Mount Owen IV

Imagen de portada: Más fotos desde el Mount Roy
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Algo desmoralizados, deshacemos el camino por entre los matorrales y nos metemos de nuevo al río. Aunque con dificultades, conseguimos no caer y regresamos al punto de partida, desde donde nos habíamos metido al agua la primera vez. Nos quedan cinco horas de camino, atravesando dos bosques y subiendo las cumbres que los separan, bajo la luz de la luna. Pero lo primero es lo primero. Entrar en calor.

Algo que nunca dejamos de hacer para ir al monte, por suerte, es ir bien preparados. Encendemos uno de los frontales que traemos y nos quitamos toda la ropa húmeda. Me lleva tiempo hacerlo porque al igual que los pies, mis manos están congeladas y me cuesta mover los dedos. Además, con la piel mojada se me hace bastante difícil ponerme la ropa térmica por ser muy ajustada. Bajo la ira contenida de Ander, que al igual que yo no siente los pies y quiere ponerse en marcha cuanto antes, consigo cambiarme y meter la ropa restante en la abultada mochila. Nada más desprendernos la ropa mojada, la mejoría es inmediata. Nos sentimos mucho más cómodos y relajados.

Una vez tomada la decisión de volver, y sabiendo lo que nos espera, nuestra mente se adapta y el cansancio desaparece de una forma casi mágica. Nos ponemos de nuevo en marcha. Con cada paso notamos como la sensibilidad va regresando a nuestros pies. Como tenemos por delante muchas horas andando en completa oscuridad, Ander propone ir con un solo frontal. No es mala idea, ya que si los dos frontales que tenemos se quedan sin pilas a mitad de camino, seguir sería un poco complicado. Eso nos deja a Ander detrás con el frontal y a mi delante, andando en más de una ocasión sin estar seguro de donde piso. Tampoco es plan de quejarme, ya que con las prisas de la salida, al preparar la mochila se me olvidó coger mi frontal mientras que Ander se hacía con los dos restantes. Y como plan B llevamos también una lámpara de gas, por lo que calculamos que tenemos horas de luz suficientes.

Vistas subiendo al Mount Roy
Vistas subiendo al Mount Roy

Al llevar solo un frontal avanzamos de manera lenta para evitar sorpresas. Además que no es fácil encontrar el camino de vuelta. No hay sendero a través del bosque. Solo tenemos las señales naranjas clavadas en los árboles, y estas no brillan al reflejar la luz. Por todo esto avanzamos despacio, rebuscando entre los árboles, hasta dar con el siguiente triángulo anaranjado. Convertimos el avistamiento de una nueva marca en toda una fiesta. Más de un animalillo nocturno habría flipado al ver a dos tíos gritando eufóricos en mitad de la noche. Nunca avanzábamos sin estar seguros de ir en la dirección correcta. De perdernos en aquél bosque, sería en extremo complicado volver a dar con la senda original. En general no tuvimos grandes problemas al avanzar de forma lenta, salvo en un momento en el que perdí la orientación. Tras seguir durante unos metros una senda falsa, regresamos al camino. Yo estaba seguro de haber venido desde abajo mientras que Ander pensaba lo contrario. Fuimos por donde el decía y resultó ser la opción correcta. De haber tomado el otro camino, nos habríamos pegado un buen rato andando hasta darnos cuenta de nuestro error.

Antes de llegar a las cumbres, hacemos una parada bajo una cornisa que impide que el suelo se moje con la lluvia. Echamos un trago de agua y al sacar algo de comer nos damos cuenta de que no hemos comido nada desde el desayuno, salvo por el puñado de frutos secos que hemos tragado al poco de empezar. Llevamos horas sin comer ni descansar. Pero tampoco nos podemos parar mucho, porque en cuanto lo hacemos el frío no tarda en hacerse notar.

Amanecer sobre Wanaka
Amanecer sobre Wanaka

Una vez llegamos a las cumbres nos sorprende no encontrar ni lluvia ni viento. La noche está en calma y el cielo despejado de las nubes que durante el día nos han hecho compañía. Sin árboles la luz de la luna llega a todos los rincones, por lo que podríamos incluso andar sin necesidad de frontal. Mientras que a la ida un fuerte viento nos recibía obligándonos a continuar, ahora es como si la noche nos invitara a detenernos. A lo lejos se ve la luz anaranjada de una ciudad desconocida. Como una señal más indicando el camino. Es la primera vez en muchos días que vemos un cielo lleno de estrellas.

Comenzamos a descender a través del bosque que nos llevará hasta nuestro nuevo destino. Atravesamos la cascada sin contratiempos. En este descenso es cuando más cuidado debemos tener. El suelo esta lleno de ramas y de oscuras raíces que se ocultan entre las hojas y que nos hacen resbalar una y otra vez. Aún yendo despacio, debido a la escasa luz y al cansancio que poco a poco regresa, nos resulta imposible no tropezar de vez en cuando.

La cuesta se hace interminable. Tras casi siete horas sin parar de andar nos movemos más por inercia que por otra cosa. Nos duele el cuello y los trapecios por culpa de la mochila. Mis rodillas empiezan a ir por libre. Llegamos al cartel que indicaba cuatro horas hasta el albergue, así que sabemos que nos quedan menos de dos para llegar. A partir de este punto avanzamos con un frontal cada uno. Tenemos que parar cada dos por tres a estirar las piernas y sentimos como si en cualquier momento fueran a dejar de funcionar. Pero por imposible que nos pareciese, al final conseguimos llegar a nuestro destino. Nada más llegar nos quitamos las mochilas y las tiramos al suelo, agarrándonos a la furgoneta para evitar salir levitando.

Arrancamos el coche para dirigirnos al lugar en el que tenemos planeado dormir, para encontrarnos con que algo similar a un huracán a tenido que pasar por allí en nuestra ausencia. La carretera está llena de ramas. En varias ocasiones tenemos que bajar a quitarlas del camino. En una de ellas nos encontramos lo que parece un árbol entero de lado a lado. Apartando unas ramas y doblando otras, conseguimos hacer el hueco suficiente para la furgoneta.

Al día siguiente, al deshacer la mochila, me encuentro con que al prepararla para subir se me olvidó sacar de ella el libro de teoría del curso de submarinismo que hice en Filipinas. A eso le llamo yo ir preparado para todo.

2 comentarios en “Mount Owen IV

    1. Calla calla, que casi me pegan por hacer demasiados tomos! Ya sabes, gente inculta que no aprecia la buena literatura. Aunque no debemos culparlos. Tenemos que aceptarlos con sus leves defectos. Los quiero igualmente.

      Paz y amor, hermanos.

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