Apo Island

Nos despedimos de Siquijor con esperanzas de volver a tropezar en nuestro camino con un lugar similar. Días después aún seguiremos hablando de los momentos vividos en la isla.

Nos trasladamos a Dumaguete sin tener nada planificado para la tarde, así que toca rellenar horas vacías hasta la llegada del amanecer. Por suerte o desgracia, comienzo un nuevo año de mi vida en compañía de 5 personas que van a tratar de recordarme sin contemplación alguna que uno se hace mayor. No podría describir esa noche ni por descuido. Un cúmulo de eventos paranormales y experiencias que ninguno está seguro de haber vivido realmente. Quedémonos con lo importante: sobreviví.

A la mañana siguiente embarcamos en un catamarán con destino a los arrecifes de Apo Island para nadar entre tortugas. Este día se nos unen seis personas más, por lo que ya somos 12 personas viajando en grupo. Teníamos la impresión de que sería una locura viajar con un grupo tan numeroso, pero por fortuna resultó ser un placer tener como compañeros de viaje a todos y cada uno de ellos. Son buena gente.

A medio camino de la isla divisamos a babor (aunque perfectamente podría ser a estribor. Digamos que a la derecha) un grupo de delfines dándose un festín en lo que parece un banco de peces. Nos comentan que no es algo usual, que tenemos mucha suerte de encontrárnoslos, y varían el rumbo para aproximarnos a ellos. Fue increíble ver como todos los delfines dejaron lo que estaban haciendo para ponerse a nuestro lado y nadar junto a nosotros durante unas cuantas decenas de metros. Por suerte me pillaron con la GoPro en la mano, aunque sin su carcasa de seguridad ni la cuerda para atarla a la muñeca, por lo que pude grabarlos con mis cojoncillos de corbata. Pero fue un espectáculo digno de presenciar. Tumbado en la plataforma de popa del catamarán con los delfines saltando a dos metros por debajo de mí. Un regalo  increíble y totalmente inesperado.

El primer día de mi año 31 comenzaba de forma inmejorable y de la misma manera acabó. Tenía intenciones de bucear alguna vez y esta era la oportunidad perfecta. Junto a Itziar y Eneko, quienes al igual que yo no disponían de certificado de submarinismo, nos prepararon para la inmersión. Nos instruyeron durante media hora acerca de procedimientos de seguridad, comportamiento bajo la superficie y señales manuales. Fue media hora de tensión absoluta para mi. El monitor que nos dió la charla, que luego bucearía con nosotros, no paraba de mirarme fijamente mientras hablaba. Al principio me preguntaba a mi mismo si me notaría inseguro o algo por el estilo. Pero lo peor era su tono de voz. Hablaba de forma pausada, con silencios entre frases que convertían cada una de ellas en una posible pregunta. Por lo que allí estaba yo, manteniendo su mirada, intentando prestar atención y tratando de discernir entre si lo que acababa de decir era una pregunta o una afirmación, acojonado ante la posibilidad de estar asistiendo como un tonto mientras el tío me miraba a la espera de una respuesta. Fueron momentos de mucha incertidumbre.

Contra todo pronóstico sobreviví a la charla de introducción al buceo sin liarla. Realizamos una primera inmersión junto con 2 monitores durante 45 minutos, y una segunda con uno solo de 41 minutos, descendiendo hasta los 14 metros. Una gozada. Disfrutamos cada minuto y me deshice de miedos alojados en mi mente. Todo el mundo con experiencia previa tiende a comentar que no pasa nada, siempre y cuando controles el pánico. Que lo peor es sucumbir al mismo. Hay que estar tranquilo. Pero nada de pánico. Pánico malo. Y razón no les falta, pero en cierta manera es como decirle a alguien que no piense en chimpancés percusionistas. En cuestión de segundos tienes tanto ruido en la cabeza que no puedes ni escucharte pensar. Asi que ahí estaba yo, pensando en mil cosas que podrían torcerse: quedarme sin aire, una serpiente por el agujero en el neopreno a la altura de la rodilla, una tortuga con un mal día… Pero estábamos en buenas manos y todo marchó como la seda.

La segunda inmersión la hice cámara en mano, aunque no se si habrá algo que se pueda aprovechar. Ander hizo también una inmersión con la cámara, y el monitor se la arrebató cuando se toparon con una sepia. El vídeo de la persecución es algo increible, digno de la national geographic. Está claro que me queda mucho por aprender.

IMG_20150223_132634(Foto 1: Tengo pocas fotos de este día, así que os pongo una de mis muscles para que os distraigáis)
De todo, me quedo con la gente del catamarán. Tanto monitores de buceo como ayudantes y marineros. Fue un acierto hacer la expedición con el equipo de Harold’s mansion (jarros para los amigos), y todos acabamos con el mejor sabor de boca. Uno de los momentos que se me han quedado marcados en la retina es cuando ví a un monitor de unos 71 años poniendo el chaleco salvavidas a Amaiur, una niña de 4. Todavía puedo ver en su cara la mezcla de concentración, adoración y cariño. El hombre era un monitor de snorkel que iba todo el rato empujando el salvavidas en el que Amaiur iba sentada, a modo de trono flotante. Sin lugar a dudas, aún ni llegando a la estatura media filipina, un gran hombre.

3 comentarios en “Apo Island

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