Coron I

Coron es el último destino antes del comienzo de mi viaje mano a mano con Ander. Roberto tiene la suerte de poder viajar un mes entero por lo que nos acompaña durante una semana más.

Llegamos a Coron city tras un viaje de casi 7h en un banca de grandes dimensiones (recordad que un banca es un barco de estilo filipino). Un viaje largo e incómodo que me lo paso de un lado a otro, de cubierta en cubierta y de proa a popa, intentando descubrir una postura que no me deje alguna parte del cuerpo dolorida. Llegamos a Coron city sin alojamiento reservado. Por ser demasiado ratas para pagar 60 céntimos pensando que el Backpacker’s hostel debería encontrarse cerca, nos pasamos 15 minutos andando bajo un sol abrasador y encima al llegar nos enteramos de que está completo. Pero no nos cuesta mucho tiempo encontrar otra alternativa a un precio asequible. Mientras vamos en busca de alojamiento nos topamos con un sitio de buceo con bastante buena pinta y no muy caro. Yo venía con intenciones de sacarme el certificado de buceo para dejar de pagar de más por novato cada vez que me entren ganas de bucear, pero comenzar al día siguiente me parece demasiado. Estoy cansado y lo único en lo que pienso es en descansar. Como siempre andamos con un calendario muy apretado me acaban convenciendo para comenzar cuanto antes. Por lo que señoras y señores, comienza mi instrucción como buceador de aguas abiertas.

A día de hoy, cuando escribo estas líneas, muchos ya sabréis que al final lo conseguí y que tengo ya licencia de buceador. Pero durante el curso no siempre estuve seguro de ser capaz de conseguirlo. En varias ocasiones me vi de patitas en la calle o siendo pasto de pececillos multicolores. Lo mejor será comenzar por el principio.

FB_IMG_1427005851306[Foto 1: Mis compañeros de curso con la instructora]
En el curso me acompañan una canadiense, una noruega y un australiano. Resulta que con la noruega había coincidido anteriormente: vino en el mismo barco que nosotros desde El Nido. Como para la pobre la luz del sol es algo novedoso, se pasó las siete horas de viaje en la cubierta superior echándose la siesta bajo un sol de justicia. Y aquí está ahora, sacándose la certificación conmigo, más roja que la bandera de China pero sin perder la sonrisa. El primer día consiste en ver diversos videos sobre submarinismo y en dar comienzo a los primeros ejercicios en el agua: ecualización, máscara y respiración. Los hacemos en aguas poco profundas de manera que si alguien entra en pánico con ponerse en pie es suficiente. No se me dan muy bien los ejercicios de quitarme y ponerme la máscara bajo el agua, pero no me preocupa demasiado. Supongo que la cosa mejorará con la práctica. Llega la hora de comer. Nos quitamos el equipo de submarinismo mientras el olor a comida despierta el tigre que hay en mí. Me siento para descansar. Hemos comenzado a las ocho de la mañana y no hemos tenido ni un solo momento de respiro. A eso hay que añadir el cansancio del viaje del día anterior. Aunque de momento todo va bien. Todo son casitas de chocolate y farolas de piruleta. Entonces es cuando la instructora habla y dice que ha llegado la hora de hacer el test de natación.

El cielo celta se cae sobre mi cabeza. Sabía que este momento iba a llegar tarde o temprano, pero lo hace en el peor momento. No es que nadar se me dé mal, pero tampoco bien. Siempre me he considerado un hombre de secano. Encima llevo casi un año sin hacer ejercicio aeróbico, por lo que a los veinte metros de comenzar a nadar mi cuerpo se resiente. Aun y todo no me preocupa demasiado. Gran parte de mis amigos ya se han sacado el certificado de buceo en Tailandia y todos ellos dicen que la prueba de natación consiste en dar dos vueltas al barco. Eso va a ser cosa de dos minutos. Y luego a comer.

Los pelos se me ponen como escarpias cuando la instructora abre por segunda vez la boca, expulsando plagas bíblicas por ella. Nos da a elegir entre doscientos metros a nado o trescientos haciendo snorkel. Mátame camión. Sin saber dónde meterme, cuento con los dedos los metros que he nadado a lo largo de mi vida. No llegan a ciento ochenta. Así es, tengo muchos dedos. Adiós al certificado. No me lanzo desde lo alto del palo mayor porque los bancas van a motor.

