Camiguín

Tenía pensado hablar en este post sobre los mamuts lanudos y las tribus de pingüinos salvajes que nos encontramos en la subida al Hibok Hibok, el volcán más alto de la isla de Camiguín. Pero si lo hago, Ander luego dirá que exagero demasiado. No puedo estar más en desacuerdo con él. Lo que yo hago es ayudarme de un mecanismo literario tan valioso como la hipérbole, la cual considero la sal de la vida en esto de la escritura. Sin ella nos encontraríamos ante un mundo plano y unicolor. Es cierto, admitiré, que de vez en cuando se me puede ir un poco la mano. Como cuando dije que los tiburones ballena pueden alcanzar los 32 metros de largo. Hektor, que parece ser de los pocos que realmente prestan atención a lo que escribo, investigó el tema y me dijo que no se han encontrado nunca tiburones ballena de más de 16 metros. Un pequeño desliz. Aunque seguro que la culpa es de la chica que nos dio la charla informativa en la reserva de Oslob. Perdonémosla porque errar es de humanos.

Foto con uno de los seguratas de la discoteca. Un crack de pies a cabeza
Foto con uno de los seguratas de la discoteca. Un crack de pies a cabeza

Volviendo a lo que nos ocupa, nos despedimos de Rob tras una noche de fiesta en Manila. Nos habíamos vuelto a encontrar con él tras abandonar Coron y ahora llega el momento de la despedida definitiva. El momento de dar comienzo al viaje con Ander. Cogemos un avión que nos lleva de vuelta al sur de Filipinas, a la ciudad de Cagayan de Oro, en la isla de Mindanao. Y nada más poner el primer pie en tierra, se desata la locura. La salida del aeropuerto, en la que nos encontramos en ese momento, se encuentra rodeada de stands que ofrecen servicios de transporte a la ciudad. Y al otro lado de esos stands, de 20 a 30 personas que al unísono y antes siquiera de percatarnos de su presencia se ponen a gritar como poseídos. Todos nos miran, somos los únicos turistas en ese momento y tratan de atraernos con gestos y chillidos, sin cortarse un pelo. Vete a saber cuanto tiempo llevan esperando a que algún incauto turista se deje caer por allí en esa mañana. Ander y yo nos miramos incrédulos, sin saber que hacer. Veo que algunos incluso sonríen al ver nuestras caras de perplejidad. Nos han pillado con la guardia baja. Somos como dos conejos en medio de una autopista cegados por los focos de un coche.

Foto en White beach.
Foto en White beach.

Tras elegir uno al azar, llegamos a la ciudad y nos subimos a un autobús que nos acercará al puerto de Balingoan, en donde pensamos embarcar al primer ferry con destino a Camiguín. Intentamos dormir un poco ya que ha sido un día largo y todavía nos quedan unas cuantas horas de viaje por delante. Pero la realidad nos da con la puerta en las narices. Los autobuses en Mindanao son de los peores que he visto en el país. Conducen a lo Colin McRae y son incapaces de pasar más de un minuto sin darle a la bocina: bocinazo para adelantar, bocinazo al ser adelantado, bocinazo para espantar perros, bocinazo para espantar gallinas, bocinazo para saludar a los colegas, bocinazo para que la gente se aparte, bocinazo por lo que pueda aparecer al otro lado de cada curva, etc.

White beach
White beach

Tras unas cuantas horas de autobús y de ferry, Camiguín se materializa ante nosotros. Es una isla que de primeras me recuerda a Siquijor, puede que solo por ser pefecta para recorrerla en moto. Es bastante más grande, con nada más y nada menos que siete volcanes repartidos a lo largo y ancho de la misma. Alquilamos un par de motos y nos lanzamos a la carretera en busca de un lugar en el que pasar la noche. En ese momento todavía no nos hemos enterado del apagón que por la noche sumirá la isla en plena oscuridad. Esa misma mañana algo ha pasado a mejor vida en el transformador de la isla y hasta el tercer día no conseguirán ponerlo de nuevo en funcionamiento. Más de dos días sin luz, y peor aún, sin internet! Lo curioso es que todo permanecerá cerrado durante ese lapso de tiempo, incluso las termas, como si los volcanes se estuvieran enfriando a causa del apagón.

El volcán Hibok Hibok, en el medio, desde la isla de White beach.
El volcán Hibok Hibok, en el medio, desde la isla de White beach.

Tampoco creáis que por no tener acceso a internet nos pasaremos esos dos días en alguna de las esquinas de la habitación en posición fetal. Como de día el sol sigue alumbrando, aprovechamos para hacer bastantes cosas. El día siguiente a nuestra llegada nos vamos a hacer snorkel a un cementerio español que se inundó con el nacimiento de uno de sus volcanes: el Mt. Vulcan. El arrecife que nos encontramos en este cementerio olvidado nos sorprende para bien. Está lleno de vida y no tiene nada que envidiar a los vistos en anteriores lugares. Lo único malo es que por culpa del equipo de snorkel, el cual no me puede quedar peor, me pasaré unas tres horas echando agua salada por la nariz. Esa misma tarde nos acercamos hasta la isla de White Beach a descansar un poco. La isla tiene la particularidad de ser solo arena de playa. Al llegar, solo nos encontramos a seis personas en ella, por lo que es el momento perfecto para tumbarse y tomar el sol con total tranquilidad.

Atravesando el cráter del volcán
Atravesando el cráter del volcán
Con Ronald en la cima
Con Ronald en la cima
Comiendo en la cima del Hibok Hibok
Comiendo en la cima del Hibok Hibok

Al día siguiente nos toca madrugar. Hemos decidido subir el Hibok Hibok, el volcán más alto de la isla con 1330 metros de altitud. En la ascensión nos acompaña Ronald, un guarda forestal y guía de la isla. Llevábamos tiempo con ganas de hacer algo parecido, de sudar la camiseta pero con motivo, no solo por razones climatológicas. Ganas de pegarnos una buena caminata y sentirnos de nuevo saludables y en forma. Avisados de antemano por Ronald, vamos preparados con nuestras estupendas zapatillas de trekking: nos esperan cuestas escarpadas y resbaladizas. Pero se ve que solo los turistas son los que se resbalan ya que allí aparece él, con sus para nada relucientes hawaianas. Atravesamos el cráter rodeados de malos presagios: la cumbre aparece rodeada de nubes. Nos paramos un rato a descansar y a ver si la situación mejora, pero solo un milagro podría despejar la cumbre de aquellas nubes. Al poco rato reiniciamos el ascenso, y al llegar a lo más alto comprobamos que todo sigue igual. Es imposible ver nada desde lo alto. En un día despejado las vistas habrían sido increíbles. Que le vamos a hacer. A esto de los viajes hay que darle un toque de improbabilidad, de aventura. Si todo sale perfecto se pierde parte del misterio. En resumidas cuentas ha sido una buena mañana. Ha merecido la pena solo por el ejercicio físico y por conocer a Ronald. Durante la bajada queda demostrado que las hawaianas de Ronald no son las típicas hawaianas. Mientras Ander y yo no paramos de resbalar, allí que va el Ronald delante nuestra pasito a pasito, enviando mensajes con el móvil. Ni una sola vez le hemos visto resbalar ni hacer amago de tropezarse. Todo un artista.

2 comentarios en “Camiguín

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s