Saltando al vacío

Cuando pusimos un pie por primera vez en tierra neozelandesa, sabíamos que lo hacíamos para experimentar nuevas emociones. Al fin y al cabo aterrizábamos en el país en el que se encuentra la capital mundial de los deportes de aventura, Queenstown. El gran reto estaba claro: saltar al vacío desde una avioneta.

Ander fue el primero en comentarlo. Aunque lo hacía de forma casual, a modo de broma. Pero aquel comentario surtió efecto: encendió una pequeña luz que hasta entonces había permanecido apagada en la zona oscura de nuestra mente. De vez en cuando aquella bombilla se volvía a encender, propagando su luz con facilidad en un entorno carente de obstáculos. Siempre sucedía de la misma manera: Ander afirmaba que yo iba a saltar con él, y yo le indicaba el porcentaje de acierto de aquellas palabras. Porcentaje que menguaba con el paso de los días.

En realidad sabíamos que hablábamos en serio al decir lo de saltar de una avioneta. Pero lo percibíamos como algo tan lejano que en lo personal no nos lo llegábamos a plantear de verdad. Es cierto que mi mente divagaba con la idea de vez en cuando. No me considero alguien temerario ni atrevido, y mucho menos hablando de algo para lo que no hemos nacido como lo es volar. Por lo que me imaginaba a mi mismo, agarrado a la puerta de la avioneta, con el instructor colgando a mi espalda y alguien desde el interior tratando de despegar los dedos de mis manos, que para entonces ya habían dejado impresa su marca en el fuselaje de la avioneta. Pero saltar a la nada seguía siendo algo tan abstracto que me era imposible hacerme a la idea.

Cuando llego el día, mi porcentaje de probabilidad de salto se encontraba por debajo del cincuenta por ciento. Un gusanillo me recorría el estómago. No me habría sentido en absoluto apenado si por voluntad divina algún contratiempo nos hubiera impedido llegar a la zona de salto aquel día. Algo como un pinchazo o un meteorito. Puede que no sintiera miedo en forma de ganas de correr, pero si que sentía inseguridad respecto a ser capaz de hacer frente a lo que se avecinaba.

En la charla introductoria que nos hicieron el gusanillo de mi interior se adormeció. Consiguieron imbuirme el deseo hasta entonces desconocido de querer sentir en mi piel esa sensación tan increíble de la que nos hablaban. Ese deseo vino acompañado de una sonrisa que me acompañó durante el resto del día. También ayudó saber que no tienes que hacer nada para tirarte de la avioneta. No tienes más que mirar hacia arriba apoyando la cabeza en el hombro del instructor y agarrarte a las correas del pecho. Perfecto. Con las manos ocupadas no podré agarrarme a nada. Según decían, la peor posición para saltar era la última, ya que ves como poco a poco el momento se acerca. Seguro que no hace falta decir a quien le tocó.

Preparados para la acción
Preparados para la acción

Nos pusimos el traje sonrientes y con ganas de saltar de una vez por todas. Con ganas de experimentar. Ya estábamos vestidos, así que era tarde para echarse a correr. Además, aunque todos los de la avioneta saltábamos por primera vez, nosotros éramos los mayores. Nuestro orgullo nos impulsaba a seguir sonriendo como bobalicones. Llegó la avioneta que nos transportaría a las alturas. Nos metimos en ella con nuestros instructores pegados a nuestros talones. Saltábamos ocho personas. Las cinco chicas que se metieron a la avioneta en última posición saltaban desde los doce mil pies. Los tres chicos que nos metimos antes seguiríamos subiendo un poco más hasta llegar a los quince mil. Ander y yo habíamos decidido no grabar nuestro salto en vídeo ya que era muy caro, y en su lugar aprovecharíamos para saltar desde lo más alto. Si íbamos a hacerlo solo una vez, lo teníamos que hacer a lo grande.

La avioneta despegó y pude disfrutar desde las alturas de la hermosa visión del lago Taupo y de las montañas circundantes. Según la avioneta ganaba altura el gusanillo fue despertando de su letargo. El instructor me mantenía ocupado comentando las vistas y mostrándome con su altímetro como de mil en mil íbamos ganando altura. Hasta llegar a los doce mil. En ese momento la puerta se abrió y una a una las cinco chicas fueron saltando. Ver la cara de sufrimiento que ponía alguna hizo que por unos instantes me olvidase de mis propias dudas, deseando que el mal trago se les pasara cuanto antes y comenzaran a disfrutar.

Acojonados pero sin dejar de parecer profesionales
Acojonados pero sin dejar de parecer profesionales

La puerta volvió a cerrarse y continuamos con el ascenso. Trece mil. Catorce mil. Las ganas de saltar habían vuelto otra vez. Según decían, estaba a segundos de sentir en mi propia piel la sensación más cercana a volar. Quince mil. La puerta se abre de nuevo y el primero sale por ella. Quedamos Ander y yo. Chocamos nuestros puños. Ander desaparece por la puerta con la sonrisa todavía puesta. Y entonces llegó mi hora.

Lo cierto es que en ese instante que transcurre desde mi asiento hasta la puerta, no tuve tiempo de pensar en nada. Al estar enganchado a mi instructor tenemos que avanzar a la vez, por lo que estaba más pendiente de atender a sus instrucciones que en asimilar la situación. Para cuando fui consciente del momento, estaba mirando al techo de la avioneta con las manos en las correas del pecho. Lo que vino después es indescriptible.

Me gustaría haber podido retener aquella sensación de alguna forma que me permitiese volver a sentirla. Pero ese minuto que pasé en caída libre fue el minuto más rápido de mi vida. Apenas dimos vueltas antes de conseguir la estabilidad, así que no me desorienté. Vi que caíamos sobre el lago, aunque en sí no lo sentía como caer. Era más bien como mantenerse estático en el cielo. Como volar. Fue tal la sensación de felicidad que me invadió en ese momento, que de repente me di cuenta de que estaba chillando. La necesidad de disfrutar de cada segundo me hizo sacar todo lo que tenía guardado en mi interior.

El momento en el que se abre el paracaídas no fue tan de golosinas y piruletas. No tenía el arnés bien puesto, o al saltar se me debió de mover. Cuando note el tirón, donde más lo noté es en la sección derecha de esas cosas colgaderas. No os resultará difícil creerme si digo que cuando el paracaídas se abre, el frenazo que pegas es bastante violento. Fueron momentos en los que me puse un tanto sentimental, pero traté de recuperarme lo antes posible para volver a disfrutar de todo aquello. Empezamos a dar vueltas y más vueltas con el paracaídas. Incluso pude hacerme con los mandos para controlarlo yo mismo.

Como todo lo bueno, llegó a su fin. Me quedé con ganas de pasarme todo el día tirandome de una avioneta, y tratando de recordar aquella sensación que solo duró unos sesenta segundos.

Foto tras sobrevivir
Foto tras sobrevivir

4 comentarios en “Saltando al vacío

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