Banaue & Batad

A estas alturas tenemos más que comprobado que no hay forma posible de prepararse para un viaje en un autobús filipino. Todos son similares entre sí, como el pequeño detalle de que a todos les gusta poner el aire acondicionado al nivel “escarcha en barba”, por ejemplo. Pero cada autobús tiene una particularidad que le hace diferenciarse del resto, convirtiendo el viaje en una experiencia única. La particularidad del autobús que nos lleva al norte es redundante. El frío.

Nos montamos a las 9pm en un autobús que sale de Manila dirección Banaue. Este será nuestro último viaje por tierras filipinas ya que en seis días cogemos un vuelo a Singapur. Vamos a realizar la visita relámpago que Ed, el padre de Kara, nos ha planificado por las ciudades de Banaue, Satad y Sagada. Cambiamos las playas por las terrazas de arroz. Nada más subir al autobús el conductor nos lanza a la cara, sonrisa en ristre, un “abrigaros que va a hacer frío”. Dudo que se refiera a la temperatura exterior. Las garrillas me tiemblan y me agarro al asiento más próximo para no caer. Nunca antes nos han avisado del frío. ¿Habrá querido decir que va a hacer frío, pero mucho mucho? Por si acaso me pongo el pantalón y meto el jersey y el pareo en la mochila pequeña. No quiero acabar de nuevo con fiebre. Somos los primeros en subir. Poco a poco la gente va llegando hasta que el autobús se llena. Todos somos guiris. Desclavo las uñas del reposabrazos y el esfínter se me relaja. Seguro que el conductor nos había tomado por principiantes. Pardillo…

Llegamos a Banaue a las 6am. Salgo del autobús tiritando y arrepentido por haber dejado el plumas en la mochila grande. Joel, el guía que Ed nos ha recomendado para visitar Banaue nos está esperando en la estación. No se le puede pedir más a la planificación de un viaje. Ed ha preparado un itinerario de cuatro días a todo lujo de detalles: guías en cada ciudad, alojamieno, transporte, horarios, lugares a visitar, sitios en donde comer, precios, etc. Así es muy fácil viajar.

Terrazas de Banaue
Terrazas de Banaue
Joel nos lleva a desayunar a un hostel en el que le tratan como a uno más de la familia. La verdad es que allí todos son muy majos, son una agradable compañía. Mientras desayunamos arroz con longaniza Joel nos habla de Banaue y de todo lo que nos permite hacer. Nosotros pensábamos que él nos iba a acompañar a ver las terrazas de arroz, pero nos comenta que debido a un compromiso tiene que atender a otra pareja de turistas. Nos pilla descolocados, pero la idea de ir por nuestra cuenta nos tienta. Por lo que emprendemos en solitario el ascenso a los diferentes miradores que vigilan las terrazas de arroz.

Terrazas de Banaue
Terrazas de Banaue
En el más lejano de los miradores nos volvemos a topar con Joel y con los dos franceses para los que hace de guía. Amablemente nos ofrece acompañarlos a lo largo de una travesía que cruza las terrazas. Lo primero que nos viene a la cabeza es que el hombre trata de sacar la máxima rentabilidad posible a la mañana. Y aunque la idea de andar entre terrazas nos seduce, no nos apetece acompañar a dos desconocidos tras pasar una tranquila mañana de paseo en solitario. Decidimos declinar la oferta e intentar sumergirnos en las terrazas por nuesta cuenta.

Atravesando las terrazas de Banaue
Atravesando las terrazas de Banaue
El trayecto es complicado, subiendo de terraza en terraza y andando por estrechísimas acequias con mucho cuidado de no caer. Ir por nuestra cuenta nos obliga a mezclarnos con los lugareños para preguntarles como llegar a nuestro destino. Casi todos comienzan diciendo que sin un guía lo más probable es que nos perdamos, para seguido ofrecernos sus servicios. Pero todos ellos, tras declinar amablemente su ofrecimiento y mostrar nuestro empecinamiento, acaban desistiendo y mostrando el camino a seguir. Por supuesto que en alguna ocasión nos perdemos y llegamos a pasar varias veces por el mismo lugar. Pero aún así, más de una vez nos vemos obligados a parar para no adelantar a Joel y a sus dos franceses. De haberlos acompañado, llevaríamos rato asqueados por tener que seguir aquel ritmo de limaco.

Estatuas en las terrazas de arroz de Banaue
Estatuas en las terrazas de arroz de Banaue
Una vez de regreso en el hostel donde hemos desayunado, nos encontramos de nuevo con Joel. Comemos un plato de pasta mientras nos da conversación. Todos los recelos que guardábamos respecto a él acaban disipándose. No se acerca en nada a la idea que nos habíamos formado. Nos da consejo, nos ayuda a planificar el viaje a Batad que tenemos pensado para la tarde, nos reímos mucho y se niega en rotundo a cobrarnos tanto por su ayuda como por el traslado desde la estación de autobuses, alegando que para él es suficiente con que hayamos hecho gasto en el hostel. Una pena que tras la despedida, ya posiblemente nunca más volvamos a cruzar nuestros caminos.

Tras comer nos espera un trayecto en triciclo de una hora, recorriendo un sinuoso camino de pronunciadas pendientes. El ruido que hace el motor al pelear en cada cuesta es infernal, y el conductor no para de girar esquivando obras o piedras desprendidas de las faldas de las montañas. Pero aún con todo eso, ambos dos estamos dormidos para cuando llegamos a Batad saddle point. El cansancio nos ha vencido. Desde este punto nos espera un descenso de 45 minutos hasta el pueblo. No hay mejor forma de despertarse.

Batad rodeado de terrazas
Batad rodeado de terrazas
Terrazas de Batad desde el mirador
Terrazas de Batad desde el mirador
Las terrazas de Banaue las habíamos disfrutado por el paseo hasta los miradores y por la aventura de atravesarlas, pero no se puede decir que sean unas terrazas muy vistosas. Gran parte de ellas estaban sin plantar. Pero tras tomar la última de las curvas de la bajada y encararnos a las terrazas de Batad, nos quedamos sin aliento. Estas descienden ocupando toda la ladera de una enorme montaña para luego rodear el pueblo, el cual se mantiene anclado a tierra a modo de faro ante el batir de una enorme ola de color verde intenso. Es ese color increíble que tanto maravilla en un arrozal el que parece extenderse por todos lados. Hemos llegado en la época perfecta. Ha merecido la pena viajar hasta Batad solo por ver las terrazas.

Una de las cosas que nos ha llamado la atención desde nuestra llegada al norte es como casi todos los hombres que hemos visto, salvo contadas excepciones como Joel, mascan algo que dicen les da energía. Parece ser una mezcla de sustancias de todo tipo y extracto de hoja de coca, que deja dientes y labios de color rojo y les obliga a escupir al suelo cada dos por tres. Como si de una peli del salvaje oeste se tratase. Es una costumbre que desde el principio se nos antoja un tanto desagradable. Y da la impresión de que algunos la mastican hasta cuando duermen.

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