una región mayoritariamente cristiana pero en la que a día de hoy todavía persisten tribus animistas que mantienen sus ancestrales tradiciones. Un pueblo cuyas creencias aseguran provenir de las estrellas, de las que bajaron por una escalera que conectaba la tierra con el cielo. Un pueblo conocido por sus ritos funerarios, sus cementerios excavados en piedra y por los tongkonan, altas casas de madera construidas a semejanza de barcos o cuernos de búfalo.

Tumbas excavadas en la piedra
Tumbas excavadas en la piedra

Roca ataúd
Roca ataúd

Estructuras construidas para el funeral
Estructuras construidas para el funeral

Nada más llegar asistimos a la ceremonia más grande de las que se han celebrado este año: el funeral de una mujer miembro de una familia de clase alta. Lo que es sinónimo de mucha gente, muchos animales y mucho dinero. Cuanto más rica es la familia, más caro el funeral que se alarga durante varios días. Se necesita tal cantidad de dinero para este tipo de ceremonias que pueden llegar a realizarse semanas, meses o años después de la muerte, de forma que la familia puede ahorrar la cantidad de dinero suficiente. El fallecido aguardará su momento en el tongkonan de la familia. Los invitados a estas ceremonias donan animales a la familia para que sean sacrificados en honor al difunto, regalos que son debidamente anotados ya que se consideran deudas que la familia debe devolver. El búfalo es el animal más valorado, y cuantos más sean sacrificados mayor será la fortuna del difunto.

Los búfalos, donaciones en honor a la difunta
Los búfalos, donaciones en honor a la difunta

Chavales con el atuendo tradicional en el funeral
Chavales con el atuendo tradicional en el funeral

Una de las cosas que más impactan al asistir por primera vez a este tipo de ceremonias es la alegría con la que transcurren. Todo el mundo parece feliz y sonriente, agradecido de aquella oportunidad para conversar con gente que de otra manera sería difícil. Conversaciones que por la alegría de sus participantes se nos haría imposible situarlas dentro de un evento como es la muerte de una persona. Unos diez turistas dábamos vueltas por el recinto cámara en mano sin que a nadie pareciese serle molesta nuestra presencia, deleitándonos con el alegre colorido en la vestimenta de la gente así como en los faldones de las estructuras de bambú elevadas para la ocasión. Al parecer, al igual que el número de búfalos que serán sacrificados, cuanto mayor es la cantidad de turistas mayor será el prestigio para la familia.

Camiones a la espera en el mercado de los búfalos
Camiones a la espera en el mercado de los búfalos

La antigua religión gira en torno al búfalo. Todas las familias, grandes o pequeñas, poseen al menos un búfalo. Estos animales son los que establecen el estatus de la familia, por lo que los cuidan casi mejor que a sí mismo. Los bañan regularmente y los mantienen bien alimentados. Solo los usan como alimento si han sido sacrificados en alguna ceremonia, en cuyo caso su carne se reparte entre las familias asistentes. Los búfalos con manchas blancas son los más valorados. Cuando más albinos más valor tienen. Y si ya son de ojos azules, su precio se despega. Asistimos a un gran mercado con infinidad de ellos, en el que decenas de camiones no paraban de ir y venir trasladando búfalos de un lado para otro. También asistimos a una pelea de estos mamíferos, posiblemente la más corta de la historia. A la primera arremetida uno de los dos búfalos de la contienda se dio a la fuga, saltando el muro de piedra por donde más gente congregada había y perdiéndose por entre las calles del pueblo. Mientras que el segundo se dirigió directamente hacia donde Ander y yo estábamos, los únicos dos turistas del lugar. Un chaval de unos dieciséis años se interpuso entre nosotros y el búfalo, y gritando y moviendo los brazos logró desviarlo de su trayectoria. No se si lo hizo por ayudar a aquel par de extrañas personas o porque simplemente estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones. Pero sea la razón que fuere nos fue de gran ayuda.

Al parecer se ha convertido en una costumbre entre turistas dormir en un tongkonan en compañía de un difunto. Nosotros pudimos dormir en uno de estas casas en nuestro tercer día por aquellas tierras tras asistir a una boda. Por suerte sin la compañía de una tercera persona. Fue todo lo interesante que puede ser dormir en un lugar lleno de polvo sobre un colchón que vete tu a saber que ha vivido. La boda fue otro cantar. De nuevo éramos los únicos extranjeros. Todos nos miraban y señalaban, pero fuimos acogidos como reyes. Un indonesio miembro de la familia me enseñó, o al menos lo intentó, la lengua de toraja. Cuando sacaron la comida compuesta de arroz, pescado y cerdo la gente le iba preocupada preguntándole si acaso yo no sabía que lo que me llevaba a la boca era cerdo. He perdido la cuenta de las veces que me han tomado por musulmán. Pero fue agradable ver la preocupación de aquella gente en una zona mayormente protestante respecto a las creencias particulares que yo pudiera profesar.

Muy bien nos lo pasamos y fuimos tratados de maravilla, pero el día siguiente apenas salimos del baño. Nuestro estómago no estaba preparado para la ingesta de aquella carne 98% grasa tras nuestra experiencia vegetariana de diez días. Dos días nos duró en boca aquel intenso y desagradable sabor que me hizo jurar no volver a probar el cerdo en mi vida. Una pena no haber sido musulmán.

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