IMG_20150301_183002[Foto 2: Foto desde nuestro hostel]
Me arriesgo con los trescientos metros snorkel. Es más largo pero cuando más energía pierdo es al respirar, por lo que eso que me ahorro. Haciendo snorkel no hay más que darle a las piernas y listo. Me meto al agua pálido pero con esperanzas de salir vivo. Tengo que ir en línea recta hasta una piedra situada en mar abierto y volver. Comienzo a nadar con ímpetu, demasiado quizá, porque a mitad de la ida ya estoy para el desguace. Me doy cuenta de que el agua cristalina mola hasta que sin fuerzas y sin tener a dónde agarrarte, empiezas a jurar al ser posible ver los siete metros de profundidad que hay debajo de ti. Jadeando consigo llegar hasta la piedra y veo que soy el primero en hacerlo. Así me gusta. Si muero será con las botas puestas.

Toca volver. Ciento cincuenta metros me separan del barco. El hecho de que cubra tanto me empieza a acojonar un poco, aunque solo lo suficiente como para no perder la hombría en ningún momento. Decido hacerme el loco y olvidándome de eso de ir recto, nado hacia la playa en lugar de ir directo al barco. Con la corriente nunca se sabe. Además que mi inglés dista de ser perfecto. Brazada tras brazada, nado con los ojos cerrados para no ver el fondo. O la distancia hasta el fondo mejor dicho. Porque los pececillos del fondo siguen siendo bastante bonitos. Un minuto después más o menos, miro hacia delante para ver lo cerca que me queda la playa y darme esperanzas, pero no veo nada más que agua por todos los lados. Estoy nadando mar adentro. Al final va a ser cierto que hay corriente!

No me digáis como lo hice, pero al final mi cabeza acaba chocando contra el barco. Totalmente desfondado aspiro inmensas bocanadas de aire para recuperarme. Subo al barco, me dirijo tambaleante hasta mi plato de comida, me siento y me quedo mirándolo. Después del esfuerzo tengo el estómago cerrado. A ver si vuelvo a hacer deporte un día de estos. Debo añadir que todo el rato iba con las aletas puestas, lo que facilita bastante la labor. Haberlo mencionado antes os podría llevar al equívoco de pensar que exagero un poco. Y yo seré muchas cosas, pero, ¿exagerado? ¡Venga hombre!

IMG_20150228_181953[Foto 3: Atardecer en Coron]
El segundo día del curso fue bastante más tranquilo. Más videos y más ejercicios con la máscara. Me cuesta deshacerme de esa manía de respirar por la nariz, por lo que al quitarme la máscara y respirar por la boca sigo tragando agua.  Es cuestión de concentrarse en respirar únicamente por la boca. Esta vez me ayudo tapándome la nariz con los dedos y expulsando aire después a través de la misma. La cosa parece que mejora. A ver si poco a poco me voy acostumbrando. Por lo menos, aun tragando agua noto que no me pongo nervioso, lo cual ayuda bastante. Este segundo día también hicimos varios ejercicios de rescate y otro que consistía en como reaccionar si bajo el agua se te sube el gemelo. Cuando me toca el turno de hacer el ejercicio me pillan pensando en otras cosas, por lo que a la instructora en vez de entenderle que se me sube el gemelo (cramp) le entiendo que tengo un cangrejo en la pierna (crab). Evidentemente, yo me quedo ojoplático. ¿Ejercicios contra cangrejos? Pero qué clase de cangrejos hay por aquí, ¿de veinte kilos? Al final bajé a tierra y pude entender de qué iba el asunto.

El tercer día va mucho mejor. Esta vez los ejercicios con la máscara me salen perfectos. Tan fácil como ponerse los calzoncillos en la cabeza. Parece que me voy acostumbrando a respirar por la boca. A la tarde encuentro por mí mismo un pez piedra, lo cual me hace sentir realizado. No todos son capaces de mirar fijamente a una piedra durante media hora hasta percatarse de que se mueve por voluntad propia, y no por la marea.  Incluso la instructora me da la enhorabuena, aunque a la media hora me estará echando la bronca del siglo. Tras subir a la superficie en un ejercicio con la noruega, volvemos a bajar para no encontrar a nadie. Sin saber qué hacer, avanzamos varios metros hasta un punto que nos resultaba familiar. De no encontrar a nadie mi intención era subir nuevamente a la superficie, pero antes de llegar notamos un tirón en la pierna. Era la instructora. Nos manda subir y con ojos inyectados en sangre nos dijo de todo. Pensaba que nos estábamos yendo de paseo, lo cual evidentemente no es muy locuaz cuando apenas se tiene aire en la bombona. Tratar de razonar con ella fue imposible, por lo que tuve que callarme y aguantar el chaparrón. Durante un momento incluso llego a pensar que nos la iba a liar y a dejarnos sin certificado, pero según regresábamos a tierra las aguas volvieron a su cauce.

Ya era open water diver!

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