A varios metros bajo tierra

El día antes de llegar a Te Anau para comenzar con nuestra travesía a lo largo del Kepler Track, hacemos una parada en la Waiau cave. Un francés nos ha dicho que está repleta de luciérnagas y que merece la pena visitarla. Además queda cerca de donde hemos pasado la noche, así que no nos lo pensamos dos veces.

Entramos a la cueva sin tener grandes expectativas. No está tan preparada como otras cuevas de Nueva Zelanda en las que debes pagar entrada, por lo que presupongo que poco es lo que en ella nos vamos a encontrar. Seguro que os sorprende, pero no podía estar más equivocado. Esta será una de las cuevas que más disfrutaremos en este país.

Las formaciones rocosas de la cueva no presentan gran atractivo. Lo mejor es que al tratarse de una cueva baja y estrecha, te ves obligado a ensuciarte y a andarte con ojo. Eso es lo entretenido. Andamos y andamos sin toparnos con una sola luciérnaga. Nos sorprende su longitud. Es mucho más larga de lo que nos habíamos imaginado. Aunque hoy en la superficie luce el sol, los últimos días no ha parado de llover. Puedo escuchar el fluir de ríos subterráneos que quedan ocultos a mis ojos. De momento no hemos visto una sola lucecita, pero estamos disfrutando del camino.

Cuando ya llevamos un buen rato atravesando la cueva, nos cruzamos con gente que se dirige hacia la entrada. Según comentan, algo más adelante se ha formado un lago que hace imposible continuar. No puede ser. No podemos dar media vuelta sin haber visto una sola luciérnaga. Maldita la hora en la que han llegado las lluvias.

Tras andar unos cuantos metros más, llegamos al tramo al que hacían referencia. Un pequeño lago obstruye el camino, de pared a pared. Es demasiado profundo como para vadearlo. De repente, sorprendiéndome a mí mismo y bajo la atenta mirada de Ander y de un alemán que nos acompaña, me despojo de las zapatillas, el abrigo y los pantalones. Puede que tenga demasiada facilidad para quedarme en calzoncillos. Desciendo al borde del lago y valiéndome de las pocas hendiduras que encuentro en la lisa pared, trato de llegar hasta el otro lado. Compruebo que con cuidado de no resbalar, es posible conseguirlo sin mojarte más allá de las rodillas. Ander y el alemán poco después se desprenden de su ropa y cruzan el pozo.

Una vez estamos los tres al otro lado del pozo, proseguimos con el camino en calzoncillos. Llegamos a una pequeña sala circular y vemos como nuestro esfuerzo queda recompensado. El techo queda alumbrado con el tenue resplandor de decenas de estos bichitos. Como si tras pasar demasiado tiempo dentro de la cueva, hubiéramos salido de nuevo a la superficie encontrándonos con un cielo repleto de estrellas.

Cuando nos aburrimos de contemplarlas, decidimos proseguimos con el camino. La cueva parece continuar y tenemos curiosidad por ver hasta donde nos lleva. Acabamos llegando al final de la cueva, donde una abertura permite subir a la superficie. Salimos a disfrutar un rato del sol para descubrir que la salida queda cerca de la carretera. Hubiese sido graciosa la cara del conductor que decidiese pasarse por allí en aquel preciso instante, encontrándose en mitad de la nada a tres tíos en gallumbos.

Tras volvemos a la cueva para regresar al punto de inicio, una vez hemos atravesado de nuevo el lago y nos hemos vuelto a poner la ropa, nos damos cuenta de que en casi todas las salas que cruzamos encontramos luciérnagas. Lo más probable es que al pasar por primera vez nuestra vista todavía no se había adaptado a la oscuridad, y nos habían pasado desapercibidas. Al final resulta que no había tanta necesidad de quitarse los pantalones. Pero que no nos quiten lo bailao.

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